Al estudiar un instrumento es fácil caer en la repetición mecánica y en la frustración por lo que consideramos un proceso ingrato y aburrido. Si preparamos la mente de nuestros alumnos para la gran exigencia de la práctica, ponemos palabras a lo que escuchamos y sentimos y entendemos ese esfuerzo mental como una manera de conseguir más resultados en menos tiempo, no solo ayudaremos a nuestro alumnado a aprender el repertorio de manera más duradera, sino que también convertiremos su estudio en un tiempo de reencuentro consígo mismos y de satisfactoria superación.
Por María Hernández Miravete
Introducción
Muchos hemos aprendido a estudiar nuestro instrumento repitiendo la música una y otra vez, sin una consciencia clara del estado de nuestro cuerpo y nuestra mente ni de las instrucciones que les damos. No culpo a nuestros maestros. Los profesores de instrumento tienen mucho que enseñar en poco tiempo y lo hacen con buena voluntad, fundamento técnico y un objetivo altamente musical y artístico. Sin embargo, en algunas aulas falta consciencia del proceso de ejecución física y musical del repertorio.
En mis años de docencia he descubierto el beneficio exponencial que supone analizar y verbalizar las instrucciones que damos a nuestro cuerpo al tocar. Preguntas como ‘¿mi cuerpo está pasivo o activo?’, ‘¿tengo la mente limpia o está pensando en otras cosas?’ o ‘¿sé exactamente qué debe hacer mi mano izquierda o mi cuarto dedo en todas las notas del compás?’ son tremendamente esclarecedoras a la hora de dirigir nuestra práctica y de aprender con más retentiva y rapidez.
En este sentido, a muchos alumnos les resulta complicado poner palabras a lo que notan o a cómo han tocado un pasaje. Su punto fuerte es el pensamiento musical, no el lingüístico. Sin embargo, no debemos olvidar que ambos se retroalimentan. No en vano la Administración exige a todos los centros educativos, conservatorios incluidos, que cuenten con un Plan de Lectura. A mi modo de ver, no se trata solo de exhortar a los alumnos a que lean biografías de compositores o tratados de armonía, sino que también sepan utilizar la lengua para ayudarse en el estudio de su instrumento.
En este artículo exploraré diversas experiencias, ejercicios y técnicas para imaginar, describir, visualizar y meditar antes de tocar, con el objetivo de interpretar mejor, con más precisión, seguridad y disfrute. Se trata de técnicas que yo misma he utilizado en clases individuales y colectivas de piano y de otros instrumentos, tanto para prepararse mentalmente para un recital en público como para enfrentar adecuadamente el estudio de un pasaje difícil.
Tocar en la mente
Hace unos años tuve una clase muy reveladora con un alumno de piano de 4º curso de Enseñanzas Profesionales. Lo llamaremos Javier, aunque no es su nombre real. Javier tenía dificultad con un pasaje complejo. El recurso de la comprensión musical y armónica quedaba algo obsoleto y solo se podía recurrir a un acercamiento muscular para dominar el fragmento. Opté por pedir a Javier que retirara sus manos del teclado y las colocara en su regazo, y que levantara el dedo índice de la mano derecha. A continuación, le pedí que reprodujera esa sensación, esa voluntad en su mente, pero que no permitiera que el dedo se moviera. Él mismo me confirmó que la sensación era vívida. Entonces le indiqué que realizara mentalmente los movimientos de unas pocas notas de las que ejecutaba aquella mano, y que sintiera esos movimientos con absoluta nitidez. Quise saber qué tal había tocado en su mente, si había lagunas de movimientos que no recordaba o no había realizado a tempo o con precisión. Primero recibí su estupefacción, pero al volverlo a hacer lo entendió. Para cuando colocó las manos en el teclado, el pasaje sonó perfecto, como si lo hubiera practicado muchas veces, y ambos nos miramos gratamente sorprendidos. Todo aquel proceso no duró más de 2 minutos.
Para cuando colocó las manos en el teclado, el pasaje sonó perfecto, como si lo hubiera practicado muchas veces.
Esto nos suena a todos: estudio mental. Ahorra gasto de energía física, con la consiguiente reducción del riesgo de lesiones, y obliga a activar la mente. Esta se convierte de este modo en el ‘entrenador’ de un equipo, que siempre sabe cuál debe ser la siguiente tarea de cada miembro y siempre está supervisando su rendimiento. Nos convertimos en jefes de nuestro propio estudio e interpretación, y el tiempo se aprovecha mejor.
Paradójicamente, los alumnos más perezosos y procrastinadores que encuentran este proceso costoso e inabordable tienen una buena razón para emprenderlo: les ayuda a hacer más breve el estudio del instrumento, liberando así tiempo que pueden dedicar a otras ocupaciones más estimulantes para ellos. Se trata de la ‘ley del mínimo esfuerzo’, bien entendida por supuesto. Aunque este concepto se usa en economía, lingüística y diversas disciplinas, el nombre se lo debemos al escritor y orador indio Deepak Chopra. No se trata de dedicar cada día menos tiempo a la práctica instrumental, sino de obtener los máximos resultados de la manera más rápida posible. Aunque es cierto que de esta manera el estudio del instrumento se convierte en una actividad mucho más exigente mentalmente, el resultado merece la pena. Para ello sirven todas las estrategias que relato a continuación.
Poner palabras
Si un intérprete no sabe cómo ha tocado no puede mejorar su interpretación, y una forma muy potente de describirlo, para uno mismo y para los demás, es poniendo palabras. El lenguaje organiza y explicita los conceptos y nos permite decir si hemos tocado demasiado forte o piano, si hemos fallado en la ‘articulación’ o si el sonido ha sido ‘apagado’, ‘brillante’, ‘amortiguado’ o ‘estridente’.
Por ello en mis clases hago hablar a mis alumnos. No solo adopto un modelo de docencia basado en la imitación o en las soluciones. No solo les doy respuestas. También les interrogo sobre su experiencia tocando, sobre incógnitas como las que acabo de mencionar, para que sean ellos quienes encuentren las respuestas que les funcionen mejor. Para lograr ese objetivo necesitan no solo una firme capacidad de escucha del sonido que están produciendo, sino también una clara propiocepción y una consciencia de sí mismos que les ayude a encontrar el gesto o el movimiento exactos para interpretar un pasaje con la máxima precisión y el mínimo esfuerzo muscular posible. Esta propiocepción puede estimularse con los siguientes ejercicios y técnicas de visualización.
Visualizar. Cuatro ejercicios prácticos
Siempre comienzo los ejercicios de visualización exhortando a los estudiantes a que adopten una postura cómoda y relajada, aunque activa, normalmente sentados sobre una silla. Les animo además a que cierren los ojos y realicen varias respiraciones profundas y tranquilas. Si alguno de ellos manifiesta su incomodidad o disconformidad con la práctica, los convenzo de que den una oportunidad al ejercicio y, con mente abierta y curiosa, lo consideren un experimento a dúo y no una imposición por parte del profesor. Suelo realizar estos ejercicios en las clases individuales, aunque también son válidos para sesiones colectivas.
Como profesora, yo guío la práctica, que suele durar unos cinco minutos, y me tomo entre cinco y diez segundos entre instrucción e instrucción para que el tono sea tranquilo y favorezca la concentración. La duración y la elección del ejercicio dependen de la madurez del alumno: a más joven, más breve y concreto. Después de la práctica suelo preguntar cómo se han sentido y les sugiero que compartan sus pensamientos y emociones, si se sienten con las ganas y la confianza necesarias. Es importante recalcar que estos ejercicios no buscan la relajación para dejar la mente pasiva o incluso para entrar en un estado de somnolencia, sino que preparan para realizar una tarea mentalmente exigente con mayor concentración. Si en el transcurso de la práctica los estudiantes se sienten aletargados, hay que insistir en que no están utilizando la focalización necesaria para lograr su objetivo.
Folio en blanco
Este ejercicio favorece la claridad de mente y ayuda a recuperar los conocimientos necesarios para realizar la actividad en cuestión. Podría narrarse de la siguiente manera:
‘Imagina frente a ti un folio en blanco. Dibuja un elemento que ocupe parte del espacio. Puede ser en blanco y negro o utilizar colores. Contémplalo y observa cómo queda mucho espacio aún vacío en el folio. Ahora dibuja otro elemento y observa ambos, cómo figuran uno junto a otro. Haz lo mismo con un tercer elemento. Si percibes alguna tensión en alguna parte del cuerpo o algún pensamiento intrusivo, no te juzgues ni te impliques emocionalmente; solo relájate y déjalo ir. Dibuja un cuarto y un quinto elementos y ahora contempla tu folio relleno. Fíjate durante un tiempo exclusivamente en la imagen conjunta que has formado; solo existe eso. Ahora retira el último elemento y observa el espacio vacío que ha quedado. Elimina poco a poco todos los dibujos en el orden inverso a como los has colocado y ve dándote cuenta de que cada vez el folio está más blanco. Cuando esté totalmente vacío, sumérgete en él. Deja que la blancura y la vacuidad de esa página te envuelva y siente la relajación y la limpieza de mente que te produce. Permanece así unos segundos. Poco a poco, ve moviendo suavemente las distintas partes del cuerpo: manos, pies, espalda. Recolócate en la posición que has adoptado y abre los ojos para volver a conectar con el mundo exterior’.
Cielo descubierto
Este ejercicio ayuda a ahuyentar los pensamientos intrusivos y la pesadez mental provocada por el exceso de preocupaciones.
‘Imagina frente a ti un cielo cubierto de nubarrones grises. Las nubes son espesas y no permiten ver el fondo azul. Esas nubes son aquellos pensamientos negativos a los que vuelves una y otra vez. Observa entonces cómo la primera capa de nubes se despeja y se mueve hacia los lados. Puede ser una ráfaga suave de viento la que la ha desplazado. Entonces la segunda capa se retira y cada vez vas notando más claridad y más blancura en esa nubosidad. Entre algunas de las nubes se va vislumbrando el azul del cielo. Poco a poco vas haciéndolas desaparecer. En ocasiones se apartan de manera natural; en ocasiones, si son pesadas e inmóviles, las empujas tú con ambas manos, como si corrieras unas cortinas hacia los lados. Cada vez se ve más espacio azul y finalmente no queda ni una nube. Observa esa apertura y esa agradable quietud. Confía en el brillo del sol y la ausencia de aquel cielo encapotado. Permanece así unos segundos. Poco a poco, ve moviendo suavemente las distintas partes del cuerpo: manos, pies, espalda. Recolócate en la posición que has adoptado y abre los ojos para volver a conectar con el mundo exterior’.
El sonido más lejano
Este ejercicio ayuda a escuchar con agudeza y a penetrar cada vez más en los estímulos auditivos que nos rodean. Cuanto más lo realicemos más sonidos seremos capaces de oír. En este caso el guía no ofrece sino unas breves instrucciones verbales al inicio, y deja que en el silencio que se produzca vayan imponiéndose los sonidos que percibimos. Esta actividad ayuda a escuchar con más claridad la resonancia de nuestro instrumento, el volumen de una frase musical, el desarrollo de una nota aislada o, en instrumentos polifónicos, el balance entre voces, entre otras cuestiones.
‘Ambas personas que realizamos el ejercicio anotaremos en un papel los sonidos que vayamos oyendo y su procedencia, es decir, si se producen cerca o lejos de donde nos encontramos. Escucharemos con los ojos cerrados, pero los abriremos momentáneamente para escribir. Podemos anotar sonidos del exterior, de la calle, de la habitación contigua; también de personas, de animales o de objetos. Podemos registrar también los sonidos que provienen de nuestro cuerpo, como el latido del corazón o el rumor de la respiración. Nos tomamos unos minutos para realizar esta actividad. Cuando termina el tiempo ponemos en común con nuestro profesor o profesora los sonidos que hemos encontrado y cuáles se han producido cerca o lejos de nosotros. Comparamos las percepciones de ambos’.
Escáner corporal
Se trata de una técnica meditativa muy utilizada. Consiste en sentir cada una de las partes del cuerpo y eliminar las tensiones que en ellas vayamos encontrando. Es el único de los ejercicios aquí consignados que produce una intensa relajación, y no se recomienda realizarlo antes de una actividad que requiera gran concentración y actividad mental, como un recital o una interpretación de memoria. Sin embargo, sí es adecuado para enfrentar una sesión de estudio detenida y tranquila. Se puede realizar sin especificar el nivel de profundidad —piel, músculos o huesos— al que debemos sentir el cuerpo, o hacer tres barridos a esos tres niveles.
‘Siente cómo tu cuerpo es atraído hacia el suelo por la fuerza de la gravedad. Nota tu peso, pero al mismo tiempo siéntete liviano, en equilibrio. Ahora comienza centrándote en los dedos de las manos. Nota las uñas de cada dedo y sus falanges. Navega a continuación por la palma y el dorso de la mano, sintiendo su temperatura y la suavidad o aspereza de su piel. Desplaza tu atención por el antebrazo y el brazo hasta llegar al hombro. Siente las distintas articulaciones y deshaz cualquier bloqueo que encuentres en ellas. Baja por el torso y la espalda hasta los glúteos y el coxis. Observa sin juzgar las sensaciones y las características de tu pelvis y a continuación desplázate por los muslos y sus grandes masas musculares. Transita mentalmente por la rodilla y siente cómo la rótula flota sobre la articulación. Si sientes cualquier tensión en hombros, cuello, mandíbula u otra zona, relájala. Siente las pantorrillas, el tobillo y los pies con su suela y sus dedos. Atiende, igual que con las manos, a falanges y uñas de cada uno de los dedos. Ve profundizando en la postura que has adoptado. Cuando hayas llegado a este punto, deshaz el camino y llega a la clavícula. Siente su delicadeza y a continuación asciende por el cuello hasta la mandíbula. Mantén recta la columna vertebral, pero sin tensarla. Revisa las distintas partes de la cara y la cabeza, hasta alcanzar la coronilla pasando por el cuello cabelludo. Disfruta de esa sensación de estimulación y hormigueo que deja en tu cuerpo el escáner que acabas de realizar y observa todo el organismo en conjunto, libre de peso y bloqueos. Poco a poco, ve moviendo suavemente las distintas partes del cuerpo: manos, pies, espalda. Recolócate en la posición que has adoptado y abre los ojos para volver a conectar con el mundo exterior’.
Recursos
Para leer
Madeline Bruser, The Art of Practicing: A Guide to Making Music from the Heart
En este hermosísimo libro, Madeline Bruser aborda múltiples aspectos del estudio y la interpretación de un instrumento, centrándose en su especialidad, el piano. Da consejos sobre cómo disponer el espíritu para no juzgarse duramente ante los propios errores. Además, enfoca el estudio del instrumento como una experiencia satisfactoria y agradable en sí misma, y no como un medio para un fin. Propone familiarizarse amablemente con el propio cuerpo, con el instrumento y con la relación entre ambos desde un punto de vista sensorial: cómo y dónde se siente la vibración del sonido, cómo se mueven las distintas partes del cuerpo, etc. Una lectura solo disponible en inglés, pero muy íntima y reconfortante, que hace reconciliarse con la práctica del instrumento.
Para escuchar
Vicente Simón, CD Mindfulness y Compasión
Vicente Simón es un médico y psiquiatra español nacido en Valencia en 1946. Es catedrático emérito de Psicobiología en la Universidad de su ciudad natal y ha sido un gran impulsor del Mindfulness en España. Su CD Mindfulness y Compasión se encuentra disponible en la plataforma YouTube y ofrece distintas meditaciones, normalmente de unos 10 minutos, centradas en la respiración, el cuerpo, las emociones, la mente que piensa, etc. Es una buena fuente para iniciarse en el mundo de la visualización y la meditación, que puede luego aplicarse al aula de instrumento y la práctica musical, como hemos comentado.



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