Hace tres décadas, en julio de 1996, nacía una nueva revista musical llamada Melómano, bajo la dirección de Alfonso Carraté, con el objetivo, enunciado en su primer editorial de ‘acercarnos al más amplio abanico imaginable de lectores, con un único requisito: que la música clásica forme de alguna manera parte de su vida’.
Por Julio Alonso
La gran Teresa Berganza ocupó la primera portada de Melómano, con una extensa entrevista en la que afirmaba: ‘Hay muchos cantantes que se pierden porque no tienen la suficiente inteligencia para saber llevar su carrera’. Sin embargo, el primer texto que podía leerse en ese primer número eran unas palabras de bienvenida escritas por Joaquín Achúcarro en las que celebraba el nacimiento de una nueva publicación: ‘estoy seguro de que va a ir de la A a la Z; que interesa igualmente al aficionado en potencia que tímidamente quiere iniciarse en el mundo de la música, tanto como al más sofisticado de los profesionales’.
Ese número de verano de 1996 incluía también entrevistas con Sir Neville Marriner o Emilio Sagi, y Nuria Espert contaba en un artículo cómo era su relación con la música ‘no hubo un solo día en mi vida adulta que no escuchara ópera’. La revista se hacía eco también de la celebración del trigésimo aniversario de Radio Clásica y de las nuevas ediciones del Festival de Granada, de la Quincena Musical de San Sebastián o del Festival Internacional de Santander que, treinta años después, siguen ocupando las páginas de Melómano por estas fechas.
Aquel primer número incluía también un artículo titulado ‘¿Música y ordenador? ¡Imposible!’ en el que su autor señalaba: ‘Para muchos, pretender relacionar la música con los chips informáticos resulta similar a pensar que la buena cocina se puede hacer en el micro-ondas’. Porque, aunque nos cueste creerlo ahora, el mundo en 1996 era muy distinto. Internet apenas comenzaba a llegar a los hogares, Google no existía —aparecería dos años más tarde—. La expresión ‘red social’ todavía no formaba parte de nuestro vocabulario: faltaban entre ocho y veinte años para el nacimiento de plataformas como Facebook (2004), YouTube (2005), Spotify (2008), Instagram (2010) o TikTok (2016). El teléfono móvil solo servía para hacer llamadas o enviar SMS, las fotografías se hacían con carretes que había que llevar a revelar y las entradas para los conciertos se compraban solo en taquilla.
En el ámbito musical, el CD vivía su edad de oro. La compra de discos era la principal forma de acceder a la música, y las tiendas especializadas eran lugares de descubrimiento y encuentro. El acceso a grabaciones históricas era relativamente limitado. Las recomendaciones musicales viajaban por la radio, las revistas especializadas y el boca a boca.
En aquel año nos dejaron figuras irrepetibles como Sergiu Celibidache y Pilar Lorengar, pero nacieron músicos llamados a ocupar un lugar protagonista en los escenarios internacionales como Klaus Mäkelä, futuro director titular de la Royal Concertgebouw Orchestra, o la directora española Júlia Cruz.
Tres décadas después, el paradigma ha cambiado por completo. Hoy basta un smartphone para acceder, en cuestión de segundos, a miles de grabaciones procedentes de cualquier época y cualquier lugar del mundo. Las plataformas de streaming han sustituido a las colecciones físicas de discos; los algoritmos sugieren nuevas interpretaciones; las retransmisiones en directo permiten asistir desde casa a funciones de los principales teatros y auditorios, y un joven intérprete puede alcanzar una audiencia internacional gracias a un vídeo difundido en redes sociales.
También la creación musical ha experimentado un profundo cambio. La grabación profesional ya no depende exclusivamente de grandes estudios; la edición digital ha transformado la producción y la inteligencia artificial comienza a incorporarse, con prudencia pero de forma creciente, a tareas de documentación, restauración sonora e incluso apoyo a la composición.
Para la portada de este número de nuestro 30 aniversario hemos reunido a dos grandes músicos españoles que no se conocían en persona: Joaquín Achúcarro, que este año celebra ocho décadas de una trayectoria musical excepcional —y que estuvo muy presente en los primeros números de nuestra revista— y Pablo Ferrández, uno de los intérpretes españoles actuales con una carrera internacional más sobresaliente.
En Melómano celebramos con ellos tres décadas y 330 números escribiendo sobre música e intentando explicar, contextualizar y valorar la actualidad musical con independencia, rigor y pasión. Si algo hemos aprendido en estos treinta años es que la tecnología cambia, los formatos evolucionan y los hábitos de consumo se transforman, pero no ha cambiado la esencia de la música ni el deseo de comprenderla y disfrutarla. La emoción que produce una gran interpretación, el valor del conocimiento experto, la curiosidad por descubrir nuevos repertorios o la necesidad de un criterio independiente siguen siendo tan importantes hoy como lo eran en 1996.





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