
A veces, la mejor forma de entender la historia es dejar que hablen sus sonidos y sus símbolos. Este artículo recorre la Edad Media en Castilla y León desde la música, en diálogo con la literatura, el arte y la historia, para trazar una imagen más completa de una época en la que la Caballería también se escuchaba.
Por Raquel Jiménez Martín, escritora
César García Álvarez, profesor titular de Historia del Arte de la Universidad de León y profesor de piano por el Conservatorio de Valladolid
Eduardo Paniagua, arquitecto y músico medievalista
Entre los reinados de Alfonso VIII y Juan II de Castilla —del siglo XII al XV—, los reinos de Castilla y León atravesaron una etapa de expansión territorial, consolidación fronteriza y reorganización del poder nobiliario. Alfonso VIII emergió como figura decisiva del mundo cristiano tras su victoria en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), una de las páginas más gloriosas de la historia peninsular. Pero su leyenda no se escribió solo con batallas. En Toledo, la ciudad donde resonaban los cantos latinos de las iglesias, los modos andalusíes de los laúdes musulmanes y las melodías sefardíes cargadas de nostalgia y fe, tuvo lugar su historia de amor con la judía Raquel.
Más al norte, León ofrecía otro paisaje sonoro: el canto litúrgico resonaba en su catedral gótica. Su arquitectura, ligada a la Cábala, convertía cada vibración en acto espiritual. Esa concepción de la música como experiencia espiritual también impregnaba el Camino de Santiago. A lo largo de sus rutas, trovadores, monjes y peregrinos portaban acentos de toda Europa.
Siglos más tarde, en la corte de Juan II, sonaban polifonías flamencas, canciones de laúd y versos del marqués de Santillana o de Juan de Mena. El eco caballeresco llegó con fuerza en 1434, cuando Suero de Quiñones convirtió su Paso Honroso en una coreografía ritual con un plan B desconocido hasta la fecha. Esto es, algo más que un paso de armas amenizado con trompetas, tambores y atabales y motivado por un acto de amor.
Esta atmósfera que hemos explorado en este recorrido por la Castilla medieval es la que recrea R.K. Yafa en su novela Yo, Rajel Ezra. La amante de Alfonso VIII. En ella, la autora sumerge al lector en una época en la que la Caballería y la espiritualidad conforman un tapiz hipnótico. Pero su mirada va más allá. Tras años de investigación, Yafa reinterpreta episodios clave de la historia, y sus propuestas han despertado el interés de diversos académicos de renombre. Entre ellos, Juan Carlos Castillo Armenteros, catedrático de Historia Medieval, quien ha señalado que el libro ‘plantea muchas y nuevas hipótesis para abordar reflexiones que conducirán a resolver antiguas incógnitas’.

La estética del linaje en tiempos de Alfonso VIII y Juan II
A pesar de los dos siglos que separan los dos períodos históricos entre los que se desliza el original e inclasificable texto de R.K. Yafa, que comprenden los reinados de Alfonso VIII y Juan II, existen numerosos puntos de contacto entre dos épocas que suponen el nacimiento y el comienzo del ocaso del arte gótico. Ambos momentos están caracterizados por una fuerte tensión política y militar, que limita, y al mismo tiempo alimenta, la configuración de los espacios estéticos en los que se concentran los esfuerzos creativos de los monarcas.
En el caso de Alfonso VIII, las primeras fases del complejo monástico de Las Huelgas se acabarían convirtiendo en un espacio de una extraordinaria densidad y calidad artísticas, en el que la unión matrimonial del monarca con Leonor de Plantagenet, y el deseo de plasmar la exaltación del reino castellano, se expresan a través de una coexistencia, combinación e incluso fusión de formas estéticas de raíz tanto cristiana como islámica. Arquitectónicamente, las bóvedas sexpartitas angevinas, presentes tanto en la iglesia como en la sala capitular, y realizadas probablemente por arquitectos francos llamados por la reina (que se convertirían en fuente de inspiración y fermento de parte de la arquitectura gótica burgalesa), acogerán un conjunto de sepulcros que se convertirán en una fascinante expresión heráldica del sentido del linaje y del reino entendido como un patrimonio personal de los monarcas. En estas primeras fases constructivas, las formas de los espacios claustrales se convierten en plasmación del espíritu del románico tardío y la manifestación de las primeras formas góticas, en las que se integran elaboradas yeserías mudéjares que exaltan simbólicamente el poder y dignidad de la monarquía castellana y del linaje de ambos cónyuges. Esta fusión de estilos estéticos, que se aprecia igualmente en la Capilla de Santiago, se refleja incluso en el rico tesoro que acoge la abadía, donde las telas muestran también el sentido monárquico, familiar y dinástico en una dimensión heráldica. Mismos valores que están presentes en el llamado Pendón de las Navas de Tolosa, obra islámica, originalmente una puerta de una jaima, que, pese a sus transformaciones posteriores, expresa similar existencia de órdenes simbólicos que fusionan la geometría con la escritura cúfica y la llamativa presencia de leones.
Dos siglos después, en la primera mitad del XV, el arte de la época de Juan II —igualmente convulsa y afectada por constantes intrigas y conflictos políticos, sobre todo internos— se concentra en el hoy desaparecido Palacio Real de Arévalo. Este edificio reflejaba, de manera particularmente intensa, los mismos valores que se pueden apreciar tanto en Castilla como en León y otros territorios peninsulares. Estas regiones se caracterizaban por la convivencia de formas góticas que, tanto por desarrollo local como por la influencia del resto de Europa, alcanzaron un virtuosismo técnico notable. Esta excelencia culmina en espacios como la Capilla del contador Saldaña, en el Convento de Santa Clara de Tordesillas. Allí conviven también elementos islámicos, propios de lo que la historiografía ha bautizado como mudéjar, así como con el cultivo, especialmente en las artes plásticas, del estilo proveniente de Flandes. En escultura, este estilo cristaliza de modo ejemplar en el desarrollo de la tipología iconográfica de la Piedad, con ejemplos tan extraordinarios como la que se conserva en el antecoro del citado convento. En pintura, la llegada de Nicolás Francés se plasma en la creación de una de las cumbres del gótico tardío, que fusiona las refinadas y cortesanas formas del llamado gótico internacional con un pathos profundamente hispánico, que encuentra su reflejo, entre otras obras, en el gran ciclo pasional del claustro de la Catedral de León.
Paisajes sonoros del mundo caballeresco
La Edad Media, tal como se vivió entre los reinados de Alfonso VIII y Juan II, no se comprende sin su música, pues era forma de vida. El mundo caballeresco se integraba en los ritos, las batallas, el cortejo amoroso, en el recogimiento devocional y en el festejo. Cada momento tenía su forma sonora.
En tiempos de Alfonso VIII, el canto visigótico-mozárabe, de raíces hispanas, aún resonaba en algunos espacios eclesiásticos. Su austeridad melódica era ideal para los templos de piedra, donde el eco hacía de contrapunto. A su lado, el canto gregoriano se imponía progresivamente, especialmente en los grandes centros monásticos como Las Huelgas, cuya riqueza musical quedó reflejada en el famoso Códice de Las Huelgas, que recoge polifonías compuestas o adaptadas por y para mujeres.
Junto a la música sacra, el paisaje medieval se llenaba de poesía y de calle. Los trovadores occitanos trajeron un nuevo modo de hablar del mundo, donde el amor cortés, la metáfora y la estructura rítmica estaban al servicio de la emoción refinada. Compositores como Bertran de Born, Folquet de Marselha o Peire Vidal convivieron con poetas locales y juglares y son citados también en el repertorio del disco Trovadores en Castilla de Eduardo Paniagua (fundador del sello discográfico Pneuma), interpretado con instrumentos históricos como la vihuela de péñola, la fídula o la flauta triple, que permiten imaginar cómo pudieron sonar esas melodías bajo las galerías de un castillo o en un campamento junto al río Arlanzón.
La guerra también tuvo su banda sonora. En Alarcos y en las Navas de Tolosa, los ejércitos marchaban al ritmo de salmos entonados, clarines, tamboriles y letanías. La recuperación de una flauta hecha con hueso de buitre, hallada en el yacimiento de Alarcos y reproducida e interpretada también por Eduardo Paniagua en los dos discos con el mismo nombre que las batallas, ha permitido recrear el sonido que quizá acompañó a soldados o pastores del siglo XII.
A lo largo del Camino de Santiago, la música acompañaba cada paso. El Códice Calixtino recoge algunos de los repertorios más sofisticados del siglo XII, con polifonías diseñadas para elevar el alma y emocionar al peregrino. Estos cantos modulaban su efecto según el entorno: en las iglesias románicas, sus polifonías se expandían gracias a la reverberación prolongada; en las hospederías, adoptaban un fraseo más íntimo y directo; en los caminos, se hibridaban con acentos modales traídos por peregrinos de distintos puntos de Europa.
Ya en el siglo XV, en la corte de Juan II, la música se refinó. El rey escribía poesía, y su entorno literario y político cultivaba la lírica con un oído sofisticado. Poemas cantados, serranillas, canciones de amor o sátira eran interpretados con instrumentos como la vihuela de arco, el clavicordio, el arpa gótica o el laúd renacentista. Los manuscritos del Cancionero de Baena conservan composiciones poéticas cuya métrica, rima y estructura estrófica revelan una clara vocación musical. Muchas de ellas emplean versos de ritmo ágil y octosilábico y recursos como el paralelismo léxico, basado en repeticiones con ligeras variaciones, que facilitaban la memorización y el acompañamiento instrumental.
Por otra parte, el Cancionero de Stúñiga, llamado así por Lope de Stúñiga, el autor de la primera canción y amigo de Suero de Quiñones, protagonista del Paso Honroso, recopilado entre 1460 y 1463, es la producción poética de la corte de Alfonso V de Aragón, que, al conquistar Nápoles en 1443, creó un grupo de poetas castellanos y aragoneses influidos por el quatrocento italiano. La temática, que abarca la poesía amorosa, política, satírica, festiva, moral y elegíaca, origina gran variedad de géneros (romances, canción con o sin vuelta, carta de amores, glosas, poemas de preguntas y respuestas) con una riqueza de combinaciones métricas (pareados, cuartetos, redondillas, septetos, coplas castellanas y coplas reales).

Estas son las melodías y canciones que se pudieron escuchar en el Castillo de Villanueva de Jamuz o Laguna de Negrillos, casa de Suero de Quiñones y sus padres, respectivamente, o en el propio Paso Honroso. Después de las lizas había reuniones que estaban amenizadas con poemas y melodías del incipiente pero ya esplendoroso renacimiento aragonés en Nápoles, y en el ambiente de las ciudades estado del norte de Italia y de Flandes, donde los mecenas se rodeaban de los mejores músicos. Desgraciadamente, no conservamos las melodías castellanas de esta época por el incendio del Alcázar de Madrid, pero sí las del inmediato Cancionero de Palacio y otras recopilaciones de finales del siglo XV.
Las escenas de amor pastoril y paisaje idealizado de las Serranillas del marqués de Santillana, con sus texturas tímbricas y el fraseo melódico, que recrea con gran cuidado Paniagua en su disco del mismo nombre, permiten revivir la atmósfera cortesana del siglo XV. Por otra parte, en monasterios como Santa Clara de Tordesillas, las mujeres nobles también cultivaban el canto con notable competencia musical, haciendo de sus coros espacios de devoción, pero también de excelencia artística.
La Edad Media, como cualquier otra época, exige investigación, cruce de fuentes y atención al detalle, pero también capacidad de escuchar lo que aún no ha sido dicho. A veces, es la intuición la que abre puertas nuevas a lo que parecía ya cerrado. Así es como se revelan nuevas hipótesis, otras lecturas posibles de la historia, como las que ha desarrollado R.K. Yafa en su obra. Una forma de conocimiento que nace donde se encuentran la emoción, el estudio y el coraje de mirar de otro modo.




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