Una tarde de verano en Venecia. La luz se filtra entre los canales y se posa sobre los mármoles de las iglesias. En un rincón del taller, Tintoretto mezcla pigmentos y el aire huele a aceite, a lino, a música. Un órgano toma forma de pinceladas; a su alrededor, las Musas dialogan sin palabras. Los tubos de metal parecen respirar y las cuerdas del laúd vibran. Afuera, el rumor de la laguna acompasa el silencio del maestro: Venecia entera se convierte en partitura.
Por Tatiana Fernández Llanes
Venecia suena incluso al mirarla. En el Cinquecento, la ciudad de agua y mármol convirtió la escucha en una forma de pensamiento. La basílica de San Marcos enseñó a Adrian Willaert a componer con el espacio y, a los pintores como Jacopo Tintoretto, a organizar la mirada como si se tratase de una partitura.
Aquella Venecia musical de Willaert, con sus cori spezzati, transformó la iglesia en instrumento y a la ciudad en el oído cívico. En San Marcos, Willaert explotó la distancia como recurso poético: separar para hacer dialogar, alternar para persuadir, esperar para merecer la cadencia plena. Cuando Andrea y Giovanni Gabrieli prolonguen esa invención con cornettos y sacabuches, y Claudio Merulo lleve al teclado el rigor del ricercar, la ciudad reconocerá ese idioma de entradas y respuestas como su propia gramática. Gioseffo Zarlino, en busca de una armonía con leyes, pondrá teoría donde la práctica ya brillaba, y la imprenta —de Gardano a Scotto— convertirá salmos, canzonas y madrigales en conversación impresa.
La Venecia pictórica de Tintoretto hizo lo propio con la sala: dispuso cuerpos como voces, vacíos como silencios, destellos dorados como metales que anuncian la aparición de los tutti. Y, sin embargo, en el centro late algo más íntimo: el laúd y el órgano, el salón y el templo, la confidencia y el himno, esa dialéctica veneciana que reparte razón y afecto a partes iguales. Ese es el aire que respira El certamen entre las Musas y las Piérides (ca. 1545-1550) de Tintoretto (1519-1594). Un conjunto coral donde la forma se conquista a través de las capas de pintura como veladuras sonoras. Tintoretto no describe la música, la convoca. El órgano sugiere un piano e forte antes de existir la palabra; el laúd, con su timbre cercano, promete un madrigal casi susurrado.
El lienzo no es un escaparate de atributos antiguos, sino un ensayo en común. El órgano alza su bosque de tubos como una catedral improvisada, y laúd recibe la luz que baña sus cuerdas. La escena vibra en diagonales que se contestan, como coros que se llaman desde tribunas opuestas, y el espectador comprende —sin palabras— que la pintura puede hacerse audible. Se distinguen dos grupos de figuras: aquellas que se ubican en torno al órgano y las que lo hacen con los laúdes. Sin embargo, hay una continuidad escenográfica derivada de los gestos, los movimientos de cabeza y las miradas; ya sean centradas en su instrumento o dirigidas a los demás personajes, describen un óvalo que guía el sentido de los ojos de quien mira al conjunto.
La escena sugiere una sinfonía celestial, un símbolo de la armonía entre las artes y del poder de la inspiración divina. Un lugar habitado por mujeres que conviene revisitar. ¿Qué lugar tuvieron las mujeres reales en esa Venecia que tocaba, imprimía y pensaba música? La superficie del Renacimiento multiplicó figuras femeninas —alegorías, virtudes, ninfas—, mientras la esfera pública reservaba la autoridad para los hombres. Venecia, sin embargo, abrió fisuras: salones donde el laúd fue lengua de sociabilidad, conventos con disciplina musical exigente; cortesanas cultas, como Veronica Franco, que cantaron y tejieron redes; compositoras como Maddalena Casulana que, en 1568, imprimió en la ciudad Il primo libro di madrigali, gesto editorial de afirmación.
Las Musas no corrige por decreto esa asimetría, pero la pone en escena mediante un desplazamiento fértil: sitúa a mujeres que actúan como sujetos de técnica, coordinación y escucha, allí donde el espacio público las imaginaba accesorias. Las manos que tantean la tecla, la muñeca que dosifica el ataque, la mirada que cuenta el pulso son gestos de gobierno: la música como arte de distribuir la atención. El laúd en manos firmes afirma una competencia doméstica que era laboratorio; el órgano, reducido a escala humana, acerca el templo a la sala, igualando a quien oye y a quien decide.
Que el lienzo se lea así no obliga a forzar el símbolo, basta con sentir su respiración. Las telas no posan, se preparan. Si imaginamos un ricercar de Merulo brotando del teclado, la diagonal de luz parece medir la claridad de la imitación; si oímos una canzona de Andrea, los grupos de figuras podrían ser coros alternantes; si entra un motete de Giovanni, el color oro de la indumentaria suena a metales que vibran. Y si pensamos en un madrigal impreso en Venecia, la intimidad del laúd hace sitio al peso del texto, a una dicción que recuerda que la música, como la ciudad, también piensa con palabras. La pintura ofrece la misma lección que la policoralidad: no se posee la forma, sino que esta sucede, gracias a esa ética de la espera y el acuerdo que el Cinquecento convirtió en estilo. Por eso, la obra de Tintoretto se siente contemporánea, retrata el gesto que una comunidad necesita para sonar bien junta.
Las Musas suenan porque la ciudad aprendió a escuchar; emocionan porque distribuyen con justicia el foco; interpelan porque nos recuerdan que la autoridad artística —también la femenina— consiste en saber convocar la entrada del otro. Mirar este cuadro es oír la promesa de un tutti, nos invita a entrar, hoy, con oído afinado, en el coro de la memoria.


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