Cae la noche en palacio. La residencia veraniega de Federico II de Prusia en Sanssouci está en calma, aunque por poco tiempo. El salón de música se prepara para una velada de refinado esparcimiento, el mejor plan para los nobles del siglo XVIII que pululan por los palacios. Los invitados y las invitadas, ataviados con sus mejores galas, toman asiento y ocupan sus posiciones. El rey se coloca en el centro, bajo la gran lámpara. Comienza el concierto.
Por Tatiana Fernández Llanes
Adolph von Menzel (1815-1905) nos transporta a una noche musical en el palacio rococó de Sansoussi, en Potsdam, Alemania, a través del lienzo Concierto de flauta con Federico el Grande en Sanssouci (1850-1852). Lo hace mediante una atmósfera barroca que atrapa al espectador y detiene el tiempo; un salón difuminado por los trazos casi descuidados y vibrantes que dan forma a las filigranas de las molduras doradas y a los marcos de los espejos, también a los frescos que adornan las paredes. La luz rebota en el suelo y guía la mirada del que observa el lienzo hasta el centro del espacio, donde está el rey, al que acompañan en la escena cortesanos y nobles damas.
Luz que continúa saltarina a través de la cándida llama de las velas, desde el núcleo hasta el fondo del espacio, en una suerte de itinerario que nos permite ver las figuras que llenan el salón. El color es guía de la escena para el espectador. El vibrante rojo en las mangas del rey rebota en la parte superior de la lámpara y cambia su intensidad en los rotundos vestidos de las damas y en el mobiliario de la sala, creando una sinuosa línea alrededor del rey, centrando todavía más su presencia en la escena.
En el centro del cuadro, como no podía ser de otro, modo, el rey se entrega a la partitura que descansa sobre el atril dispuesto en diagonal, rompiendo la verticalidad marcada por los paneles decorativos de las paredes y las alargadas figuras. Esta diagonal se prolonga con la postura del rey, desde sus piernas hasta la flauta. Este recurso es relevante para entender la importancia que, en la pintura, como en tantas otras situaciones de la vida, los procesos se visten de intención. En este caso, la de remarcar quién es la figura principal de este cuadro, en el que el rey no se presenta envuelto en fastuosas vestimentas y el resto de los personajes son retratados conforme la tradición de la perspectiva frontal.
Menzel retrata la psicología de los personajes sin pudor de mostrar a aquellos más despistados, como las propias hermanas del rey, al fondo, bajo la luz de la gran lámpara: Wilhelmine de Bayreuth y la princesa Amalie von Preussen, ambas amantes de la música, igual que su hermano. La estancia se llena de personalidades de la cultura, como el compositor y tenor Carl Heinrich Graun, tras las hermanas, o el presidente de la Academia de Ciencias Pierre-Louis Moreau de Maupertuis, matemático y físico, quien mira al techo del salón ovalado, quizá admirando su rica decoración.
Comparten escena con el director de ópera Gustav Adolf von Gotter, en el margen izquierdo del cuadro, que, con pose regia dirige su mirada hacia el momento musical. Su cuerpo cubre, en parte, al del atento barón Jakob von Bielfeld, que disfruta de la interpretación. El margen derecho del lienzo está reservado a los músicos, todos expectantes ante el solo del rey, esperando su tiempo. Se trata del flautista Johann Joachim Quantz (de pie a la derecha) y la singular presencia del compositor Carl Philipp Emanuel Bach, al clavicémbalo. También a Franz Benda, violinista, y al compositor Carl Heinrich Graun, director de la corte.
Resulta interesante la atmósfera que retrata el artista. Esta tiene que ver con el ambiente musical que parece el tema central y, así es, pero, sobre todo, con las presencias nítidas de algunas de las figuras, como la innegable claridad con la que representa las facciones del rey, más difuminadas en otros personajes, como el de Moreau de Maupertuis. A través de la paleta cromática empleada, presenta un lado más luminoso y otro más oscuro, quizá más regio. Se corresponde a un grupo de personajes más activos y un segundo más pasivo. Los rojos, en diferentes intensidades y texturas, dominan la parte izquierda del cuadro, todos bañados por la luz cálida de la lámpara, que centellea reflejándose en el espejo situado al fondo. Esta atmósfera no solo permite entender las personalidades de los retratados y de las retratadas, sino, sobre todo, ver sus acciones: las expresiones, la actitud, la postura, la forma de mirar al rey o, todo lo contrario, la de omitir ese instante musical para centrarse en sus propios pensamientos.
El evidente contraste con la parte derecha del lienzo se manifiesta en la iluminación, pero también en los intensos azules, negros y granates de unos personajes que se dejan ver, aunque solo un poco, pero sí es posible identificar gracias a su instrumento. De ellos interesa su arte, y con rigor los retrata Menzel; por eso los ilumina con los candelabros que se posan sobre el clavicémbalo o que portan algunos de los personajes. Una verticalidad intencionada que, compositivamente aporta mucho al lienzo; pero estos objetos también sirven para casi señalar a cada uno de los integrantes del conjunto de cámara.
El entorno del rey era musical. En sus palacios, la música no era un simple pasatiempo, sino un sello de su carácter ilustrado y refinado. Durante su reinado, este arte se convirtió en una de sus grandes pasiones. Dedicó parte de su tiempo a componer varias sonatas y sinfonías para flauta travesera, instrumento que él mismo tocaba.
Estas veladas culturales fueron momentos clave para el ocio y la sociabilidad ilustrada, un tiempo de esparcimiento privado de la corte para exhibir ante los invitados el prestigio cultural del rey. La música se convertía en el vehículo de comunicación social y en un lenguaje común entre la aristocracia ilustrada. Menzel retrata justamente esa escena íntima: el ánimo sereno y expectante de los presentes ante la música real.


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