
El European Contemporary Music Ensemble (ECME) convierte Salamanca en un cruce creativo donde estudiantes del Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán, la Academia Franz Liszt de Budapest, el Mozarteum de Salzburgo, el Real Conservatorio de Bruselas, la Universidad de Salamanca y el Conservatorio Superior de Música de Castilla y León participan en un encuentro que impulsa nuevas formas de entender y vivir la música contemporánea.
Por Iñaki Estrada Torío
El European Contemporary Music Ensemble (ECME) transformó durante una semana la vida académica del Conservatorio Superior de Castilla y León (COSCYL) y de la ciudad de Salamanca. En esos días, el centro se convirtió en un punto de encuentro europeo donde la práctica musical dialogaba con la actividad cultural de la ciudad y con la investigación artística que caracteriza a Salamanca, y donde estudiantes y docentes compartieron un espacio de trabajo que integró creación, reflexión y vida musical contemporánea de forma orgánica y natural.
El encuentro se desarrolló como Proyecto Intensivo Mixto Erasmus+ (BIP), con fechas del 9 al 14 de marzo de 2026. El marco Erasmus garantizó movilidad de corta duración, reconocimiento académico y una cooperación estructurada entre las instituciones participantes, de modo que lo trabajado en la semana se integró de manera efectiva en la trayectoria del alumnado y en la agenda docente de los centros.

El ECME nació de un acuerdo estable entre cinco instituciones europeas —el Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán, la Academia Franz Liszt de Budapest, el Mozarteum de Salzburgo, el Real Conservatorio de Bruselas y el Conservatorio Superior de Música de Castilla y León— que celebran cada año una edición en una sede distinta. La edición anterior se celebró en Milán; la de este año tuvo lugar en Salamanca; la próxima será en Budapest y, posteriormente, en Salzburgo. Esta rotación, sostenida mediante becas Erasmus de corta duración, permitió que intérpretes, compositores, especialistas en tecnología musical y doctorandos viajaran, trabajaran con equipos docentes diversos, se adaptaran a nuevos espacios y compartieran procesos con compañeros de distintas tradiciones europeas. Para el alumnado, esta movilidad no fue solo una experiencia decisiva que amplió horizontes: les permitió conocer de primera mano otros centros que podrían convertirse en destinos futuros —desde estancias Erasmus hasta estudios de máster o doctorado— y contrastar metodologías, repertorios y enfoques docentes que enriquecieron su propia formación. Ese tejido de referencias nuevas, de repertorios y de modos de trabajar configuró un mapa vivo de posibilidades académicas y artísticas.
Todo ello fue posible gracias a un trabajo coordinado de gran complejidad por parte del profesorado implicado: organización, diseño pedagógico, acompañamiento artístico, sesiones previas, preparación de materiales y un seguimiento continuo que exigió una dedicación profunda, sostenida y orientada siempre a que los estudiantes vivieran una experiencia formativa de verdadero alcance europeo. Y quizá por eso, al despedirse, muchos participantes reconocieron que Salamanca ofreció algo poco frecuente: una ciudad donde la vida musical y académica convivieron con naturalidad, y un conservatorio capaz de articular con solvencia proyectos internacionales, investigación y práctica artística. Un entorno que, sin proponérselo, invitó a imaginar allí futuros académicos y creativos.

La preparación comenzó semanas antes con sesiones online en las que se presentaron obras, se distribuyeron materiales, se discutieron cuestiones de notación y se aclararon dudas, estableciendo un vocabulario común entre compositores e intérpretes. Gracias a ello, los ensayos presenciales pudieron dedicarse a lo realmente sustantivo: la búsqueda de color y articulación, los equilibrios entre secciones, la precisión rítmica, el fraseo y la dinámica en el trabajo instrumental, así como la integración natural de los medios electroacústicos en aquellas obras que lo requerían, ya fuera en configuraciones mixtas o en propuestas acusmáticas.
Uno de los rasgos definitorios del ECME fue la convivencia orgánica de perfiles y especialidades. En un mismo proyecto confluyeron instrumentistas, compositores, doctorandos y especialistas en tecnología musical, trabajando con criterios de alto nivel académico y artístico. Esta diversidad generó un espacio donde la interpretación, la creación y la investigación se articularon de forma interdependiente: las decisiones técnicas se discutieron con rigor, los procesos de escritura se contrastaron con la práctica y las opciones interpretativas se fundamentaron en criterios analíticos y estéticos compartidos. La presencia de repertorios complejos —instrumentales, mixtos y electroacústicos— exigió un trabajo minucioso y una escucha capaz de integrar timbre, forma, estructura y espacio, de modo que cada participante asumió responsabilidades propias de un entorno profesional.
El reparto docente se articuló por centros, reforzando la visibilidad y el equilibrio institucional. Desde Milán participaron Javier Torres Maldonado y Candida Felici; desde Budapest, la Liszt Academy aportó a László Tihanyi y Andrea Szigetvári; desde Salzburgo, el Mozarteum contó con Achim Bornhöft y Simone Fontanelli; desde Bélgica se sumó Jean-Marc Fessard; y desde el COSCYL intervinieron Alberto Rosado (coordinación general), Claudia Do Minh (área Erasmus), el equipo de supervisión formado por Iñaki Estrada, Bartolomé Pérez, Juan Félix Álvarez y Daniel Roca, además del especialista en electrónica Álvaro Martín-Sánchez. Sus funciones se reflejaron en sesiones, clases y ensayos a lo largo de la semana y en el trabajo estrecho con el alumnado en cámara, electrónica y ensemble.

A este núcleo se sumó una invitada muy especial: la compositora Elena Mendoza, catedrática de composición en la Universität der Künste Berlin, que llegó mediante intercambio Erasmus. Su enfoque —atento al color, a la dramaturgia del sonido y a la relación entre gesto, espacio y palabra— ofreció al alumnado una referencia de primer orden sobre cómo articular procesos formales y escénicos en la escritura instrumental contemporánea. Durante la semana se trabajó e interpretó su obra Gramática de lo indecible, incluida en uno de los programas del ECME, una pieza que permitió explorar con profundidad su manera de concebir la forma como un espacio de tensión expresiva y su particular modo de integrar movimiento, escucha y pensamiento musical.
El pensamiento ocupó un lugar central y no se concibió como una actividad paralela, sino como parte estructural del proceso artístico. Las conferencias reunieron aportaciones de profesorado y de estudiantes, abordando temas como técnica instrumental contemporánea, espacialidad sonora, análisis, escritura mixta, procesos compositivos o la relación intérprete-partitura. En este marco adquirió especial relevancia la participación de los estudiantes de composición de las diferentes instituciones, que presentaron públicamente sus trabajos, explicaron sus decisiones estéticas y técnicas y situaron sus obras en contextos teóricos y formales más amplios. De este modo, se les ofreció un espacio verdaderamente profesional, en el que no quedaron reducidos al rol de ‘alumno autor de una pieza’, sino que participaron activamente en el debate académico y en la transmisión de ideas. En paralelo, el Musical Research Symposium —organizado conjuntamente por la Universidad de Salamanca, Milán, Budapest y COSCYL— amplió esta dimensión: doctorandos en composición, interpretación y musicología expusieron avances y metodologías que se contrastaron en los ensayos y se proyectaron en concierto, integrando creación, pensamiento y práctica interpretativa en un mismo tejido formativo.

El mapa de repertorio de esta edición fue tan exigente como diverso, y se concibió expresamente para enriquecer el recorrido formativo del alumnado. La programación se desplegó en cuatro conciertos con perfiles diferenciados: un programa de acusmática y obras mixtas; otro centrado en ensemble con electrónica; y dos citas que sumaron ensemble y orquesta de cuerdas. En los atriles convivieron obras de referencia —Ramifications, de György Ligeti, y Oiseaux exotiques, de Olivier Messiaen— con piezas recientes asociadas al ECME, como Nachbild, de Achim Bornhöft, Exabrupto, de Javier Torres Maldonado, Fugerit invida aetas, de Simone Fontanelli, u Oración en el huerto, de Iñaki Estrada, junto a estrenos de jóvenes autores y trabajos de electrónica en interacción con instrumentistas. Este repertorio permitió al alumnado descubrir nuevas estéticas y herramientas interpretativas, establecer vínculos entre distintos modos de escritura y trabajar — cuando fue posible— directamente con los compositores, algunos de ellos compañeros de generación. Lejos de un mosaico disperso, el conjunto trazó una genealogía en movimiento: el repertorio histórico iluminó decisiones del presente y la creación actual puso a prueba, con rigor, la escucha, la técnica y el oficio que los clásicos contemporáneos exigen.
Para el público y para los propios estudiantes, estos conciertos permitieron apreciar el resultado de un proceso que incluyó lectura, ensayo, debate y un ajuste técnico y musical muy preciso. Escuchar un clásico contemporáneo junto a un estreno surgido del encuentro no fue un gesto didáctico, sino una declaración de continuidad histórica que situó la música de hoy en diálogo directo con sus raíces. En esta edición, además, el sábado 14 de marzo acudió a Salamanca el equipo de Luz Orihuela, de Radio Nacional de España, para realizar entrevistas y retransmitir el concierto final dentro de su programa Andante con moto; una oportunidad excepcional para proyectar el trabajo del ECME y acercarlo a oyentes de toda España.
Si se descendía al detalle pedagógico, emergía con claridad el andamiaje de profesionalización que sostuvo el proyecto. El trabajo conjunto permitió abordar la creación contemporánea desde una perspectiva integral: las decisiones interpretativas se fundamentaron en criterios técnicos y formales sólidos, los procesos compositivos se contrastaron directamente con la práctica y la electrónica se trató como una dimensión artística que exigió precisión, escucha espacial y reflexión crítica. La interacción constante entre escritura, interpretación y tecnología generó un entorno en el que cada participante enfrentó desafíos propios de un contexto profesional, apoyado en tutorías, evaluaciones y una documentación cuidada —registros de ensayo, diarios de trabajo, revisiones de partitura y materiales procedentes de conferencias y sesiones técnicas — que consolidaron una experiencia formativa completa y exigente. Este año, además, el ECME permitió estrenar en el auditorio del COSCYL un nuevo sistema de difusión octofónica, diseñado e integrado para responder a las necesidades tecnológicas más avanzadas y ofrecer al alumnado un entorno inmersivo de trabajo acústico y espacial.
La ciudad de Salamanca añadió una capa significativa a la experiencia. La escala urbana favoreció la proximidad entre aulas, auditorios y vida universitaria; el diálogo con la Universidad de Salamanca facilitó que la investigación estuviera presente en el día a día del encuentro; y la respuesta del público confirmó que la música contemporánea, cuando se comunica con claridad, despierta interés genuino más allá de los círculos especializados.
La coordinación entre los centros implicados fue un componente esencial del ECME, sostenido por un trabajo conjunto que permitió integrar repertorios, equipos docentes y dinámicas de creación en una semana de gran intensidad. La edición salmantina contó, además, con la dirección artística de Simone Fontanelli y László Tihanyi, cuya experiencia y criterio fueron decisivos para articular los ensayos y dar coherencia a los distintos programas. Su trabajo, unido al esfuerzo coordinado del profesorado de las instituciones participantes, hizo posible que los estudiantes encontraran un entorno sólido en el que desarrollar con naturalidad procesos complejos de interpretación, creación y experimentación sonora, impulsando y estimulando la investigación artística y colaboración entre tradiciones pedagógicas.

Desde esta perspectiva, el Conservatorio Superior de Música de Castilla y León se mostró como un lugar donde la actividad académica convivió de forma natural con proyectos de cooperación internacional y dinámicas de creación contemporánea. La vida del centro integró iniciativas como el ECME, lecturas de obras, talleres de electrónica, seminarios y espacios de reflexión que permitieron al estudiantado trabajar con intérpretes y compositores invitados en contextos reales. Esta combinación de trabajo cotidiano, apertura europea y diálogo con la comunidad artística construyó un entorno formativo equilibrado, atento al detalle y a los procesos, en el que quienes se formaron pudieron desarrollar su propio recorrido en composición o interpretación dentro de una cultura musical contemporánea plenamente activa.
En su conjunto, el ECME se afirmó como una escuela de valores: escucha activa, precisión, pensamiento crítico, apertura estética, trabajo interdisciplinar y respeto por la diversidad de aproximaciones. Concluida la etapa salmantina, la mirada se orienta hacia Budapest y, después, hacia Salzburgo: el proyecto continúa, y con él una comunidad que entiende la música de hoy como un territorio común en permanente transformación.



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