A priori, On Modes podría parecer uno de esos discos construidos a partir de una idea atractiva, pero también expuesto a quedar en lo conceptual: un álbum articulado en torno a los denominados siete modos eclesiásticos, entre repertorio ajeno, arreglos, improvisaciones y piezas propias, corría el riesgo de sonar más convincente sobre el papel que en la escucha real. Sin embargo, Anthony Romaniuk consigue que todo ello cobre vida con naturalidad, y ese es seguramente el primer acierto del disco.
Más que como un simple recorrido modal, el álbum termina funcionando como una experiencia inmersiva. Romaniuk parece buscar en todo momento una cierta idea de poesía sonora, una forma de convertir cada pieza en atmósfera, con su propia paleta de colores y resonancias. No hay aquí voluntad de explicar los modos de manera casi didáctica, sino de hacerlos sonar como espacios expresivos distintos, en sintonía con su concepción arquetípica original. Esa continuidad da al disco una unidad apreciable.
Uno de sus mayores atractivos reside en el timbre. El uso del Klavins M450 y el Fazioli F228 no es un simple detalle instrumental: es uno de los ejes del proyecto. El sonido amplio y envolvente del Klavins aporta una dimensión singular a la escucha, mientras que la expansión electroacústica prolonga el sonido del piano sin apartarse nunca de su materia original. Más que una intención efectista, hay aquí una búsqueda de espacio sonoro.
También resulta especialmente sugerente la integración entre lo folklórico y el minimalismo. La presencia de melodías tradicionales, la insistencia modal, la repetición y la variación sutil acaban encontrando un terreno común bastante orgánico. En ese contexto, Phrygian Gates, de John Adams, actúa como auténtico centro de gravedad del programa. Romaniuk construye así un disco personal, refinado y cuidado, en el que la idea inicial no pesa más que la música, sino que termina transformándose en una verdadera experiencia de escucha de notable poder evocador.




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