‘No puedo evitar considerar una señal de talento el hecho de que no me rindo’. El espíritu indómito tras esta cita de Fanny Mendelssohn la llevó a convertirse en una protagonista del Romanticismo. Su Sonata de Pascua ha vivido un singular proceso, desde su composición en un extraordinario contexto y su pérdida durante casi dos siglos hasta su reciente redescubrimiento. Esta ambiciosa obra refleja su identidad y su genio como compositora e intérprete.
Por Paula Ríos
Los ensayos comenzaron en invierno. Es impresionante que unos jóvenes —Felix tenía 19 años y ella, 23— asumieran tal responsabilidad: la histórica recuperación de La Pasión según San Mateo de Bach, que reestrenaron en 1829. Mientras, Fanny Mendelssohn vivía un tenso noviazgo a distancia —su prometido, el pintor Wilhelm Hensel, vivía en Roma y tenían prohibido el contacto—. En este momento crucial, en la primavera de 1828, compuso su Sonata de Pascua (Ostersonate). ¿Cómo una obra tan importante pudo perderse?
Cuando nació Fanny Mendelssohn (Hamburgo, 1805 – Berlín, 1847), su madre afirmaba que tenía ‘dedos para tocar fugas de Bach’. La familia tenía vínculos de patronazgo y estudio con los Bach: coleccionaban manuscritos; su tía abuela Sarah estudió clave con W. F. Bach y encargó el Doble concierto para clave y fortepiano de C. P. E. Bach; su abuela Bella Salomon regaló a Felix la partitura de La Pasión (así empezó todo) … Fanny estudió contrapunto; con 13 años regaló a su padre una ejecución de los 24 Preludios de El clave bien temperado de memoria y con 19 compuso su trigésimo segunda fuga. Los Mendelssohn eran guardianes de este legado.
Si bien Fanny y Felix se levantaban a las cinco cada mañana para recibir su formidable educación, componían juntos y aprendían uno del otro —crearon las Romanzas sin palabras—, sus padres apostaron por Felix. Ella asumió su rol de cuidadora, esposa y madre. Sin embargo, compuso más de 450 obras, era respetada y organizaba un riguroso ciclo de conciertos en casa —los famosos Sonntagsmusiken—, actuando sola, en agrupaciones y dirigiendo coro y orquesta. Allí acudieron Andersen, Chopin, Ingres, Paganini, Liszt, Joachim, Pauline Viardot, Robert y su amiga Clara Schumann… Fanny era una mujer que ‘asustaba a mucha gente con su inteligencia’, hablaba cinco idiomas y sabía debatir.
Su obra pianística, creada para sí misma —finalmente decidiría publicar a pesar de la oposición de Felix—, refleja su identidad: al carecer de exposición pública desarrolló un estilo original y experimental. Sus influencias se reflejan en la Sonata de Pascua: J. S. Bach (¿hay homenajes a La Pasión?); Beethoven, un faro para su generación; Felix, su ‘influencia demoníaca’ —como ella confiesa—, y además aprovecha su contacto con solistas (Chopin, Paganini, Thalberg…) para renovarse y enriquecer su virtuosismo.
Componer una sonata para piano después de las treinta y dos de Beethoven —fallecido un año antes— requería coraje. Fanny tocaba muy bien su obra tardía y la huella en la Sonata de Pascua es patente, aunque la voz de Fanny se impone con texturas y armonías inesperadas, potencia expresiva y estructuras ambiguas. Al escribir para ella misma, apenas anotó indicaciones interpretativas.
El primer movimiento cambia de compás tras solo diez segundos. La escritura es contrapuntística y con vigor beethoveniano. El segundo movimiento es una especie de preludio y fuga, sorprendente en una sonata: ¿homenaje a La Pasión o resultado de su formación desde niña? El tercero —un exuberante scherzo en el que emplea todos los registros del teclado con originales timbres y ritmos— desemboca en un Allegro con strepito que deja patente el virtuosismo de Fanny: alternando compases de bravura con largos acordes, brilla especialmente en un piano de su época —sentía predilección por los robustos instrumentos ingleses—. La coda es otro signo de su fuerte personalidad: emplea el coral Christe, Du Lamm Gottes y evoca improvisaciones de órgano. Así, refuerza el título de la Sonata de Pascua —la tocó en Pascua en 1829; ¿lo haría cada año?—, hace un guiño a su familia y dota a la obra de una quieta espiritualidad, en lugar de finalizar con efectismos, al igual que Liszt en su Sonata.
La primera referencia escrita de la obra data de abril de 1829, en el diario de Fanny: ‘toqué mi Sonata de Pascua‘. En agosto, Carl Klingemann, amigo de Felix, le escribía que, a bordo de un barco atracado en Liverpool, ante un piano Broadwood, ‘Felix se sentó y me tocó el primer movimiento de tu Sonata de Pascua‘. No se supo más de la obra y el manuscrito se perdió. En 1972 Eric Heidsieck grabó una Sonate de Pâques de Mendelssohn —sin nombre de pila; se sobreentendía que sería de Felix—, a partir de la copia de un manuscrito en manos privadas.
Todo cayó en el olvido hasta los años 80. Se estudia a Fanny Mendelssohn con mayor profundidad y se busca esta partitura de nuevo perdida; quizá coincida con las hojas faltantes de un cuaderno de Fanny en la Staatsbibliothek zu Berlin. Y es en 2010 cuando la investigadora Angela Mace, tras un trabajo modélico, confirma que la autoría de la sonata corresponde a Fanny: logra ver el manuscrito, reconoce su escritura, comprueba que pertenece al cuaderno de Berlín y lee las fechas de composición (abril-mayo de 1828). El manuscrito presenta bastantes diferencias con la copia empleada por Heidsieck y tuve el gran honor de poder grabar en 2023 la Sonata de Pascua (Eudora Records) con la partitura revisada y bajo su verdadera autoría.
Poco a poco aparecen más grabaciones de esta y otras piezas de Fanny. La investigación tenaz de pioneras como Borchard, Tillard, Citron, Todd, Hellwig-Unruh y Mace está dando fruto, llevando a Fanny Mendelssohn al lugar que merece en los libros y los escenarios.




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