En los últimos años ha aumentado exponencialmente la investigación sobre el compositor británico Samuel Coleridge-Taylor (1875-1912). El centenario de su muerte en 2012 y su 150º aniversario el pasado año impulsaron no pocos homenajes, y poco a poco se va recuperando su extraordinaria obra, principalmente en países anglosajones. Su personalidad, su diversidad de influencias y su conocimiento del público hacen que su música resulte enormemente atractiva.
Por Paula Ríos
‘Personalmente, me considero igual que cualquier hombre blanco que haya existido jamás, y nadie me hará cambiar de opinión; por otro lado, nadie admira el mérito más que yo, sin importar raza o credo’. Por mucho que reivindiquemos su música, es imposible obviar la increíble fortaleza de Coleridge-Taylor, quien, superando constantes obstáculos por el hecho de ser afrodescendiente, participó en la lucha internacional por la igualdad de derechos, convirtiéndose en un referente artístico y humano hasta el día de hoy.
Su inesperada muerte con solo 37 años por neumonía terminó con una carrera de éxito y un enorme potencial. Solo podemos teorizar, pero probablemente la industria fonográfica le habría asegurado un puesto fijo en la música popular; asimismo, habría podido ampliar su repertorio orquestal, o volver a la música de cámara —que prácticamente abandonó con 23 años—, conectar con las vanguardias y profundizar en su exploración de la música popular de África y la diáspora, llevando a cabo ‘lo que Brahms había hecho por la música popular húngara, Dvořák por la bohemia y Grieg por la noruega’.
Coleridge vivió en Croydon, al sur de Londres, con su familia materna y luego con su esposa. Su padre había vivido temporalmente en la capital para estudiar Medicina y volvió a su país, Sierra Leona, sin saber del nacimiento de Coleridge. Nunca se conocieron, pero es posible que hubiera contacto por correspondencia. La familia, humilde, pero con educación —su nombre es un evidente homenaje al poeta romántico—, se preocupaba de su formación. El pequeño recibió a los seis años sus primeras clases de violín con su abuelo, creció rodeado de músicos aficionados y profesionales y cantó en varios coros. Herbert Walkers, director de uno de ellos y comerciante de seda, se ocupó de que fuera aceptado con quince años en el Royal College of Music, financiando sus estudios.

Si bien comenzó como alumno de violín, pronto fue orientado hacia la composición. Allí obtuvo continuos reconocimientos y era ya halagado por la crítica impresa. El violinista Joseph Joachim admiraba su Quinteto para clarinete, que interpretó en Berlín. Charles Stanford, maestro también de Vaughan Williams y Holst, hizo que más de veinte obras de Coleridge fueran estrenadas en la escuela. Con veinte años inició su primera sinfonía, ‘probablemente la obra más memorable jamás escrita por un alumno del RCM’ (Musical Times). La influencia de Brahms y Dvořák era evidente en este período. Su Balada, obra de encargo gracias a la mediación de Elgar, demuestra lo bien que sabía componer para el violín.
No se debe minimizar la discriminación que sufrió desde niño o los insultos que recibía en el tren de camino a clase, ni el hábito de los críticos de mencionar su mestizaje antes que sus méritos, mezclando comentarios racistas con entusiastas alabanzas a su obra. Mientras en Londres actuaban artistas blancos con la cara tiznada de corcho quemado y se representaba La cabaña del tío Tom, el activismo antirracista se organizaba y grupos como Fisk Jubilee Singers traían espirituales desde América ——de ellos aprendió Nobody knows the trouble I’ve been, que usó en su obra—.
Con 23 años ya era un profesional reconocido, pero tuvo que trabajar duramente con todo tipo de orquestas y coros; su experiencia entre músicos aficionados resultó valiosísima, ya que sabía componer para intérpretes limitados y todo tipo de públicos, como ocurre en sus Valses característicos. Con el tiempo, pudo acceder a mejores agrupaciones y componer más libremente. Sus ritmos repetitivos, la calidez de sus melodías, su sentido del clímax y el abundante colorido hacen su música muy atractiva. Su mayor éxito fue la trilogía La canción de Hiawatha —estrenó su preciosa primera parte con 23 años—, cantata basada en el poema épico de H. W. Longfellow. En cinco años ya se había representado más de 200 veces, y se vendían partituras con todo tipo de adaptaciones. Esta obra ha llevado a miles de personas al Royal Albert Hall.

Coleridge se casó con una compañera de estudios. Nunca abandonaría sus preocupaciones económicas y arrastró un permanente exceso de trabajo, como compositor —reescribía hasta veinte veces—, director, jurado de concursos y profesor en la Guildhall School.
Su trayectoria cambió al conocer a P. L. Dunbar, poeta e hijo de esclavos, y a otros activistas y pensadores. Creció en él un compromiso con la comunidad africana y afrodescendiente y estudió su música. Sus magníficas Variaciones sinfónicas de un aire africano se basan en el espiritual I´m troubled in mind, y usan melodías pentatónicas, armonías modales, síncopas y ritmos ternarios de danza. Booker T. Washington prologó sus 24 Melodías negras. Participó en el Primer Congreso Panafricano en Londres y presentó su obra en tres giras por EE. UU., donde se le consideraba un símbolo de esperanza. Dirigió a la Filarmónica de Nueva York (para la que compuso La Bamboula, danza rapsódica para orquesta con inspiración afrocaribeña) y fue invitado por el presidente Roosevelt en la Casa Blanca. Su emocionante Concierto para violín, compuesto para Maud Powell, obra cíclica con ecos de Franck, Dvořák o Elgar, no fue grabado por primera vez hasta 2004.
Casi toda su obra fue cayendo en el olvido tras la I Guerra Mundial, al desaparecer muchas orquestas, sustituidas por la radio, el fonógrafo y los lanzamientos de Tin Pan Alley. De hecho, su ópera Thelma fue estrenada en 2012, y algunas partituras aún no están publicadas. Es una pena no poder escuchar su música más a menudo en España. Su magnífica obra cuida a los intérpretes, sabe conectar con el público y pertenece a un momento crucial para la música: la entrada en el siglo XX a hombros de la tradición y justo antes de la irrupción de la música grabada. Coleridge-Taylor vivió con un deseo apasionado de representar identidad y memoria, como harían también Bartók o Falla, estableciendo una potente relación con su público y logrando que la música formase parte activa de la sociedad y de su transformación.



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