Nunca se había perdido la esperanza de hallar la partitura, y una serie de casualidades llevó a su descubrimiento en San Petersburgo. Canto fúnebre, espléndida y emotiva pieza con la que Stravinski despedía a su mentor, Nikolai Rimski-Korsakov, es una obra clave por cerrar su etapa formativa, justo antes de su triunfo sin precedentes en París. Este mes sonará en Múnich y Milán con la Orquesta de la Radio de Baviera, dirigida por Simon Rattle.
Por Paula Ríos
‘¡Ahora mismo tengo la partitura en la mano!‘ Con esas palabras al teléfono se avisaba a la investigadora Natalia Braginskaya de la aparición de Canto fúnebre opus. 5en su Conservatorio. Stravinski la consideraba una de sus mejores piezas de juventud. ‘Ojalá alguien en Leningrado buscase las partituras, porque me resultaría curioso ver qué componía antes de El pájaro de fuego’. Efectivamente, un año más tarde estrenaría la obra que le dio fama en París con los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev, y tres años después completaría la maravillosa trilogía con Petrushka y La consagración de la primavera. Una evolución meteórica de este calibre solo tiene una explicación posible: el impar genio de Stravinski.
De familia acomodada, su destino era el funcionariado. Pero su padre Fyodor era una estrella de la Ópera Imperial: Chaikovski creó roles para él, compartió escenario con Mussorgski y Dostoyevski… Igor recibió una somera formación musical, compuso obritas sin promesa, y estudió Derecho, pero creció rodeado de músicos.
El Rimski maduro y alejado del otrora rebelde Grupo de los Cinco intuía cambios: ‘Creo que la música se acerca a su final; de hecho, los recursos de la armonía están agotados‘. La escena musical rusa se institucionalizó, adoptando cierta autocomplacencia. Era inimaginable que en ese ambiente surgiera una figura como Stravinski.
Rimski-Korsakov había dirigido a su padre, pero Igor contactó con él por la amistad con sus hijos. En verano de 1902 le visitó y empezó a recibir lecciones con una intensidad creciente. ‘Estoy en un arrebato indescriptible, porque siento que algo está a punto de suceder‘, escribía a su madre. Le enseñó composición, orquestación, tradición y oficio, adquiriendo una ‘solidez de valor incalculable‘. Clases y reuniones le hicieron asimilar los valores de Rimski y sus acólitos —que se burlaban de las Estampes de Debussy, todo sea dicho… Como contrapunto, asistía a las Veladas de Música Contemporánea con jóvenes progresistas e interesados por Europa, Wagner y Debussy.
Con 26 años, Stravinski aún necesitaba a su maestro para estrenar sus obras. Era ambiguo e inexacto cuando años después hablaba de su etapa rusa: quiso distanciarse del estilo de Rimski, pero admiraba ‘su inspiración melódica y armónica, que me parecía llena de frescura‘.
Rimski falleció en junio de 1908. Stravinski compuso Canto fúnebre en tres semanas y escribió insistentemente a la familia para incluirlo en conciertos-homenaje; los mensajes destilan afecto, pero también cierta obsesión por no quedarse excluido: ‘Estaré hundido si no consigo que suene en ninguno de los conciertos dedicados a su memoria‘, ‘es el tributo de su alumno, a quien él amaba‘.
En el principal homenaje se prefirió una pieza de Alexander Glazunov, y como este no lograba terminarla, le reemplazó el otro alumno estrella y yerno de Rimski, Maximilian Steinberg —lo cual sentaría como un tiro a Igor. Finalmente, en 1909 Canto fúnebre fue estrenado por la —inferior— orquesta del conde Sheremetev dirigida por Felix Blumenfeld. Las críticas fueron agridulces: ‘La queja de un corazón con el telón de fondo de un paisaje gris‘, ‘orquestado con mucho gusto‘, ‘gran talento y ejecución técnica‘, pero insuficiente forma y personalidad. Él lo recordaba así: ‘La impresión que causó al público y a mí mismo fue profunda, pero hasta qué punto era debido al ambiente de duelo o al mérito de la obra es algo que no puedo juzgar‘.
‘Era una especie de procesión de todos los instrumentos solistas, llegando por turnos para ir dejando uno por uno una melodía en forma de corona de flores sobre la tumba del maestro, todo ello con un fondo de tremolos murmurantes, como las vibraciones de los bajos cantando en un coro‘. Una melodía variada y expresiva pasa por varios instrumentos sola, en canon o en grupos, con un acompañamiento iniciado por los contrabajos que recuerda a El pájaro de fuego, compuesto poco después. Para el crítico Alex Ross ‘comienza en una atmósfera de lúgubre expectación, con armonías sobrevolando como bruma marina‘. La exuberante orquestación camina con la fuerza de la armonía alterada —recursos aprendidos de Rimski— hacia un potente clímax, con abundantes indicaciones: lugubre, funebre, doloroso, mesto… Se apunta a la ‘Marcha fúnebre‘ de Sigfrido en El ocaso de los dioses como posible modelo para este Canto. Aunque luego afirmaría detestarlo, Richard Wagner era una influencia inevitable para jóvenes simbolistas, místicos y prerrevolucionarios rusos.
El hallazgo de la partitura fue un milagro; se presumía destruida en la Revolución de 1917. Braginskaya la buscaba con ayuda de la jefa de catalogación del Conservatorio, Irina Sidorenko. A todo esto, el Conservatorio inició en 2015 su primera reforma desde 1896 y se desalojó la biblioteca, desbordada durante años. Pues bien, al retirar unos documentos amontonados del suelo al techo, apareció detrás un almacén desconocido. Por casualidad Sidorenko estaba allí, cogió un paquete, leyó el título… y llamó inmediatamente a Braginskaya. Era un lote de partichelas de orquesta y tenía apuntes, la fecha del estreno, la signatura tachada y estaba anotado: ‘Orquesta Sinfónica del conde Sheremetev’, y ‘Anulado’. En el inventario de 1951 figuraban la anulación y una valoración: ’10 rublos’ —el precio de un kilo de azúcar. Stravinski era persona non grata en Rusia y se estaba procediendo a su borrado. Agradezcamos al bibliotecario que, en lugar de destruir la partitura, como debía, probablemente corrió un riesgo dejándola en un rincón discreto. Canto fúnebre se reestrenó en 2016 con la Orquesta del Teatro Mariinsky dirigida por Valery Gergiev.
En 1910 Diaghilev llevó a Stravinski a París como orquestador de Las Sílfides, naciendo así esa simbiosis genial que hizo historia. Stravinski rompió puentes; en Londres declararía: ‘La vida musical en Rusia ahora está estancada. Allí no me soportan‘.
El reestreno de Canto fúnebre ha ilusionado a músicos de todo el mundo por su valor artístico e histórico: explica la transformación de Stravinski, que cerraba un ciclo y se preparaba para un futuro brillante con nuevas alianzas.


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