En su nuevo proyecto discográfico, el Cuarteto Iberia propone enfrentarse a la tradición musical para hacerla dialogar con las prácticas interpretativas y de escucha del presente. A través de la música de Mateo Flecha, Boccherini o Mozart, la formación profundiza en su idea de que la música no es un ‘archivo estático’, sino algo vivo y dinámico que tiene aún mucho que decir a los oyentes actuales.
Por Manuel Pacheco
Para entender bien la propuesta de vuestro nuevo disco, Traditio, es importante comenzar hablando sobre cómo entendéis la tradición. ¿En qué sentido afirmáis que se trata de un proceso dinámico y en el que los intérpretes ocupan un papel activo?
Comentamos en las notas del disco que el Cuarteto Iberia solo existe en el escenario, en el instante en el que suena. En torno a esa idea gira también nuestra visión del proceso de la interpretación, capaz de revivir el pasado en un instante presente. No entendemos la tradición como un archivo estático de obras de diferentes estilos, períodos o lenguajes, porque la tradición no se guarda, sino que se entrega y se transmite activamente de una generación a otra.
En nuestro disco, Boccherini, Mozart y Mateo Flecha no se conservan como la Gioconda en el Louvre. Forman parte del instante en el que demos al play, forman parte de la manera nuestra manera de entenderlos y de la etapa en que nos encontramos como grupo, y forman parte de los mecanismos de escucha del receptor. Este dinamismo, que conecta siglos y culturas, forma parte de nuestra concepción de la tradición.
El punto de partida de Traditio es una ensalada de Mateo Flecha. ¿Qué versión ofrecéis de esta obra, y cómo se relaciona con el concepto detrás del álbum?
Hemos elegido comenzar con La Negrina de Flecha porque nos apetecía que el punto de partida del álbum fuese el Renacimiento español. Es una época especialmente interesante dentro de la música española, aunque el cuarteto de cuerda no era una formación que existiese como tal en aquel momento. Nos pareció muy interesante llevar esta obra a nuestro propio lenguaje y crear un arreglo para nuestra formación. La versión original está escrita para cuatro voces polifónicas, lo que hace que su adaptación al cuarteto de cuerda resulte especialmente natural.
A partir de ahí, quisimos crear una ‘ensalada dentro de la propia ensalada’. Con el arreglo de Arnold Rodríguez —violonchelista del cuarteto—, hemos jugado con los diferentes idiomas y los hemos unido a distintas expresiones musicales, creando una versión fresca, divertida y llena de contrastes. Cantamos, tocamos percusión y exploramos las posibilidades del cuarteto de cuerda para dar vida a una ensalada moderna y, sobre todo, muy nuestra.
¿Qué rasgos de la música de Boccherini lo convierten en un eje entre tradiciones, tanto en vuestro propio proyecto como en la literatura para cuerda?
Boccherini presenta infinidad de rasgos relacionados con esta idea dinámica de la tradición. En lo que respecta a su extensísima y original literatura para cuerda y música de cámara, mantuvo una inquietud constante por refinar y explotar al máximo la técnica y las texturas sonoras de la cuerda, y especialmente del violoncello. En lo personal, fue el primer compositor que interpretamos, en nuestro primer concierto en el Festival Luigi Boccherini (Lucca) en 2018. Él vivió además gran parte de su vida en Madrid, y esa transmisión del aire castizo y festivo que se localiza en su música es algo que nos gusta comunicar.
Boccherini ocupa el disco un lugar central con la recuperación y primera grabación del Quartettino, G 230. ¿Qué rasgos caracterizan esta obra, escrita en dos movimientos como tantas otras del autor?
El G 230 nos llamó especialmente la atención desde el primer momento. Fue compuesto en 1794, un detalle que nos hizo especial ilusión porque en esa época él seguía viviendo en Madrid. Está en Sol mayor y tiene un carácter muy alegre, extrovertido y desenfadado.
El primer movimiento es un larghetto de carácter galante, con una enorme riqueza de contrastes, especialmente dinámicos. El segundo movimiento es un minueto con su trío; la primera parte tiene un carácter más contenido, mientras que el trío resulta mucho más eléctrico. Además, la escritura abierta y poco sobrecargada nos ha permitido explorar la cuestión de las repeticiones. En la época era habitual introducir variaciones al repetir una sección, y eso nos ha dado libertad para jugar con articulaciones, dinámicas, ornamentación y diferentes efectos sonoros que no están en la partitura.
Finalmente, llegamos a Mozart y su Cuarteto núm. 14, ‘Primavera’. En las notas del disco indicáis que para vosotros supone una ‘guía estética’. ¿Podéis desarrollar esta idea?
Nos hemos empapado de Mozart desde que éramos pequeños. Haydn y Mozart son casi el abecedario del cuarteto de cuerda. Desarrollaron la función de cada instrumento dentro del cuarteto, el trato armónico, melódico y rítmico y, en definitiva, una forma de construir el discurso musical que sentó las bases para los compositores que vinieron después.
Mozart forma parte de ese canon del Clasicismo que, como músicos formados en esa tradición, hemos aprendido desde el principio. Es un lenguaje que hemos interiorizado, y precisamente por eso podemos hacerlo nuestro y transmitirlo desde nuestra propia experiencia como músicos del siglo XXI. Trabajar con Mozart nos ha ayudado enormemente a evolucionar y a mejorar como cuarteto.
¿Qué otros perfiles compositivos os interesaría explorar en el futuro a propósito de esta revisión del canon?
Cualquier partitura o manuscrito puede despertar nuestro interés para comenzar este proceso de revisión y transmisión. Los perfiles compositivos que abarcamos son amplios, desde el Renacimiento hasta creadores actuales con los que mantenemos una importante y necesaria relación. Nombres actuales como Gabriela Lena Franck, Albert Guinovart o Jorge Grundmann están en mente, y tenemos la idea de explorar algún compositor de ópera italiana en nuestro próximo álbum. Pero preferimos mantener la incógnita.





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