‘En los escritores que no lograron elevarse hasta el grado de la vida interior a partir del cual la creación se hace posible, nunca hay ‘dibujo en la tapicería’, no hay mensaje que comunicar al público, ni siquiera un secreto personal del autor, que, como Midas, gritaría a los juncos […]: uno solo encuentra en esos casos garabatos que aparentan ser un dibujo, frases de monos mecanógrafos en las que, a veces, el ingenio humano cree descubrir algún sentido’.
Por María del Ser
Claude-Edmonde Magny (Lettre sur le pouvoir d’écrire, 2012)
Leer nos ilumina. El diálogo entre la fantasía y la razón y, por tanto, el cultivo del intelecto sensible, nos sitúa ante aquello a lo que alude Honoré de Balzac cuando escribe que solo la comprensión completa del progreso social permite hacer que desarrollemos el sentido por la vida elegante, es decir, la vida dotada de gracia, nobleza y sencillez. Porque, para distinguirnos de los demás, hace falta cultivar esa indefinible facultad que nos lleva a elegir siempre y en todo momento las cosas realmente bellas y buenas. Lo considera un tacto exquisito, cuyo ejercicio constante es lo único que puede hacernos descubrir repentinas relaciones, prever consecuencias, adivinar el lugar o alcance de los objetos, de las palabras, de las ideas y de las personas. El principio de la vida elegante es un alto pensamiento de orden y armonía, destinado a dotar de poesía a las cosas.
Como cada año, el 23 de abril, la Unesco celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor en reconocimiento al poder de los libros como puente entre generaciones y culturas. Un poder que también tiene la música y, en ese dotarle de un sentido más completo, interviene, sin duda, la lectura.
Para Marcel Proust es únicamente a través del arte como podemos salir de nosotros, saber lo que otro ve de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y los paisajes que hubieran permanecido tan desconocidos para nosotros como los que pueda haber en la luna. Y también sucede esto a través de la lectura que, como complemento a la música, nos hace mirar, por qué no, a la crítica. En ciertos círculos sociales cultivados, la crítica desempeñó un papel relevante con respecto a la comprensión del arte, y la famosa disputa legal que tuvo lugar entre James Abbott McNeill Whistler y John Ruskin sobre moralidad y estética en 1877, llegó a generar una división de opiniones acerca de su significado en el mundo moderno. Ya unos años antes, Charles Baudelaire intuyó que la formación del vacío, es decir, del instante presente en tanto que momento de la nada, era tarea de los críticos y de los periodistas. Para él, los artistas daban forma al instante fugaz sobre el abismo que se abre en cada instante sucesivo. Y esa forma instantánea aparece ya destinada a no durar y a ser sustituida por otra igualmente pasajera. Asume que el artista de la modernidad da forma, da una permanencia insubstancial a lo transitorio y deja un sello determinado en la temporalidad desnuda e invisible. Al comparar el pensamiento de Baudelaire con el de cualquier otro pensador de su propia época o previa —excepto con el de Friedrich Nietzsche, con el que guarda gran cantidad de similitudes y afinidades—, se aprecia un enorme contraste ya que, para el pensamiento clásico, los artistas son precisamente testigos de la eternidad, de lo perdurable, y de lo que no cambia nunca.
En este sentido, se establece toda una red de relaciones en el ámbito operístico, tan literario también, que este mes nos permitirá disfrutar de La novia vendida de Bedřich Smetana, y de la versión de concierto de Il Giustino de Antonio Vivaldi en el Teatro Real abarcando un margen temporal que nos invita a acercarnos a ese entendimiento de la creación y la creatividad como actos de interacción en su relación con el libreto. Una forma de literatura en la que el artista, según un proceso dinámico interno, fundamentalmente descubre, mezcla, combina, sintetiza hechos y facultades que ya existían para constituir un conjunto original que se haga tangible en la obra creada, la cual se quiere ver caracterizada por la novedad y, las más de las veces, por la innovación.
Todas estas acciones relativas a la génesis de la obra de arte, inscritas en los conceptos de creación y creatividad, responden a múltiples finalidades compartidas por todos, los propios intérpretes y sus destinatarios. Al mismo tiempo, para cada artista, el proceso de creación —percibido por los profanos como un arduo y exigente trabajo de elaboración— y por el dinamismo que encierra la creatividad, supone salir al encuentro de una concepción y una visión —que pueden y deben ser nuevas—, que pone en juego todas las dimensiones integradas de su personalidad. Ese efecto único de cada una de las realizaciones se concentra en la voluntad de descubrimiento desde los juicios estéticos. Pero para ver aparecer el concepto de creatividad de forma explícita y clara en las reflexiones sobre las artes, hay que esperar a los siglos XVII y XVIII. Tímidamente se vincula la idea de creatividad a las capacidades humanas y, en primer lugar, a la creación poética en relación con la imaginación. Es lo que se puede desprender de los textos de Voltaire, para quien el verdadero poeta es creativo, apelando a la capacidad de invención por la que construye lo imaginario. Se entiende que lo creativo puede surgir a partir de elementos existentes en la mente del orden de la ensoñación, la fantasía o la ficción y parece ser exclusivo del ámbito artístico ya que, de hecho, el lenguaje del arte se permite utilizar indistintamente los términos artista y creador. Gracias a la imaginación creativa, el artista combina y reestructura esos elementos hasta producir la obra, que se materializa gracias a la imaginación creadora. Un proceso que también se genera, y se activa, en nuestros momentos de lectura.




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