‘¿Cómo pueden las palabras ayudar a volver a ocupar el poder devastado? Mentiría si dijese que poseo secretas fórmulas magistrales. Pero sé que hay fuerzas espaciosas que pueden transportarnos muy lejos, a poco que permanezcan intactas algunas fibras del músculo de la generosidad. ¡Si una palabra es verdadera, también es incalculable!’. Jorge Riechmann (Después del vendaval, 2007)
Por María del Ser
Camille Mauclair sueña con establecer el silencio entre las nociones puramente abstractas. Siendo la cesación ideal del ruido, solo designamos con este nombre su tentativa imperfecta, irrealizable en la tierra. Señala que no podemos concebir el silencio completo y verdadero sino en nuestra alma y como un elemento moral y, aunque llegáramos a obtener lo que llamamos silencio absoluto, total, no lo reconoceríamos. Nuestro silencio está lleno de ruidos. No percibir ningún ruido equivaldría, para nuestros sentidos mortales, a la nada, pero por mucho que nos ingeniáramos en producir el silencio, solo conseguiríamos oír mejor esos rumores que disimula el alboroto mezquino de la vida.
En cualquier caso, no debiéramos privarnos, por pereza en el ejercicio y afinación de los sentidos, de escuchar esos semisilencios de la naturaleza, en la que murmura una armonía constante y, en cierto modo, una música continua. Si pensáramos en la analogía que rige los órdenes de la percepción humana, podríamos hacernos una idea de esa música del silencio. Cuando en 1911 apareció De lo espiritual en el arte de Vasili Kandinsky —un discurso estético que desembocaría en la práctica de la abstracción no figurativa—, se propuso despertar la capacidad de captar lo espiritual en las cosas materiales y abstractas sin apelar a la razón y al cerebro. Y es que su forma de utilizar la expresión escrita para establecer asociaciones sensoriales y lingüísticas, nos recuerda que, entre sus palabras, también hay silencio.
A esa relación de armonía, ausencia de ruido y estado de quietud alude la Real Academia de la Lengua Española para definir ‘paz’. Un término que, en su forma latina, ‘pax‘, es el lema elegido para la sexagésimo tercera edición de la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Reinhard Keiser, Isabella Leonarda, Sofiya Gubaidúlina, Marc-Antoine Charpentier, Sören Sieg, Marianne von Martinez, Alonso Xuárez, Johann Sebastian Bach o Claudio Monteverdi son solo algunos de los nombres que van a dar forma a ese silencio, en todo un mundo de significación en el que la construcción espiritual desde la sensibilidad y la inteligencia contribuyen a la poética de la narrativa. Es revelador cómo se presenta esa música del silencio en los diferentes escenarios elegidos, cómo se respeta y se vive manteniendo esa común abstención del hablar, a la que también apela el dramaturgo Juan Mayorga cuando dice que no hay tragedia sin silencio.
En el Renacimiento y su visión comprensiva del mundo, con el descubrimiento de la perspectiva pictórica, se creía poseer la facultad de crear lugares ficticios en el interior de ese espacio de límites precisos que era el escenario. En ese momento, el sentido de la vista, de ocupar el tercer lugar que se le daba en la jerarquía medieval de los sentidos tras el oído y el tacto, pasó a ocupar el primero. Recordemos que en su Trattato della pittura, Leonardo da Vinci define el ojo como ‘ventana del alma’ y lo considera el más noble de los sentidos humanos, la primera vía de conocimiento; aquella que, según sus propias palabras, permite al sentido común considerar de la manera más esplendorosa las obras infinitas de la naturaleza.
Por su parte, Denis Diderot en su Lettre sur les sourd et muets escribe que el lenguaje hablado o escrito es menos ambiguo que el lenguaje musical, y que este último, con el enfoque más satisfactorio y placentero, es siempre un acto de malabarismo que mantiene en equilibrio la nostalgia del pasado y las exigencias del presente; cuestiones que también entran en juego en la escucha musical. Sensible al detalle de los sonidos, demuestra el máximo respeto a la lógica y al sentido de la acción dramática, y es en su expresión donde se declara la pasión a la hora de representar musicalmente una estructura conocida, por lo que el artista se encuentra ante la tarea de generar una relación coherente entre la obra y su concepción personal, es decir, su comprensión absolutamente individual de la misma. Así, en este marco de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, ese amour de soi que recomendaba Jean-Jacques Rousseau está más que establecido en esa búsqueda del silencio, de la paz.
Toda aproximación a cualquier disciplina artística nos sitúa, independientemente de la época que se trate, ante un fundamento filosófico, una relación implícita con amplios aspectos de la cultura y del pensamiento. Un terreno de planteamientos y cuestiones que nos lleva también al ámbito de la investigación. En este sentido, los espacios de convergencia y reflexión, de intercambio de impresiones y de puesta en común de diferentes puntos de vista y experiencias suponen, por su riqueza y multiplicidad, la mayor atención que reclama la excelencia de los observadores receptivos y que se acercan al estudio y aprendizaje como una tarea sugestiva. Es la dialéctica entre los conceptos de creatividad y creación desde una perspectiva inter y transdisciplinar a la que se añaden también, de forma subyacente, la psicología cognitiva, la antropología cultural, la filosofía social, la pedagogía, la historia de las culturas y, desde luego, la historia de la música. Así, se responde al mismo tiempo a una experiencia personal de actividad interpretativa que necesita de un proceso hermenéutico e historiográfico como forma de aproximación estética a cualquier arte y, en este caso, y como consecuencia, a la escucha de la música que conforma su programación. Porque allí, entre el 28 de marzo y el 4 de abril, sucede todo aquello que se dice en el reino del alma cuando la vida se calla.




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