María Luisa Chevallier (Madrid, 1869-1951) brilló como virtuosa pianista, fue aplaudida en los escenarios españoles y europeos, y elogiada por la crítica. Aclamada también como compositora, admirada por grandes personalidades de la época, se le auguraba un brillante futuro. Pero su retirada de la vida pública tras su matrimonio y su posterior actividad docente eclipsaron sus logros, y su obra quedó relegada al olvido.
Por Nieves Hernández Romero
Pianista brillante, compositora olvidada
‘El día 26 del pasado mes de enero ha fallecido en Madrid, a la edad de ochenta y un años, la que fue ilustre pianista María Luisa Chevallier, ídolo de los públicos del pasado siglo. Estrenó en el añorado Salón Romero […] con el famoso Cuarteto Monasterio, del que era la pianista titular. Más tarde formó parte del claustro de profesores del Real Conservatorio de Madrid’ (Ritmo, marzo 1951).
Con estas palabras era despedida María Luisa Chevallier desde las páginas de la revista Ritmo. Un sentido homenaje, pero que no hace justicia a todo lo que esta artista realizó y representó.
A lo largo de los siglos, muchas mujeres se han dedicado a la música, y muchas fueron admiradas y prestigiosas, pero sus logros han sido omitidos posteriormente. Un claro ejemplo es María Luisa Chevallier: virtuosa pianista, compositora brillante, profesora durante veinte años en el Conservatorio de Madrid; una mujer que triunfó muy joven, pero que fue olvidada por la historia.
Existen artículos e investigaciones más o menos recientes que la citan como pianista, ligada a la Sociedad de Cuartetos y a Jesús de Monasterio, sin aportar más datos sobre ella. Las alusiones a su actividad compositiva son prácticamente inexistentes.
Estas lagunas, como suele suceder en el caso de las mujeres, resultan incomprensibles, o más bien, intolerables. Además de su fulgurante trayectoria como pianista, su faceta compositiva no era desconocida: parte de su obra fue publicada y, más allá de las menciones a ella en la prensa de la época, también aparece, puntualmente, en algunas fuentes bien entrado el siglo XX.
Sí se habló de ella como compositora en el pionero programa Música y mujeres, creado por Marisa Manchado, Amelia Die Goyanes y Pao Tanarro y emitido en Radio 2 en 1983. También es citada en por Ana Vega Toscano en la compilación Música y mujeres. Género y poder, editada por Marisa Manchado en 1998. Es difícil encontrar referencias o estudios sobre Chevallier hasta muchos años después, en una recuperación justa y necesaria.
Un talento precoz
María Luisa Chevallier Supervielle nació en Madrid, hija de padres franceses. Su casa era un hervidero de arte y cultura: músicos, poetas, pintores e intelectuales se reunían allí. Comenzó a estudiar piano con su madre y, siendo muy niña, ya participó en algún recital.
A los ocho años fue matriculada en la Escuela Nacional de Música y Declamación (hoy Real Conservatorio Superior de Música de Madrid), donde estudió con los mejores profesores.
Todos sus maestros consignaron su mucha aplicación y sus extraordinarias aptitudes y disposición. ‘Privilegiada’, apuntó Reventós, maestro de solfeo. Con trece años terminó la carrera de piano, teniendo como profesor a Compta. Posteriormente, recibió clases de perfeccionamiento con Beck, mientras en el centro continuó estudiando armonía y armonio, considerada excelente por sus profesores, Hernando y Almagro. También estudió en el conservatorio música de cámara con Monasterio y composición con Arrieta. Este describió su disposición y aptitud como ‘extraordinarias y notabilísimas’.
En todas las materias obtuvo sobresaliente y primeros premios. Sin embargo, no culminó los estudios de composición: en 1889 dejó de asistir, coincidiendo con su incorporación a la Sociedad de Cuartetos.
La concertista estrella
Chevallier despuntó muy pronto como pianista, deslumbrando en las funciones del conservatorio. En 1882, estando en Burdeos, fue invitada a tocar en la casa de pianos Pleyel, causando tal impacto que fue invitada a París para ser presentada ante importantes artistas y profesores del conservatorio, que le propusieron ingresar en él para optar a un premio allí. Pero regresó a Madrid con su familia, aunque con la oferta de la casa Pleyel de disponer de un piano de cola allá donde quisiera dar un concierto.
En España siguió tocando en público regularmente, a menudo junto a artistas como Fernández Arbós, Mirecki, Albéniz, Guervós o Nicolás Tragó.
Hay que citar su relación con Isaac Albéniz, quien le dedicó a María Luisa uno de sus estudios y de quien ella estrenó su Estudio Impromptu, una pieza de Recuerdos de viaje, las mazurkas Casilda y Christa y su Sonata núm. 4 opus 72. En el concierto en el que se estrenó esta sonata, en 1887, dedicado al compositor y en el que tocaron el homenajeado, José Tragó, Manuel Guervós y la Sociedad de Conciertos dirigida por Tomás Bretón, Chevallier interpretó también otras obras de Albéniz. La prensa se refirió a ella como ‘una de las más aventajadas pianistas españolas’; o escribió Esperanza y Sola que ‘mostró tener dotes no comunes de habilidad y talento’. Además, tocó en varias ocasiones para la infanta Isabel.
En esta época de multiplicaron las alusiones a sus notables méritos como intérprete. El propio Bretón apuntó en su diario su admiración por ‘la pianista, que toca las fugas de Bach notablemente en el tono que se le pidan’.
En 1889 participó en la Exposición Universal de París, invitada por el constructor de armonios Mustel, para tocar este instrumento y un piano de cola cedido por la casa Erard, como solista y con su hermana Matilde. Interpretó parte de su Sonata en Do menor, celebrada por la prensa francesa. Ofreció otros conciertos en aquel país, siendo siempre elogiada.
Un hecho crucial fue su incorporación a la prestigiosa Sociedad de Cuartetos dirigida por Monasterio. Guelbenzu fue el pianista titular, participando otros conocidos intérpretes como Zabalza, Mendizábal o Quesada y, tras el fallecimiento de Guelbenzu, Tragó y, puntualmente, Beck. Cuando Tragó dejó la agrupación, Monasterio se lo propuso a Albéniz, oferta que este rechazó por tener otros compromisos. Entonces se recurrió a María Luisa Chevallier y Genaro Vallejos. El no ser la primera opción no le resta mérito: que fuera designada ante la imposibilidad de alguien como Albéniz hace que su elección cobre aún más relevancia.
Desde ese momento, su presencia en la prensa fue constante, recibiendo todo tipo de halagos. Se recalcan su juventud, su reputación, su indisputable mérito. Es calificada como una pianista de primer orden; se resaltan su talento y habilidad, su fidelidad y corrección exquisitas, su mecanismo perfecto, y se le augura un gran futuro.
Prueba de su fama fue la portada que le dedicó Madrid Cómico. Destacan las partituras de Chopin que lleva bajo el brazo y el verso que se le dedica: ‘De todas las pianistas que hoy muestran lo que valen, es Luisa la primera (sin agraviar a nadie)’.
Entre octubre de 1889 y diciembre de 1890 participó en más de veinte conciertos con esta sociedad en Madrid y otras provincias, recibiendo siempre las mejores críticas.
Un hito importante fue el recital realizado en el Ateneo en 1890, siendo una de las primeras mujeres en tocar en esta institución. Entre otras obras, interpretó su Sonata en Do menor. Las críticas fueron magníficas, subrayando además sus virtudes como compositora.
Participó en numerosos conciertos y veladas en los años posteriores, habitualmente junto a otros artistas como el violinista Julio Francés, la pianista Emilia Quintero, la arpista Gloria Keller o su hermana Matilde, entre otros. Sobresalen los conciertos que realizó con los violinistas Fernández Arbós o Francés y el chelista Rubio, y con Fernández Bordas y Mirecki en varias ciudades españolas, en los que alternaban repertorio de cámara y solista.
Las relaciones forjadas por su familia, sus estudios en el conservatorio, su actividad concertística y su presencia en los círculos culturales y musicales más prestigiosos de la época, como las veladas celebradas por el conde de Morphy, propiciaron el contacto y la amistad de la artista con las más importantes personalidades del momento.
La creación musical
María Luisa Chevallier compuso piezas para piano, canciones y obras para piano y violín. Varias fueron publicadas en su periodo de esplendor, como una Romanza sin palabras dedicada a la infanta Isabel, la Tanda de valses Cordouan, dedicada a Arrieta, o una Melodía para piano dedicada a Hernando.
Algunas de ellas las interpretó en sus conciertos, como la citada Romanza sin palabras y un vals en 1888 en el Salón Romero, o su Sonata en Do menor, su obra de más envergadura, que dedicó a Beck. La escribió mientras estudiaba composición. La interpretó en diversas ocasiones, recibiendo siempre palabras agasajadoras que señalaban sus excelentes capacidades compositivas y el merecido triunfo de la pieza.
Sus obras muestran una gran calidad y versatilidad, y un profundo conocimiento de los procedimientos compositivos clásicos y románticos. Creaciones que apuntaban una prometedora carrera y que suscitan la pregunta de hasta dónde podría haber llegado si hubiera seguido componiendo. Si bien nunca dejó de escribir, esta producción quedó limitada al ámbito doméstico.
Matrimonio y retiro de la vida pública
En 1897, María Luisa contrajo matrimonio con Eduardo del Palacio, hijo del periodista y escritor Manuel del Palacio, hecho que apareció en la prensa, destacando la actividad musical de María Luisa Chevallier. Tras su boda, desapareció de la esfera pública.
Tuvo cinco hijos. Todos estudiaron música, si bien solo María Luisa desplegó cierta actividad como violinista, y Asunción fue docente y pianista, actuando habitualmente con su marido Antonio Piedra, violinista y alumno predilecto de Fernández Arbós.
Su retiro de los escenarios no frenó su pasión por la música. Continuando la tradición familiar, en su casa se celebraban veladas donde Chevallier tocaba e interpretaba sus obras.
Una segunda vida profesional
Nunca sabremos hasta qué punto el retiro de la escena pública de María Luisa Chevallier fue voluntario, pero sí que, además de la actividad musical en el hogar, no perdió el contacto con el conservatorio, formando parte de los tribunales de los concursos entre 1898 y 1901. Al menos en 1910 y en 1915 intentó obtener una plaza en el centro, enfatizando en sus solicitudes sus conciertos, su pertenencia a la Sociedad de Conciertos y sus composiciones. Finalmente, ingresó como supernumeraria de solfeo en 1920, puesto que ocupó hasta su jubilación en 1940.
Retomó su actividad interpretativa en los conciertos de Unión Radio, participando regularmente entre 1925 y al menos 1927. En 1932 se interpretó una de sus canciones en un homenaje a su suegro.
En 1935, con motivo de la Exposición Universal de Bruselas, grabó un disco tocando obras de su admirado Chopin.
En sus últimos años perdió la vista, aprendiendo braille para poder seguir leyendo música, demostrando su perseverancia y su amor por el arte.
Un legado que merece reconocimiento
María Luisa Chevallier falleció en 1951. Su muerte fue noticia, pero su legado fue casi olvidado.
Su vida representa a muchas mujeres artistas de la historia: brillantes, formadas, con talento, incluso reconocidas y admiradas, pero apartadas o invisibilizadas por una historiografía que no las contempla o que ha minimizado sus logros.
Hoy la recuperamos como símbolo y como inspiración. Para recordar que la historia hay que contarla con todos y todas sus protagonistas, mostrar que hay referentes mujeres y que es necesario reconstruir esa genealogía femenina.
En esa historia, María Luisa Chevallier tiene un lugar que merece ser reconocido.
Nota: En el marco del proyecto DEePMusic. Digitalización del Ecosistema del Patrimonio Musical (ref. TED2021-131738B-I00) financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por la Unión Europea NextGenerationEU/PRTR, liderado por el Instituto Complutense de Ciencias Musicales, y con la inestimable colaboración de los descendientes de María Luisa Chevallier, se está trabajando en la recuperación, edición y digitalización de su obra, además de su interpretación y grabación por la pianista Carmen Martínez-Pierret.





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