Formado en Sevilla, Barcelona e Italia, destacó como concertista, docente y compositor, y dejó una obra valiosa aún pendiente de redescubrir.
Por Salvador Daza Palacios, doctor en Historia y compositor
La Sinfonía Sevillana de Joaquín Turina fue la obra ganadora del concurso de Composición organizado por el Gran Casino de Sebastián en 1920, cuyo jurado estuvo constituido por Tomás Bretón, Ricardo Villa y Jesús Guridi. El compositor se la dedicó a Teresa y Frank Marshall (1883-1959). Es una de las grandes obras del catálogo turinesco y una de las más importantes del repertorio sinfónico de la música española del siglo XX.
Este recuerdo histórico lo traigo a colación para hablar de otro gran músico sevillano que también triunfó en San Sebastián treinta y cinco años después, iniciando y desarrollando una vida profesional que dio ricos e interesantes frutos en el ámbito musical. Se trata del pianista José Antonio Medina Labrada, nacido en la capital de la Giralda en 1926 y que fue catedrático de Piano en el conservatorio de la ciudad donostiarra.
Raíces sevillanas y vocación temprana
José Antonio nace en una casa donde se respeta y cultiva profundamente el estudio y la cultura. Su tío Fernando Labrada fue un excelente pintor y académico de Bellas Artes. Su madre era maestra y su padre fue Blas Medina Martín, autor de diversas piezas teatrales y artículos. El nuevo conservatorio sevillano creado en 1934, dirigido primero por Ernesto Halffter y poco después por el maestro de capilla y organista de la catedral hispalense, el vasco de Astigarraga Norberto Almandoz, contaba entre otros insignes músicos con la profesora Clara Peraltó, profesora que formó a gran número de pianistas, entre los que cabe destacar a Medina Labrada.
Formación, perfeccionamiento y primeros logros
José Antonio comienza su actividad concertística desde su adolescencia, simultaneándola con sus estudios de Bachillerato y posterior carrera de Magisterio, llegando a obtener una plaza de maestro que no ejerció por dedicarse a su vocación musical. Quien ejerció la crítica musical en Sevilla durante más de treinta años, el citado Almandoz, le dedicó con regularidad excelentes críticas. Don Norberto, como era conocido en Sevilla, elogió ya en 1944 ‘su recio mecanismo y su técnica pianística, que le permiten abordar obras de dificultad y estilo dispar’. Le creía ‘dotado de una sensibilidad musical bien orientada’ y hacía gala ‘de un gran dominio y lucimiento con su instrumento’.
La Ciudad Condal fue una de las referencias pedagógicas más decisivas de sus estudios de perfeccionamiento, pues allí pudo recibir clases en la célebre Academia de Frank Marshall. En el Conservatori Municipal de Música de Barcelona obtuvo una beca del Ayuntamiento en 1952 y consiguió el Premio de Virtuosismo tras estudiar con el célebre armonista y compositor, el maestro Joaquín Zamacois.
José Antonio dio el salto al extranjero para completar su formación en la legendaria Academia Chigiana de Siena con Guido Agosti y en Nápoles con Paolo Denza. En julio de 1954 fue galardonado con la Medalla de Plata en el Concurso Internacional Ars Nova, que después tomaría el nombre de Maria Canals.
Trayectoria docente y artística en San Sebastián
Medina Labrada desarrolló una meritoria labor concertística, docente y académica. Coronó su carrera en 1955, con la obtención de la Cátedra de Piano en el Conservatorio Municipal de San Sebastián, ante un tribunal presidido por Ramón Usandizaga, entonces director de dicho centro, y con la presencia en el mismo del compositor Francisco Escudero. Entre sus alumnos cabría destacar a grandes profesionales de la música como Ángeles Vá, Concepción Arnedillo, Teresa Oteiza, Alejandro Zabala, Álvaro Cendoya, Esther Mendiburu, Iñaki Salvador, Miren Etxaniz, Pedro José Rodríguez, Marta Zabaleta y su propia hija, Mercedes Medina.
En diferentes etapas de su vida interpretó innumerables conciertos para piano y orquesta, como los de Bach, Mozart, Mendelssohn, Schumann, Franck, Gershwin, Ravel, Escudero… Uno de los grandes eventos que protagonizó José Antonio Medina tuvo lugar en enero de 1959 con la interpretación del Concierto de Jachaturián, que fue acogido con gran entusiasmo y hubo de repetirse poco después. Tras este acontecimiento «reestrenó» el Concierto en Sol de Ravel, cosechando excelentes críticas. Ya por entonces, Medina Labrada era corresponsal de la revista musical Ritmo, que le felicitó desde Madrid por el éxito obtenido.
En la década de 1960, José Antonio también cultivó la música de cámara, formando dúo con el trompista Antonio Domingo, uno de los más virtuosos que ha dado nuestro país; con el violinista cubano de origen navarro Eduardo Hernández Asiain, uno de los más excelentes de su época. Con el trío formado por Medina al piano, Juan María Gómez de Edeta a la trompa y el flautista donostiarra Teodoro Martínez de Lecea, obtuvieron rotundos éxitos, ofreciendo recitales por diferentes sociedades filarmónicas españolas.
Medina Labrada fue también el pianista del Orfeón Donostiarra, que preparó su participación en el estreno de Atlàntida, obra póstuma de Manuel de Falla. También, en una ejemplar colaboración con su tierra adoptiva, trabajó con importantes compositores vascos como Garbizu, Donostia, Beobide, Figuerido o Escudero (de cuya ópera Zigor realizó la transcripción para piano) y grabó dos discos con obras de algunos de estos autores.
En 1960 desempeñaba la secretaría del Conservatorio, que ejerció durante quince años. Su capacidad metódica y ordenada se tradujo en una fructífera colaboración con el entonces director del centro, Francisco Escudero, que se desarrolló en numerosas cuestiones organizativas, docentes y, sobre todo, en una reivindicación mantenida durante años para el reconocimiento como conservatorio superior, categoría que se logró en 1977.

Legado musical y estilo compositivo
Su prematura muerte en 1983, cuando tan solo contaba con 56 años, nos privó de un gran músico que, como compositor, dejó escritas un buen número de obras de diferentes géneros y formatos, abundando las escritas para su instrumento, el piano. También para canto y piano, coro y variadas formaciones de cámara. Su estilo lo podríamos calificar de post-romántico, pues su uso melódico tradicional y la riqueza armónica llevando la tonalidad hasta sus últimas consecuencias cromáticas le sitúa en un lenguaje parecido a los autores franceses de tal estética e incluso en la órbita del alemán Max Reger, pues sus reminiscencias brahmsianas, tal y como acertó a señalar Almandoz, son apreciables. No obstante, hay que destacar un uso muy pertinente de la polifonía y el contrapunto, así como de diferentes efectos pianísticos y rítmicos plenamente situados en la época en que fueron escritas estas interesantes piezas.
Ojalá este sea el primer paso para recuperar su obra completa, pues pocos autores como Medina Labrada pueden explicar mejor el panorama musical y el contexto artístico de la España de su época, gracias a su inigualable maestría y su excepcional sensibilidad.






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