Beethoven: Complete Piano Sonatas
Igor Levit, piano
Sony Classical 19075843182
Melómano de Oro
No estamos ante otro ciclo de sonatas más ni ante un pianista cualquiera. Si, como suele decirse, cada generación tiene la obligación de reescribir la historia, no cabe duda de que Igor Levit (Nizhni Nóvgorod, 1987) parece haber asumido como propia esta tarea en lo referente a la interpretación del corpus central del piano beethoveniano. La suya es una propuesta radical que debe entenderse desde un deseo deliberado de ruptura con la tradición. Los más notables ciclos de sonatas para piano de Beethoven completados en las últimas décadas (Barenboim, DG 1986; Goode, Nonesuch 1993; Brendel, Philips 1996; Lewis, Harmonia Mundi 2005; Schiff, ECM 2016), admirables en tantos aspectos, son todos ciclos continuistas; en ellos no hay nada genuinamente innovador. El romanticismo hercúleo de Barenboim, la cohesión estilística de Goode, el depurado perfeccionismo de Brendel, el virtuosismo sensible y algo atolondrado de Lewis, el refinamiento clásico de Schiff, son formas diversas de continuismo. La radicalidad de Levit se percibe de inmediato en una libertad de enfoque que rehúye las convenciones interpretativas al uso. La coherencia no es aquí el resultado de un equilibrio entre música y forma; surge de un vehemente conflicto emocional en que termina imponiéndose el orden. Interpretar para Levi es, en suma, un acto de afirmación personal guiado por la libertad (no concibe otro modo de «vida interna» en la música). Dicho acto de afirmación es requisito previo para entablar un diálogo con el compositor que más le ha acompañado en la vida.
Las sonatas han sido su objeto de reflexión continuo desde que en la adolescencia comenzara a estudiar la opus 2 núm. 2, pieza temprana dedicada a Haydn, pero que en realidad es un violento homenaje a Mozart. El profesor de entonces, comenta Levit, le haría volver a menudo sobre aquella obra; fuera por un pequeño detalle o un pasaje determinado, la sonata estuvo presente en cada lección durante los cuatro años y medio de enseñanza. Con la Sonata en La mayor opus 2 aprendió todo sobre la fluctuación constante de los efectos, los mecanismos de cambio que estos requieren, cada elemento para una articulación correcta; aprendió a pensar rápido y tomar riesgos, a tener nervios de acero. Aprendió —lo más importante— que el único modo de tocar Beethoven era comprometiéndose con él, de manera intensa, a nivel personal.
Levit hizo su debut discográfico en 2013 con las cinco últimas sonatas para piano del compositor. Tenía entonces 25 años. Antes de lanzarse a culminar el ciclo tuvo ocasión de interpretar las 32 sonatas en la Tonhalle de Düsseldorf durante la temporada 2015-16 y grabar cuatro álbumes para Sony Classical: las Partitas BWV 825-830 y Variaciones Goldberg de Bach; las Variaciones Diabelli del propio Beethoven y ¡El pueblo unido jamás será vencido!, 36 variaciones para piano del norteamericano Frederic Rzewski. Las restantes 27 sonatas del ciclo beethoveniano fueron registradas entre noviembre de 2017 y febrero de 2019, sin que se advierta cesura en la primera y segunda entrega a pesar del tiempo transcurrido. La concepción rupturista estaba presente ya en la génesis del proyecto. Basta empezar escuchando la sonata Hammerklavier y seguir a continuación con una de las primeras, la Sonata núm. 4 en Mi bemol mayor opus 7, para convencerse de esto. De la Hammerklavier, sonata límite en la que Beethoven recupera la máxima puesta en práctica con la opus 101: «Lo que es difícil es hermoso, bueno, grande», solo que llevándola algo más allá, ofrece Levit una versión arrolladora de contrastes ásperos; la precisión es máxima en el fugado del primer desarrollo y en la fuga a 3 combinada con rondó y variaciones del Allegro risoluto final. En cualquier pasaje de contrapunto intrincado (opus 101, 110, 111) Levit obra un prodigio de clarificación. Arrolladora es asimismo la versión de la opus 7, obra temprana que reúne no obstante dos condiciones a priori insospechadas: ser una de las más largas y difíciles de las 32 sonatas. La pulsión nerviosa que imprime Levit al Allegro molto e con brio corta el aliento.
No quiero terminar sin referirme de pasada a otras sonatas que, superada la indignación inicial (si no el pasmo), harán las delicias de oídos atentos y sin prejuicios. Escúchense los movimientos extremos de la Patética y La tempestad; el arranque (puro vértigo) de la Waldstein; la Pastoral, la Appasionata, Los adioses de comienzo a fin, una y otra y otra vez. Porque son fabulosas.
Por respeto a los grandes que desde Schnabel midieron talento y fuerzas con este colosal repertorio pianístico no asignaré una posición a este ciclo. Diré tan solo que Levit, a sus 32 años, por su originalidad y capacidad técnica extraordinarias, merece con justicia figurar entre los mejores.



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