En alguno de sus ensayos sobre estética musical, Enrico Fubini se preguntaba cuál sería el camino para el estudio de la música en el siglo XXI. ¿Podemos seguir utilizando los criterios de belleza o proporción de la estética, o quizá es más útil realizar un examen sociológico que evalúe el impacto y el gusto en términos más objetivos? Al terminar de leer este volumen de Filosofía de la música de Alfred Schutz, que reúne los textos que el filósofo dedicó a la cuestión durante la primera mitad del siglo XX, uno sale más o menos convencido de que la fenomenología, si bien no posee la verdad última sobre la esencia de la música (quién puede tener la última palabra sobre algo así), sí que constituye un terreno fértil sobre el que empezar a debatir.
Schutz es más conocido por sus aportaciones en el ámbito de la sociología, y las observaciones más agudas de estos escritos musicales tienen que ver, precisamente, con su dimensión social: ‘La mayor parte del conocimiento musical es social’, afirma. Su tesis es que al interpretar o escuchar una obra de cualquier época estamos dialogando con la consciencia del autor, una forma de conexión que, entre todas las artes, se encuentra en la música de manera privilegiada. ‘Este compartir el flujo de experiencias del otro en nuestro tiempo interior constituye la experiencia del ‘nosotros’ que se encuentra en la base de toda comunicación posible’. A pesar de los complejos, y quizá estériles análisis que propone para la ‘experiencia musical’, la capacidad de conexión que atribuye al tiempo musical lo sitúa en un lugar especial dentro de las interacciones humanas: ‘Comunicarse presupone la participación simultánea en varias dimensiones del tiempo exterior e interior; en resumen, envejecer juntos’.
El interés de Schutz por la ópera, también reflejado en este libro, proviene de su capacidad de elevar la palabra a un estatus que evidencia ‘la relación-tú de una manera que ninguna otra forma de arte puede lograr’.


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