¿El Turina mexicano? Toda una sorpresa escuchar este disco, que no puedo dejar de recomendar como Melómano de Oro por lo valioso de su contenido. Escuchar las treinta y tres pistas que integran su duración de casi 70 minutos me ha emocionado. A quienes vivimos con, de y para la música, no es fácil que lo nuevo, por el mero hecho de serlo, nos impresione; por el contrario, podemos reconocer la grandeza en la ausencia de artificio, en la calidad del mensaje esencial y bello. ¡Qué belleza en las páginas de Ponce! Su armonización, en la novena de las piezas fáciles, de la celebérrima Mañanitas, escrita por su paisano Alfonso Esparza Oteo (natural de Aguascalientes, donde él vivió desde pequeñín con sus once hermanos), o el precioso y modernista ‘Preludio galante’ de sus Estudios de concierto, muestran junto al resto de obra que podemos escuchar en este disco, tercer volumen de su integral pianística, el conocimiento profundo del instrumento y la intuición tan excelentemente informada que derrocha el compositor y pianista, un Manuel María Ponce que perfeccionó sus estudios como intérprete de la mano de Martin Krause, discípulo de Franz Liszt.
La obra de Ponce, como la de Turina, Albéniz, Falla o Granados, no debe estar ausente de las guías docentes de los conservatorios que se precien, españoles o no. Absolutamente contemporáneo del compositor sevillano, nacido en el mismo 1882 que él (también que Stravinski, en otro lado estético del poliédrico modernismo) y fallecido un año antes que don Joaquín (1948), Manuel María Ponce bebe de ese súper Romanticismo que se alinea con el Modernismo como en Los nietos del Cid de Andrés Triapello, con cierto guiño a la fantasía, incluso circense, que podría recordar al seductor Broadway como heredero de aquel Beidermeier, con un nivel de calidad en su elaboración afín a lo que, en mis propias manos, encontré al grabar toda la obra de Turina. No sé cuántos volúmenes ocupará la obra pianística de Ponce, pero me encantaría conocerlo todo. Al escuchar con oídos de pianista quizá algo haría distinto, pero lo que hace Álvaro Cendoya me parece irreprochable. ¡Bravo!




Deja una respuesta