Veinte años de investigación del pianista Daniel Pereira dan vida a decenas de genealogías del piano. Un fascinante mapa de maestros, intérpretes y tradiciones. Un proyecto que revela cómo el pianismo conecta pasado y presente a través de siglos y continentes. Un trabajo que desenmascara historias, pioneros, tragedias y curiosidades.
Por Daniel Pereira
Tradiciones pianísticas y genealogías vivas
El proyecto ‘Tradiciones Pianísticas a través de sus Árboles Genealógicos’ es el resultado de una investigación que inicié en 2006, motivado por una curiosidad personal. Concebido sin la pretensión de convertirse en un estudio musicológico, el proyecto ha crecido de forma orgánica, asumiendo desde el principio que las genealogías pianísticas son organismos dinámicos, en permanente expansión y revisión. El trabajo captó la atención de la revista International Piano, que le dedicó un extenso artículo.
A través de un enfoque genealógico, esta exploración ofrece una visión panorámica del pianismo histórico, evidenciando miles de conexiones entre intérpretes. Con cerca de 200 tradiciones pianísticas elaboradas y 2.000 pianistas documentados, se trata del mayor estudio conocido sobre genealogías pianísticas, entre las que encontramos figuras del primer pianismo, como Carl Philipp Emanuel Bach, Muzio Clementi y Wolfgang Amadeus Mozart; románticos como Frédéric Chopin, Franz Liszt y Sigismond Thalberg; y maestros del siglo XX como Alfred Cortot, Heinrich Neuhaus y Vincenzo Scaramuzza, sin olvidar a los españoles Pedro Albéniz, José Cubiles y José Tragó. Todos ellos despliegan ramificaciones que alcanzan hasta nuestros días.
Desde 2021, el trabajo se publica en la web de Melómano y, hasta la fecha, se han difundido cincuenta tradiciones. Paralelamente, se publican en inglés en la web de los International Piano Archives at Maryland, institución que tuve ocasión de explorar durante una prolongada estancia. En este contexto, las historias que presento a continuación son pinceladas de proezas, pioneras, tragedias o curiosidades de pianistas que he ido conociendo a lo largo de dos décadas de pesquisa.
Hazañas pianísticas
Desde el siglo XIX, el piano se ha vinculado estrechamente a la idea de gesta artística, y el recital nació asociado al espectáculo y al desafío físico, con Franz Liszt como figura fundacional de este imaginario. La lista de epopeyas pianísticas se fue consolidando a lo largo del tiempo con hitos diversos, por ejemplo: Anton Rubinstein, que en sus conciertos históricos abarcaba ocho sonatas de Beethoven o veinte obras de Chopin en un mismo recital; Eugeny Kissin, que con doce años interpretó en Moscú los dos conciertos de Chopin en una misma velada; o Víkingur Ólafsson, que en una temporada emprendió una gira mundial centrada en las Variaciones Goldberg, interpretándolas en noventa ocasiones.
A estas gestas se suman las proezas memorísticas y de repertorio de Sviatoslav Richter —capaz de aprender en un mes el segundo libro de El clave bien temperado de Bach, o en cuatro días la Séptima Sonata de Prokófiev—; las giras de Jorge Bolet con más de diez programas distintos en Australia, los extensísimos repertorios de Claudio Arrau o Vladímir Ashkenazi, y los veinticinco Grammys de Vladímir Horowitz. Esta tradición sigue plenamente viva con hazañas como la de Yuja Wang, al abordar en una sola noche los cuatro conciertos y la Rapsodia de Rajmáninov.
Pioneras
Especialmente significativa fue la contribución de mujeres pianistas que durante décadas tuvieron que conquistar espacios negados por prejuicios de género. Marie Jaëll, alumna de Liszt, fue la primera pianista francesa en interpretar en público las treinta y dos sonatas de Beethoven, y su coterránea Blanche Selva, con apenas veinte años, abordó la totalidad de obras para teclado de Johann Sebastian Bach en diecisiete recitales consecutivos. Fue otra mujer, Maria Grinberg, quien inauguró en la Unión Soviética la serie de grabaciones de la integral de sonatas beethoveniana. Otras pioneras fueron: Violet Gordon, admirada por Ferrucio Busoni y precursora en registrar música en clave; Jacqueline Blancard, quien realizó las iniciales grabaciones de los estudios de Debussy y del Concierto para la mano izquierda de Ravel; y la sevillana Pilar Fernández de la Mora, que se convirtió en 1896 en la primera mujer profesora numeraria por oposición del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, superando a ocho candidatos varones.
Persecución, exilio y dignidad
El siglo XX introdujo en la historia del piano una dimensión trágica sin precedentes. Guerras, dictaduras y persecuciones ideológicas marcaron profundamente la vida de numerosos pianistas: el soviético Naum Shtarkman, ganador de tercer y quinto premio en los concursos Chaikovski y Chopin, respectivamente, fue condenado a ocho años de prisión por su homosexualidad; su compatriota Rudolf Kehrer fue deportado en 1941 por su ascendencia alemana y pasó trece años de exilio ‘tocando’ sobre un teclado dibujado en una mesa; y Heinrich Neuhaus estuvo encerrado más de ocho meses, la mayor parte en confinamiento solitario, y condenado a cinco años de exilio.
Otros casos reflejan tragedias familiares y políticas extremas. Anatoly Vedernikov perdió a sus padres durante las purgas estalinistas, y Lili Kraus fue capturada junto a su familia en Java y enviada a un campo de concentración japonés. Miguel Ángel Estrella fue secuestrado, torturado y encarcelado por las dictaduras del Cono Sur y, durante dos años, le quebraron las manos atándoselas a la espalda durante días y amenazándolo con cortárselas con una sierra eléctrica.
Otro caso llamativo fue el de Maryla Jonas, detenida durante la invasión nazi de Polonia y que, tras su liberación, caminó cientos de kilómetros hasta Berlín para obtener los documentos necesarios para huir a Brasil. Este viaje, realizado en condiciones inhumanas, afectó gravemente a su salud. A pesar de ello, ofreció un recital en Carnegie Hall en 1946.
Destinos truncados
La historia del piano está también marcada por la fragilidad, el azar y la vulnerabilidad humana. Simon Barere falleció entre bastidores a los pocos instantes de sufrir una hemorragia cerebral en pleno escenario del Carnegie Hall, interpretando el Concierto para piano de Grieg. Terence Judd nos dejó a los veintidós años, en circunstancias siniestras, cuando salió de su casa para dar un paseo y jamás regresó. Su cuerpo apareció días después, arrastrado por las olas en la playa. La hipótesis más extendida apunta a que se quitó la vida.
Las catástrofes aéreas también truncaron la vida de varios pianistas: William Kapell falleció cuando su vuelo se estrelló cerca de San Francisco; la columna vertebral de Sergio Fiorentino quedó gravemente afectada después de un accidente en América del Sur que coartó su carrera; y Rosa Sabater perdió la vida cuando su vuelo con destino a Bogotá se precipitó despegando de Madrid.
De forma igualmente aciaga, pero en colisiones de automóvil, perecieron los pianistas Dino Ciani, a los treinta y dos años; el pianista y paleontólogo Bruce Hungerford, fallecido junto a su madre y otros dos familiares en un choque frontal causado por un conductor ebrio; y Alexander Lambert, atropellado por un taxi en fin de año en Nueva York.
Curiosidades
Junto al drama y la épica, el piano ha generado innumerables episodios singulares: Artur Rubinstein fue protagonista de The Love of Life, ganadora de un Óscar a mejor documental; Song Without End, con interpretaciones de Jorge Bolet, obtuvo una estatuilla a mejor banda sonora; y José Iturbi se convirtió en un icono de Hollywood, participando en siete películas y siendo el primer músico clásico en vender más de un millón de copias de un mismo disco y en tener una estrella en el Paseo de la Fama.
La historia de la interpretación pianística también ofrece ejemplos excepcionales de longevidad artística. Extraordinario es el caso de Ruth Slenczynska, última alumna viva de Rajmáninov y que, en el momento de escribir este artículo, tiene 101 años, además de haber realizado un cedé a los 97. Igualmente impactantes fueron las dilatadas carreras de Mieczyslaw Horszowski, quien se casó a los 89, ofreció recitales hasta los 99 y murió un mes antes de cumplir 101; de Menahem Pressler, fundador del Beaux Arts Trio, que con 90 años debutó con la Filarmónica de Berlín; o de Joaquín Achúcarro, quien tocó el Concierto para piano núm. 2 de Chopin a los 91.
A la política, aunque de forma efímera, llegó Ignacy Jan Paderewski al convertirse en primer ministro de Polonia. Peculiar fue la actuación de Julius Katchen en 1968, al aparecer en un espectáculo en Londres junto a los Rolling Stones, tocando la Danza ritual del fuego. Ni siquiera el Vaticano es ajeno al arte pianístico, ya que el papa Francisco mencionó a Clara Haskil en una entrevista como uno de sus músicos favoritos.
También hubo artistas con escenografías visionarias. Eileen Joyce cambiaba de vestido durante conciertos para asociar compositores con colores, y Hilda Somer diseñaba juegos de luz en la música de Scriabin. Otros pianistas destacaron por intereses inesperados: Arturo Benedetti Michelangeli compitió como piloto en la Mille Miglia; Sigismond Thalberg pasó sus últimos años cultivando viñedos cerca de Nápoles; y Józef Hofmann fue inventor de setenta patentes, como los amortiguadores neumáticos, una casa que giraba siguiendo al sol o mejoras en la mecánica del piano adoptadas por Steinway. Y no olvidemos al mallorquín Miquel Capllonch,alumno de Clara Schumann, que fue profesor del joven Artur Rubinstein en Berlín.
Globalización
La expansión del piano se consolidó gracias a artistas que asimilaron enseñanzas de grandes pianistas y las difundieron en América, África y Asia. Alumno de un eminente discípulo de Chopin, Alberto Williams regresó a su país para fundar el porteño Conservatorio Williams. Al Conservatorio de El Cairo llevaron su magisterio dos polacos: Ignace Tiegerman y Stefan Askenase, uno de los mentores de Martha Argerich. Angélica Morales von Sauer, viuda y alumna de uno de los más ilustres seguidores de Liszt, introdujo en México la tradición lisztiana.
Herculano Alvarado, alumno de Beniamino Cesi —figura clave en la consolidación de la escuela napolitana— fue profesor del Conservatorio Nacional de Guatemala.Y el sudafricano François du Toit, formado en Londres y Hanover, es profesor en la Universidad de Cape Town.
También desde o hacia el continente asiático ha llegado la globalización: Tong-il Han enseñó en Japón y Corea del Sur; Dang Thai Son, ganador del Concurso Chopin en 1980, ha guiado a jóvenes pianistas en Japón y Canadá; y Leo Sirota, primer pianista en usar un Yamaha en concierto, fue impulsor del pianismo nipón.
También en Europa se produjeron intercambios transnacionales: Óscar da Silva, alumno de Clara Schumann, enseñó en el Conservatorio de Oporto; Ernesto Elorduy, otro discípulo de Clara, fue profesor en el Conservatorio de México; José Miró, quien tuvo contacto con Chopin, desarrolló su docencia en España, Cuba y Jamaica; y Santiago Riera lo hizo en el Conservatorio de Bucarest.
Daniel Pereira es pianista, doctor en Artes Musicales por la Universidad de Maryland y profesor del Conservatorio Profesional de Música de Vigo. Su doble disco ‘90: Scriabin Complete Piano Preludes‘ recibió excelentes críticas.


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