En mayo de 1876, el desaparecido Teatro del Príncipe Alfonso de Madrid acogió el estreno de Chorizos y polacos, una ingeniosa sátira donde Barbieri y Luis Mariano de Larra convirtieron las disputas políticas del siglo XVIII en genialidad musical. Hoy, en su 150 aniversario, volvemos la vista atrás para descubrir cómo esta vibrante partitura no solo conquistó al público de la Restauración, sino que consolidó la madurez de nuestra zarzuela grande.
Por Rebeca Barriuso González
Un motor llamado Barbieri
Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894), compositor y musicólogo madrileño de indudable reputación y figura clave en el panorama musical nacional, consolidó el estilo folclórico a través del género de la zarzuela, del que firmó más de sesenta títulos en su firme apuesta patriótica por el teatro español.
Ya, en 1856, Barbieri utilizó sus propios recursos artísticos y económicos para fundar junto a Joaquín Gaztambide, Rafael Hernando, José Inzenga, Francisco Salas, Luis Olona y Cristóbal Oudrid el Teatro de la Zarzuela y con él, otorgarle a la lírica española un lugar propio en el que desarrollarse. Consecuentemente, la zarzuela pudo consolidarse y también popularizarse, posicionándose como una alternativa firme frente a la hegemonía que ejercía la ópera italiana en nuestro país. Predecesor directo de este, fue el Teatro del Circo, fundado inicialmente como Circo Olímpico, hasta 1846 en que fue reformado en teatro. En 1851 la Sociedad Artística-Musical —integrada por compositores de prestigio cuyo objetivo fue impulsar la zarzuela— lo alquiló para estrenar sus obras, entre ellas, Jugar con fuego (1851) de Barbieri, obra que significó un hito en la zarzuela. Posteriormente, otros teatros madrileños, como el Apolo, el Price, el de Novedades o el de la Cruz, también acogieron zarzuelas.
Chorizos y polacos: la rivalidad convertida en música
Concretamente, su obra titulada Chorizos y polacos se estrenó el 24 de mayo de 1876 en el Teatro del Príncipe Alfonso y consistió en una recreación de las costumbres madrileñas del último tercio del siglo XVIII: los partidarios del Conde de Aranda (o ‘chorizos’) y los del Marqués Grimaldi (o ‘polacos’). A través de esta obra se constata la influencia política presente en las actividades culturales y de ocio durante el reinado de Carlos III, que dividió al pueblo en el bando partidario de lo castizo (‘chorizos’) y de lo extranjero o afrancesado (‘polacos’). Justo antes del desenlace de la puesta en escena, el ‘Estado’ interviene directamente para poner fin a la disputa, disolver a ambos bandos rivales y restaurar el orden.
Esta obra, estructurada en tres actos, contó con el libreto de Luis Mariano de Larra (1830-1901), dramaturgo y novelista madrileño de notable trayectoria, que destacó por su asidua colaboración en el ámbito de la zarzuela y posteriormente reconocido por ser uno de los grandes pioneros en escribir para el género bufo en España.
El primer acto nos traslada de lleno al Madrid de finales del siglo XVIII, donde las compañías de teatro de La Caramba (jefa de los chorizos) y el Tío Tusa (líder de los polacos) se llevan a matar. Larra acertó de pleno al rescatar para el libreto a estos personajes, que fueron artistas de carne y hueso y auténticas celebridades de la época. Animados por el Conde del Puente, los dos bandos se pasan el día picándose, boicoteándose las funciones y montando broncas en plena calle. La situación se les va tanto de las manos que el Corregidor de la ciudad tiene que meterse por medio y, para cortar por lo sano, les obliga a fusionarse en una sola compañía.
En el segundo acto la acción se traslada al interior del teatro, el escenario perfecto para comprobar que obligar a convivir a estos dos bandos es un auténtico polvorín. El ensayo de la nueva obra compartida se convierte en un auténtico caos de celos, indirectas y choques de ego. Barbieri aprovecha este momento para desplegar su música más divertida, que acompaña a la perfección una monumental pelea en la que chorizos y polacos terminan tirándose los trastos a la cabeza y destrozando el ensayo general.
El tercer acto pone punto final a la historia con una solución muy de la época, como es la intervención de la autoridad. El ‘Estado’ decide tomar cartas en el asunto, disuelve las dos facciones rivales y les obliga a trabajar juntos por el bien del teatro. Al final, la obra cierra con un toque de ironía política, los típicos matrimonios felices entre los protagonistas de ambos bandos —como el de la propia Caramba— y un gran número musical que sella la paz definitiva.
Una advertencia para la posteridad
Más allá de la ficción y la música, el propio libreto impreso de 1876 esconde una joya para los más curiosos. En sus primeras páginas, Luis Mariano de Larra firmó una sección titulada ‘Advertencia importante’, un texto donde el autor aparca por un momento su faceta de dramaturgo para ejercer de auténtico historiador. En estas líneas, Larra aclara al lector que la rivalidad reflejada en la obra se basa en hechos históricos estrictamente reales.
Apoyándose en los textos póstumos del célebre Leandro Fernández de Moratín, explica con rigor cómo nacieron los apodos de los dos bandos. Los ‘chorizos’ eran los apasionados seguidores de la compañía del Teatro del Príncipe, mientras que los ‘polacos’ defendían a capa y espada a los cómicos del Teatro de la Cruz. Con este valioso prefacio Larra no solo blindó su obra contra las críticas de falta de veracidad, sino que dejo un testimonio impagable sobre las costumbres del Madrid del siglo XVIII.
El mapa musical de la comedia
Desde el punto de vista estrictamente musical, la partitura de Barbieri brilla con luz propia gracias a una brillante sucesión de dieciocho números que marcan el ritmo de la comedia.
El primer acto se abre con un vibrante ‘Preludio y coro’ que mete al oyente de lleno en el ambiente madrileño, seguido por la divertida presentación del Tío Tusa junto al ‘Coro de chorizos’. Tras el expresivo ‘Dúo del Conde y La Figueras’, el protagonismo recae en la gran estrella de la función a través de la pegadiza ‘Canción de La Caramba y Coro’, un número que da paso al bloque de los alguaciles, la emotiva ‘Romanza de Don Preciso’ y el brillante ‘Terceto’, para cerrar por todo lo alto con el ‘Fin del acto I’.
El segundo acto mantiene el listón muy alto y arranca con su propio ‘Preludio’, conectando enseguida con la intervención del Tío Espejo y su Romanza. El gran clímax musical y teatral de esta sección llega con el arrollador ‘Dúo de La Figueras y La Caramba’ —auténtico choque de divas de la época—, al que siguen la ‘Romanza del Tío Tusa’ y un maravilloso y dinámico bloque dedicado al género de la tonadilla, donde se suceden pasajes a solo y de conjunto antes de desembocar en un rapidísimo y caótico ‘Final del acto II’.
Por último, el tercer acto comienza con un elegante ‘Preludio’ que da paso a uno de los momentos más esperados de la obra: el vistoso ‘Fandango’ interpretado por Don Preciso junto al coro. Tras una breve escena del Tío Espejo y el cuerpo de Alguaciles, Barbieri vuelve a regalar un momento inolvidable con los célebres ‘Cuplés de la Virulé’ a cargo de La Caramba, seguidos por un apasionado dúo entre la protagonista y el conde, sirviendo como antesala perfecta para el gran ‘Final’ que sella la reconciliación y cierra la obra con un broche de oro musical.
Un teatro con nombre de rey
El estreno de Chorizos y polacos no fue un hecho aislado, sino que coincidió en el tiempo con un cambio de rumbo político transcendental para el país. La instauración de la Restauración borbónica y el inicio del reinado de Alfonso XII fueron los acontecimientos históricos de primer orden que pusieron fin definitivo al convulso período del Sexenio Democrático (1868-1874). Esta constante agitación política y social de la España del siglo XIX dejó una huella directa e inmediata en la propia identidad y nomenclatura del edificio del Príncipe Alfonso, cuyo nombre oficial llegó a modificarse hasta en tres ocasiones a lo largo de su trayectoria arquitectónica y comercial.
Inaugurado originalmente con gran expectación el 7 de mayo de 1863 en el Paseo de Recoletos, el espacio nació bajo el título de Circo del Príncipe Alfonso, una denominación otorgada bajo el patronazgo directo de la reina Isabel II y su esposo Francisco de Asís. Sin embargo, tras el estallido de la Revolución de 1868 (la ‘Gloriosa’) y el consiguiente exilio forzoso de la familia real a Francia, el recinto fue rebautizado apresuradamente por la nueva administración como Teatro y Circo de Madrid, en un claro intento ideológico por borrar cualquier vestigio, recuerdo o alusión a la dinastía de los Borbones en la capital. Esta situación de inestabilidad nominativa dio un nuevo vuelco en 1875 cuando, gracias al ascenso al trono del joven Alfonso XII, el coliseo recuperó con orgullo su nombre original de Príncipe Alfonso. El teatro mantuvo esta emblemática denominación como un fiel reflejo de los vaivenes de la historia madrileña, hasta que sus puestas se cerraron definitivamente para dar paso a su demolición en 1898, dejando un vacío irremplazable en la fisonomía cultural del Madrid de la época.
Dentro del mapa de teatros de la capital, la figura de Barbieri se plantó como el auténtico motor comercial y artístico del Teatro del Príncipe Alfonso. Las zarzuelas del maestro madrileño ocuparon siempre un lugar privilegiado y de absoluto protagonismo en la programación de este escenario, logrando dar forma a un catálogo impresionante que superó con creces las veinte obras en cartel y rebasó la enorme cifra de seiscientas funciones totales. Este gran idilio entre el compositor y el público que buscaba ocio en los veranos de Madrid encontró uno de sus mayores hitos históricos en el éxito arrollador de La vuelta al mundo. Esta producción no solo gustó muchísimo a la crítica de la época por su brillante factura musical, sino que, al acumular la friolera de ciento sesenta y ocho funciones, grabó su nombre con letras de oro en la historia del recinto. Con esta gran marca, la pieza se logró consolidar con rotundidad como la cuarta zarzuela más representada en toda la historia de este emblemático teatro, sirviendo como prueba indiscutible del tremendo arrastre popular y la total vigencia de la música de Barbieri.
Entrando de lleno en la obra que protagoniza este artículo, Chorizos y polacos celebra precisamente este año su 150 aniversario, una cifra redonda que invita a rescatar su trayectoria. En las tablas del Príncipe Alfonso, la obra logró acumular un total de treinta funciones entre 1876 y 1878, repartidas de una forma muy curiosa que demuestra cómo se movía la cartelera de la época: veintitrés funciones en el año de su estreno, cuatro al año siguiente y tres más en 1878. Es verdad que Barbieri compuso obras con un recorrido comercial mucho mayor y más duradero, como los grandes éxitos de El barberillo de Lavapiés (1874), Pan y toros (1864) o Jugar con fuego (1851). Sin embargo, esta zarzuela enfocada en las costumbres de los propios cómicos y el mundillo del teatro quedó como una radiografía histórica única para entender la realidad política y social que se respiraba en las calles madrileñas de su tiempo.
En definitiva, la enorme producción de Barbieri no hizo otra cosa que asegurar y hacer crecer su legado musical para las siguientes generaciones. Gracias a éxitos como estos, tanto su nombre de pila como todo el repertorio que dejó escrito alcanzaron un prestigio gigantesco dentro del sector cultural, además de un cariño y un reconocimiento popular tan hondo que ha dejado una marca imborrable en nuestra historia musical.
Un espejo de nuestra sociedad
Celebrar el 150.º aniversario de Chorizos y polacos es mucho más que recordar una fecha en el calendario. La genial alianza entre la partitura de Barbieri y el libreto de Larra no solo regaló noches inolvidables al público del Teatro del Príncipe Alfonso, sino que demostró que la zarzuela es el mejor espejo para mirarnos como sociedad. Además, la obra no necesitó convertirse en la más representada de su catálogo para dejar una huella imborrable en la historia de Madrid.
Siglo y medio después, las disputas entre chorizos y polacos nos siguen recordando que, a pesar de los vaivenes políticos y culturales del país, la buena música siempre encuentra el camino para unir a la gente bajo el mismo techo.



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