El Teatro de la Zarzuela ofrecerá, del 25 de marzo al 12 de abril, Jugar con fuego, zarzuela en tres actos de Ventura de la Vega y Francisco Asenjo Barbieri, estrenada en el Teatro del Circo en 1851. Se trata de una nueva producción, con dirección escénica de Marina Bollaín y dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra y Lara Diloy. Ruth Iniesta, Alejandro del Cerro, José Antonio López y David Lagares serán sus intérpretes principales.
Por José Prieto Marugán
El origen
Los historiadores y comentaristas sitúan el nacimiento de la zarzuela en la segunda mitad del siglo XVII, cuando surgen El golfo de las sirenas (1657) y El laurel de Apolo (1658), ambas con texto de Calderón de la Barca y música de Juan Hidalgo. Casi dos siglos después, entre 1830 y 1840, este género musical da un salto cualitativo gracias a compositores como Cristóbal Oudrid, Rafael Hernando, Baltasar Saldoni y Ramón Carnicer, entre otros.
Pero el verdadero renacimiento del género se produce el 6 de octubre de 1851 con el estreno, en el Teatro del Circo, de Jugar con fuego. El texto le fue entregado al músico gracias a la intervención de la reina Isabel II, quien ofreció a Barbieri una ayuda económica. El compositor la rechazó y prefirió que la reina interviniera ante Ventura de la Vega para conseguirle un libreto. Barbieri conocía al escritor, pero no se atrevía a pedírselo.
El argumento y la historia
Jugar con fuego es una historia de amor que transcurre entre engaños y astucias.
Acto I. Verbena de la noche de San Juan junto al Manzanares. Leonor, Duquesa de Medina, disfrazada, es seguida por el Marqués de Caravaca, que la cree una dama de elevada categoría social. La Duquesa tiene una cita con Félix, un joven hidalgo, al que hace creer que es la criada de una noble dama. Asediada alternativamente por Félix y el Marqués, Leonor consigue escapar de la persecución de sus admiradores y retirarse a su palacio.
Acto II. Un salón del Palacio del Buen Retiro. Se comentan los lances de la verbena y, en especial, la habilidad de una misteriosa dama para escabullirse de sus enamorados. El Marqués conversa con la Duquesa para comprobar si Leonor y la joven de la verbena son la misma persona. Aparecen Félix y Antonio, que han sido invitados a palacio por el Marqués. Félix reconoce a la Duquesa, pero esta finge no conocerlo. La corte se retira y, al quedar solos Félix y el Marqués, este descubre que Leonor se está haciendo pasar por camarera de la Reina y no se atreve a descubrir su verdadera identidad. El Marqués consigue arrebatar a Félix una carta de Leonor en la que le declara su amor. Con la carta en su poder, el Marqués intenta chantajear a la Duquesa para obtener sus favores, pero no cuenta con la habilidad de la dama que, haciéndole creer que cede a sus deseos, logra quitarle la comprometedora misiva. En este momento vuelve Félix, que, ante la escena, se siente agraviado y descubre todos los manejos ante una asombrada corte que no pierde detalle. El escándalo se resuelve de forma concluyente: Félix está loco y es necesario su internamiento.
Acto III. Félix ha sido recluido en el manicomio. Leonor, arrepentida, trata de liberarlo y, cuando todo está preparado para la fuga, aparece el Marqués. Félix introduce al noble junto a los locos, que se ríen de él, lo desnudan y lo mantean. Mientras tanto, una amiga de Leonor ha conseguido del Rey autorización para el casamiento y llega con el documento en el preciso instante en que los jóvenes se prestan a la huida.
La obra está basada en la comedia francesa La comtesse d’Egmont (1833), de Jacques F. Ancelot y Alexis B. Decomberousse, estrenada en 1833. Se acusó al bonaerense Ventura de la Vega de plagio, hecho que en aquella época no tenía la interpretación que hoy le damos. Hay que decir que el libretista remozó la obra francesa tan brillantemente que casi parece creación original. Se culpó también a Barbieri de ser ‘italianizante’, algo que llegó a considerarse por algunos como ‘plagio’.
El exigente crítico Antonio Peña y Goñi escribió: ‘Jugar con fuego revela al compositor ebrio de admiración por el arte italiano’, admitiendo que ‘la firma de Barbieri se entrevé apenas entre la brillantez del ropaje construido con paño extranjero’. Poco italianismo encontramos en ese ‘Coro de los pregones’ (‘La noche ha llegado’), con el que comienza la obra, y en el ‘Aria del Marqués y Coro de locos’ (‘¡Quién me socorre!’), que la cierra. Entre ambos fragmentos hay otros números musicales, entre los que se encuentran la escena y aria del Marqués de Caravaca (‘Si te place de este bosque’), la brillante romanza de Félix (‘La vi por vez primera’), el dúo entre la Duquesa y Félix (‘Hay un palacio junto al Prado’), el dúo de la carta, entre el Marqués y la Duquesa (‘Por temor de otra imprudencia’) y, en el acto III, la romanza de la Duquesa (‘Un tiempo fue’).
Estreno accidentado y recepción
Cuando Jugar con fuego se dio a conocer, la empresa del Teatro del Circo atravesaba una mala racha económica, por lo que se tenían esperanzas y miedos. Es histórico que hubo un pequeño incidente: al empezar el concertante final del acto II, los cantantes y la orquesta comenzaron con inseguridad. Barbieri, desde el podio, interrumpió la ejecución ordenando, con energía, que comenzaran de nuevo. Esta vez las cosas fueron por su cauce y el concertante salió perfecto.
Al margen de esto, los aplausos sonaron con energía para la soprano Adelaida Latorre (Duquesa de Medina), la actriz Catalina Flores (Condesa de Bornos), el barítono Francisco Salas (Marqués de Caravaca), el barítono Francisco Calvet (Duque de Alburquerque), el tenor José González (Don Félix) y el tenor cómico Vicente Caltañador (Antonio). El éxito fue muy importante. Disponemos del testimonio del propio Barbieri:
‘No solo salvó (económicamente) el teatro, sino que marcó la senda que había de seguirse en adelante, por lo cual todo el mundo la considera como la verdadera piedra angular de la zarzuela moderna’.
El éxito del público tuvo su eco en la prensa, en la que encontramos algunos detalles interesantes. En La Época (7-10-1851), sin firma, se pudo leer:
‘Puede decirse que esta no es una zarzuela: es, sí, una ópera cómica llena de gracia y de novedad, y con trozos de música bellísima y original, como no la habíamos oído hasta ahora en composiciones de este género. Esta obra es un gran progreso en el género de música española. La ligereza, los chistas, la gracia y la repetición de situaciones y pasos extraordinariamente cómicos que en la fábula abundan revelaron bien pronto que era concepción de un talento privilegiado; y la novedad, propiedad y brillantez de la música dejaron conocer el genio de su autor’.
La Nación (7-10-1851), igualmente sin firma, y haciendo referencia a la segunda representación, publicaba:
‘Desde que de nuevo se introdujo el gusto por esta clase de óperas, ninguna ha obtenido un éxito más completo; bien es verdad que ninguna nos parece que puede llegar, en mucho, al trabajo de los autores de esta excelente obra. El argumento es ingenioso y muy bien desenvuelto, y la música de un mérito sorprendente. El acto segundo es magnífico, tanto en el recitado como en los cantantes [cantables]; en estos hay un cuarteto y el rondó final que arrancaron innumerables aplausos al público, que llenaba todas las localidades del coliseo. Los autores fueron llamados a la escena y saludados con bravos por todos los concurrentes. Si el señor Barbieri no fuera tan conocido por sus buenas composiciones, Jugar con fuego le daría todo el crédito que de justicia le corresponde. El señor Ventura de la Vega ha dado una nueva prueba de su ingenio y claro talento en la composición del libreto.
La ópera está puesta con mucho lujo. Las decoraciones son bonitas y los trajes, de bastante gusto. El señor Salas desempeñó su papel con la maestría que tiene de costumbre, y la señora Latorre, como los señores González, Calvet y Caltañazor, se esmeraron en la ejecución recibiendo justos y repelidos aplausos’.
Por último, también sin firma, El Correo de los Teatros daba a sus lectores un amplio artículo de lo que llamaba ‘ópera cómica’:
‘Don Ventura de la Vega pensó en compasar un libreto de ópera cómica que pudiese levantar la oprimida y despreciada escena lírica nacional, y ha conseguido su intento. Lo hizo con toda la fuerza del genio a quien debe su alto renombre, con la profunda instrucción que le es peculiar, y con aquel fino y delicado tacto con que los hombres de genio, presentando en la escena los defectos y virtudes de una generación que ya no existe, ametrallando el vicio y alentando a las nobles pasiones de la época en que viven, saben enseñar y deleitar a un tiempo.
La música de que se adorna este libreto es debida al conocido maestro don Francisco Barbieri, joven que, a una imaginación tal vez demasiado viva, reúne una más común instrucción musical y una pasión decidida para la composición del género bufo. El señor Barbieri, a quien es bastante conocido el inmenso caudal de la música italiana, estudiando con asiduidad las obras de los maestros que más han sobresalido en la composición de la ópera cómica, ha sabido vestir de bellísimas notas este libreto, presentándonos una producción muy buena, si no perfecta, y que más que cualquier otra merece con justicia el título de ópera cómica española.
Sin embargo, el joven compositor ha querido sacar un gran partido de la instrumentación, dándole una fuerza y energía tal vez impropias de este género de producciones. La ópera cómica se compone de melodías suaves, ligeras y sencillas, de matices fáciles, claros e inteligibles; de armonías, en fin, que, embelleciendo las palabras, las dejen oír claramente y no las hagan pasar desapercibidas entre el ruido de las marciales trompetas, no siempre fieles a los acordes musicales. En el drama lírico de grandes proporciones o de espectáculo, como suele decirse, se admite o se tolera el predominio de la música sobre las palabras; pero en la ópera cómica, que no es otra cosa sino la comedia con música, esta no es sino un simple auxiliar de aquella, obligado a realzar sus bellezas, no a eclipsarlas.
Pero, a pesar de esto, la nueva producción del señor Barbieri es tal que podría hacer feliz a cualquier maestro que lo superase en edad y experiencia; y repetimos, como hemos dicho arriba, que Jugar con fuego ha inaugurado la ópera cómica española’.
La crónica continúa elogiando el trabajo de los intérpretes y la decoración, amén de destacar el lleno total del teatro.
Por su parte, Emilio Casares, en su excelente y documentada biografía del compositor, escribe, con respecto a Jugar con fuego:
‘Esta obra supuso una revolución formal, siendo una piedra angular y por iniciar la zarzuela grande, elevando a Barbieri a la celebridad que le acompañará hasta su muerte y, sobre todo, porque dará más dinero que las obras de Verdi y Donizetti, lo que era argumento definitivo de la valía del nuevo camino’.
Algunas curiosidades
Jugar con fuego alcanzó el centenar de representaciones el 19 de junio de 1853 y ha sido fuente de inspiración para otros compositores: Anselmo González del Valle realizó una transcripción de siete de sus números; Martín Sánchez Allú escribió una fantasía para piano y, en 1990, Gabriel Fernández Álvez adaptó el concertante del acto II para coro mixto, flauta, oboe, clarinete, fagot, cuerda y percusión.
Además, la reina madre María Cristina encargó una tanda de valses sobre motivos de la obra para uno de los bailes que organizó en su palacio de la calle de las Rejas. Y, en nuestro tiempo, la música de la romanza de la Duquesa del acto III ha sido empleada como música de fondo en el anuncio de una conocida empresa de seguros madrileña.
El propio Barbieri, en sus escritos, cuenta como se gestó el conocido ‘Coro de locos’:
‘Estaba pensando la música del ‘Coro de Locos’ del acto III, a grito pelado e imitando trompetas y tambores con la voz, al mismo tiempo que bailaba como un desesperado; al oír semejante estrépito, entra mi madre y dice: ‘¿Qué es eso?, ¿te has vuelto loco?’. Entonces, muy contento, contesto: ‘Eso es, eso es’, y me puse a escribir el coro sin más dilación y sin contestar otra cosa. Mi pobre madre no sabía qué’.
La zarzuela se ambienta en Madrid, en el reinado de Felipe V, y fue dedicada al ‘Excmo. Sr. D. Mariano Téllez-Girón, duque de Osuna y del Infantado, conde-duque de Benavente’.


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