Daniela Maltrain se topó casi por azar con el rastro de una mujer que puede cambiarlo todo: la primera compositora indígena latinoamericana de la que se tiene noticia.
Por Fabiana Sans Arcílagos y Lucía Martín-Maestro Verbo
Las casualidades no existen. Detrás de lo que puede ser uno de los hallazgos más interesantes de los últimos tiempos está Daniela Maltrain, una investigadora y violagambista chilena con una sólida formación. Es Licenciada en Música con mención Musicología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y Máster en Investigación en la Universidad Sorbona. Llegó a este descubrimiento en el marco de una búsqueda rigurosa en el transcurso de su tesis doctoral, que también realiza en la institución francesa, sobre los fondos musicales del archivo del convento de Santa Clara de Cochabamba (Bolivia).
‘Hice mi primer viaje a Bolivia a fines de 2022 y fue súper difícil lograr que me dejaran entrar en el convento, pues es una comunidad muy estricta en la clausura. Allí pude ver que tenían música, partituras, manuscritos que no estaban formalmente catalogados. La datación de los fondos era complicada, así que mi trabajo fue muy intuitivo y me centré en lo que tenía una apariencia más antigua y en tratar de contextualizarlo. Como no fue posible consultar todos los documentos en el monasterio, tuve que recurrir a otro tipo de registros que me permitieran al menos esbozar una hipótesis de lo que fue la vida musical en este monasterio. En el archivo histórico encontré, por ejemplo, varios documentos que indican una práctica común en la época como era la dispensación del pago de la dote del ingreso de las novicias a cambio de que tuvieran habilidades musicales, algo muy interesante’.
Este primer viaje fue solo el comienzo, pero ya dejaba ver algo clave: en los vestigios escondidos en los archivos se encuentra el tejido, a veces invisible, donde se esconde otra historia musical, más amplia y compleja. Fue justo en el segundo viaje cuando Daniela hizo el hallazgo que lo cambiaría todo.
‘Fue necesario hacer un segundo viaje y en este encontré lo que se convirtió en lo más novedoso de la investigación. El indicio de la existencia de una mujer que podría haber sido compositora. Se trata de Francisca Apumayta, una mujer que vivió a fines del siglo XVIII en Cochabamba, que había compuesto música que se conserva en el monasterio y cuya documentación archivística indica que pertenecía a una familia de músicos, procedentes de la nobleza indígena de Cuzco. Su padre habría sido un organista de una de las parroquias más importantes de Cuzco, la del Hospital de Naturales, y también era una autoridad política en su comunidad, en la que tenía el cargo de ‘principal’. Por alguna razón, hasta el momento desconocida, esta persona habría viajado junto a su esposa a la ciudad de Cochabamba, a unos mil kilómetros aproximadamente, atravesando los Andes, donde se instalarían y él ejercería como maestro de capilla, tal como lo hizo su hijo Diego. Francisca habría sido su hija; sus composiciones se encuentran en el monasterio de Santa Clara, lo cual es genial porque hay toda una historia familiar itinerante en un momento histórico bastante particular a finales del siglo XVIII, donde la nobleza indígena tiene un rol especial en la articulación de la sociedad, y en este caso, es interesante ver cómo ellos, nobles, músicos, y especialmente ella, pudo haber transitado en estos territorios y pudieron haber ejercido su oficio, que es lo más interesante’.
El hallazgo de Francisca Apumayta no solo abrió una nueva línea de investigación, sino que dejó entrever una historia familiar profundamente ligada a la música, al movimiento y a los complejos vínculos de poder, territorio e identidad en el mundo colonial andino. Lo más sorprendente, sin embargo, estaba por revelarse: ‘Lo más curioso es que, de toda la familia, solo conservamos música de ella, lo que la convierte en la primera mujer del entorno en el siglo XVIII de la que se conserva música y que, además, no solo era una mujer, sino también una mujer indígena, por lo que es doblemente marginada en cierto sentido, así que ha sido una gran sorpresa’.
Este hecho ya bastaba para despertar muchas preguntas, pero en particular una comenzó a tomar fuerza: ¿quién era Francisca dentro del convento? Una duda que traería consigo una respuesta que cambiaría por completo lo que hasta entonces se podía esperar.
‘El gran interrogante fue su rol dentro del convento. Yo no sabía si había sido monja o no, todo indicaba en principio que sí, y finalmente mis investigaciones de 2024 me llevan a pensar lo contrario: que no era monja, lo que resulta aún más llamativo. Entre los documentos encontré dos que me permiten proponer que ella no había profesado, como es el de la compra de una casa para ella y sus descendientes, fechado en 1790, y que tiene un año de diferencia con otro documento que certifica su estadía en el convento. Si hubiese sido monja, ese documento habría tenido que llevar la autorización de la abadesa, pero no lo tiene. Por otro lado, su certificado de defunción, que indica que fue enterrada en el cementerio de la ciudad y no en el interior del monasterio, como ocurre con las monjas’.
Esta cuestión es sumamente relevante. Hay mujeres cuya música conocemos hoy en día que fueron monjas y que fue precisamente desde el interior de la clausura que pudieron escribir su música como parte de sus obligaciones de religiosa. ‘El hecho de que no fuese monja la convierte en una figura aún más extraordinaria, pues le otorga un estatus diferente, que puede asemejarse más a lo que sería una compositora profesional independiente. Se sabe que el monasterio compró su música, así que fue una mujer que representa un tipo de personaje único y un perfil muy novedoso para la música en este territorio, en esta época’.
La siguiente gran pregunta sería: ¿qué tipo de música compuso? Los vestigios encontrados hablan de una formación sólida y de un entorno musical vivo y exigente. Aunque muchos fragmentos están incompletos, el repertorio más significativo que ha llegado hasta nosotros permite vislumbrar el alcance de su trabajo y el mundo sonoro en el que se movía.
‘El repertorio mejor conservado son dos misas, que son obras grandes, y una canción devocional a la Virgen en castellano, con dos violines, en estilo italiano, lo que da cuenta de dos estilos musicales distintos. Hay otros vestigios de otras obras que lamentablemente están demasiado incompletos como para poder tocarlos. Estoy muy agradecida al director del ensemble Comet Musicke, Francisco Mañalich, que insistió mucho en dar vida a esta música en un programa de concierto, y es un privilegio poder lograr esa comunión entre la investigación musicológica y la práctica, que es tan necesaria’.
El hallazgo de Francisca Apumayta, más que un caso aislado, es un potente recordatorio de todo lo que queda por descubrir. Daniela Maltrain lo tiene muy claro: ‘El hecho de que algo no se conozca no significa que no exista. Muy al contrario, el desconocimiento suele estar relacionado con los lugares y las personas que han quedado fuera de los circuitos oficiales de conservación, especialmente cuando se trata de mujeres o comunidades indígenas, pues la historia de la música ha sido construida desde las grandes instituciones. Lo emocionante de este trabajo es que demuestra que, abriendo la mirada, se pueden encontrar y se pueden reconstruir y recuperar voces, y darles su lugar. Porque las mujeres han tenido que vivir y ejercer en los márgenes, así que no es que no exista la música escrita por ellas en esta época, es que hay que saber dónde buscarla’.






Deja una respuesta