Louise Bertin, compositora de cuatro óperas y única en colaborar con Victor Hugo, resurge del olvido gracias a Arnaud Laster y Denise Boneau, quienes han recuperado su legado.
Por Fabiana Sans Arcílagos & Lucía Martín-Maestro Verbo
Hace un poco más de dos siglos, el 15 de enero de 1805, nació en Les Roches Louise Angélique Bertin. Su juventud estuvo marcada por una parálisis parcial provocada por la poliomielitis. A pesar de esta dificultad, y gracias a un entorno familiar donde la cultura, la música y la vida política eran pilares fundamentales, Louise encontró un refugio en las artes. Con el tiempo, se desarrolló en pintura, poesía y música.
Las primeras referencias sobre Louise como estudiante de música, según relata Matéo Crémades en su artículo ‘Louise Bertin. Une compositrice sous Louis-Philippe‘, provienen de una carta de su hermano Armand Bertin en 1819 ‘en la que se habla de los rápidos progresos que su hermana realiza en el estudio de la música’.
Su madre, Geneviève Aimée Victoire Boutard, pianista aficionada, probablemente le transmitió las primeras enseñanzas musicales al piano, mientras que su padre, Louis-François Bertin, director y uno de los dueños del Journal des débats, medio referente en Francia en temas políticos y literarios, asumió la responsabilidad de la educación de su hija a partir de 1811, ya que se vio separado de su medio gracias a diversas circunstancias políticas. Investigadores como Denise Boneau relatan que estudió canto y composición de estilo italiano con François-Joseph Fétis, compositor, musicólogo y crítico musical, quien la describía como ‘una estudiante de carácter apasionado que solo consideraba el arte en sus resultados’. Menciona que también recibió lecciones de contrapunto con Anton Reicha, y que este tuvo gran influencia en la compositora. Agrega Crémades que ‘ciertos aspectos estilísticos de la música de Louise Bertin, como el uso de compases irregulares, un fuerte gusto por las modulaciones inesperadas o la predilección por instrumentos de viento en sus óperas, fueron inspirados directamente por sus estudios con Reicha’.
Aunque Fétis expresó en ocasiones reservas sobre su estilo, al considerarla alejada de las reglas y algo aficionada, músicos como Berlioz la describieron como una persona que ‘ha leído mucho, escrito mucho y reflexionado más aún para adquirir un conocimiento completo de todo lo que se relaciona con la teoría de su arte’. Curiosamente, fue el propio Fétis quien dirigió la primera ópera de Louise: Guy Mannering, en 1825.
Basada en una novela homónima de Walter Scott, esta representación se llevó a cabo en un entorno íntimo y familiar. Siguiendo los datos proporcionados por Crémades, se señala que para la ocasión se alquiló una orquesta y los distintos roles fueron interpretados por amigos cercanos de la familia. El lugar elegido fue el invernadero de Les Roches. Aunque las opiniones sobre esta representación son diversas, fue sin duda un momento significativo para la joven compositora.
El 10 de marzo de 1827, Bertin estrenó en la Opéra-Comique su segunda ópera, Le Loup-garou, con libreto de Eugène Scribe. Aunque ‘la debilidad del libreto’ y ‘la improbabilidad del argumento’ no favorecieron su recepción crítica, esta ópera cómica llegó a representarse veinticuatro veces entre el año de su estreno y el siguiente.
Cuatro años después, la compositora presenta su tercer título, Fausto, en el Teatro Italiano. Esta ópera en tres actos, escrita con libreto de autor desconocido, fue representada tres veces y, aunque no contó con un enorme favor del público, este ‘elogió el carácter heterogéneo de la música debido al tema tratado, la originalidad de las ideas musicales y su cuidada orquestación’. Por otro lado, el diario Le Constitutionnel señala ‘una influencia de la música de Weber en la orquestación’, mientras que el personaje de Mefistófeles puede tener una influencia mozartiana, donde en cierto punto se pueden escuchar ‘melodías de valores largos, muy estáticos, acompañadas de trombones y violines en trémolo’. Respecto al libreto, Boneau comenta que puede haber sido escrito por la misma compositora en francés y enviado a traducir al italiano. Crémades considera esta ópera como el cierre del período de aprendizaje y la que ayudó a posicionar a Louise Bertin en la Académie royale de musique.
Su quinta y última ópera será La Esmeralda. Estrenada en la Ópera de París el 14 de noviembre de 1836, está basada en Notre-Dame de Paris de Victor Hugo, y cuenta con libreto escrito por el propio autor.
La amistad de Louise con Victor Hugo fue profunda y duradera. A finales de la década de 1820, el poeta entabló una estrecha relación con la familia Bertin, que derivó en una fuerte conexión personal con la compositora. Desde 1831, ambos mantuvieron una correspondencia cargada de respeto y admiración mutua que se prolongaría casi hasta el final de la vida de la artista. Hugo, quien la consideraba ‘como una hermana’, le dedicó varios poemas a lo largo de los años, consolidando un vínculo que fue tanto artístico como personal.
Volviendo a la ópera, al parecer, la agitación política y la crítica dirigida a la familia Bertin crearon un ambiente hostil en el teatro: ‘tras cinco funciones tumultuosas, entre aplausos y silbidos, Louise Bertin aceptó reducir su ópera a tres actos para que pudiera representarse como prólogo del ballet La Fille du Danube […]. La idea era apaciguar así al público, no obstinarle y cosechar aún más críticas y abucheos’. La estrategia no tuvo el efecto deseado: ‘la hostilidad del público alcanzó tal punto que hubo que bajar el telón a la mitad del tercer acto, tras la huida de Cornélie Falcon, intérprete del papel de Esmeralda. Después de este incidente, la ópera se redujo a un solo acto durante una veintena de funciones y, finalmente, desapareció del repertorio’.
Este fracaso sumió a la compositora en una profunda tristeza, no pudiendo recuperarse, hasta llegar a abandonar por completo la composición del repertorio lírico. Compuso, entre otras, cinco sinfonías y varias obras de música de cámara. Además, se dedicó a escribir poemas, llegando a publicar dos volúmenes premiados por la Academia Francesa.
Algunos investigadores deducen que Louise fue tratada con condescendencia, llegando a ser su producción artística ‘un refugio ante su discapacidad’. Por otro lado, las circunstancias políticas a las que tuvo que enfrentarse dificultaron su desarrollo profesional, causando sucesivos malestares. Sin embargo, autores como Berlioz reivindicaron su labor y alzaron su voz a su favor: ‘Esta obra de una mujer que jamás ha escrito una línea de crítica sobre nada, que nunca ha atacado ni juzgado mal a nadie, y cuyo único error era pertenecer a la familia de los directores de un poderoso periódico, cuya tendencia política era entonces detestada por cierto público; esta obra, muy superior a tantas producciones que a diario vemos triunfar o al menos ser aceptadas, cayó con un estruendo espantoso’.
El segundo, tal como lo cita Crémades, es Victor Hugo, quien comenta a propósito de La Esmeralda: ‘El porvenir, no lo dude, amigo mío, devolverá a su lugar esta severa y notable ópera […] El público […] sabrá admirar un día esta música dulce y profunda, tan patética y tan fuerte, tan grácil a veces, tan dolorosa en otros momentos; creación en la que se mezclan, por así decirlo, en cada nota, lo más tierno y lo más grave: el corazón de una mujer y el espíritu de un pensador’.





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