‘Por suerte, de vez en cuando aparecen desfacedores de entuertos, críticos, aficionados, curiosos que afirman que no todo está en Rafael, que no todo está en Racine, que los poetae minores tienen algo bueno, sólido y delicioso; y, en fin, que por mucho que se ame la belleza general que expresan los poetas y los artistas clásicos, no por ello es menos equivocado descuidar la belleza particular, la belleza circunstancial…’ Charles Baudelaire, Lo bello, la moda y la felicidad, 1863. Trad. C. Santos
Por María del Ser
Desde la Antigua Grecia, música y palabra gozaban de una unión indisoluble. Para algunos pensadores, la melodía debía nacer de las particularidades de cada lengua y de cada texto, y la música estaba implícita en la disposición de las palabras y en el ritmo que producían las sílabas unidas según la inspiración de quien nombra y evoca a la vez. Las incendiarias palabras de Jean-Jacques Rousseau contra la música francesa o los escritos de Johann Gottfried Herder —desde el Ensayo sobre el origen de las lenguas y la Carta sobre la música francesa del primero o el Ensayo sobre el origen del lenguaje y Calígona del segundo—, supusieron un importante punto de referencia. Rousseau no la consideraba digna de mención y la designó como insoportable para un oído imparcial. Herder, por su parte, reconoció en el arte de los sonidos el vértice de las posibilidades estéticas del hombre al afirmar que la poesía brota y permanece unida a la música suponiendo así el lenguaje propio del ser humano pleno de significado y Pascal Quignard escribe que las voces humanas son en sí mismas sonatas que se abren con ‘gritos‘. La Antropología aventura que la música vocal comenzó como una forma especial de comunicación con lo sobrenatural, un medio que compartía muchas de las características del habla común pero que además era una manifestación diferenciada. Además, esta ciencia considera que la actitud de los hombres ante la vida y, sobre todo, su forma de pensar son el resultado de la danza y el canto.
Siguiendo este camino y como agentes de una ‘conversación reflexiva’ de la sociedad con su situación en un contexto institucionalizado, Wilhelm Furtwänglerconsideraba que, mediante la música, los maestros del lied intentan completar una poesía terminada y ajena y, a través de ella, procuran equiparar las fuerzas que reposan en el verso con las leyes musicales, o a la inversa. El poeta constituye el andamio, la osamenta, y el músico constituye la atmósfera, el colorido, la sensualidad, la calidez. Hay una afinidad electiva. David Whyte alude a la belleza oculta de las palabras cotidianas y define el genio del recuerdo humano como la creación misma a partir de la experiencia para asentarse en la memoria desde nuestra identidad. Este mes de octubre, concretamente el día 26 con el recital de la soprano Christiane Karg y el pianista Malcolm Martineau, comienza la XXXIII edición del Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical en coproducción con el Teatro de La Zarzuela que nos vincula de una forma íntima y profunda con todos estos parámetros.
A este respecto, existe un pasaje particularmente significativo en Andreas Hartknopf, novela escrita en 1786 por Karl Philipp Moritz, que ilustra gráficamente la esencia de las actitudes de finales del siglo XVIII ante el modelo conceptual de la música como lenguaje a través de una flauta que lleva en su bolsillo y con la que acompaña el recitado de sus enseñanzas tocando las notas que conforman acordes apropiados. Con una dosis de fantasía, traduce el lenguaje de la razón al de los sentimientos sirviéndose del arte de los sonidos e infundiendo en el corazón pensamientos del intelecto con solemnidad y dignidad. Así, solo quien descubra la semejanza entre ellos tendrá la capacidad de inventar un alfabeto para el lenguaje de las emociones con el que podrán crearse ‘mil obras’ magníficas.
Si ahora miramos al ámbito educativo implícito en toda escucha, se han categorizado y enumerado las formas de reflexión y diversos autores lo han hecho en función de la unión o bien separación del pensamiento reflexivo y la acción aludiendo, concretamente, a cuatro. La primera de ellas, denominada ‘retrospección o reflexión interiorizada personal’, se expresa haciendo explícitos pensamientos y sentimientos, tomando distancia respecto de la acción. La segunda, el ‘examen’, es una forma de reflexión que implica una referencia a sucesos que ocurrieron o que pueden ocurrir en el futuro. La ‘indagación o investigación-acción’, como tercer tipo, implica analizar su práctica e identificar estrategias para mejorarla, introduciendo la noción de compromiso y, por último, la cuarta, ‘reflexión en la acción’, relacionada con la práctica, asume el concepto de ‘espontaneidad’. Esta unión y combinación de las cuatro formas, exige una apertura intelectual y racional que a su vez ha dado lugar a acciones y a consideraciones activas, persistentes y cuidadosas. Han supuesto una experiencia muy enriquecedora a nivel académico, personal y social. Cabe mencionar aquí que Kenneth Zeichner identificó cinco modalidades de práctica reflexiva presentes en los programas de capacitación: académica, de eficiencia social, de desarrollo, de reconstrucción social y genérica.
Evitando que las exigencias del material puedan convertirse en un fin en sí mismo que haga a un artista aumentar las complejidades hasta perderse en ellas, surge aquí un nuevo símil con los espacios, con la arquitectura. La consecuencia necesaria es el sacrificio —en mayor o menor grado—, de la ‘coherencia emocional del todo’. Y en una mirada retrospectiva, podemos pensar en Francis Poulenc y su lenguaje musical de contornos claros y de lirismo directo y sin complicaciones. Un miniaturista de artesanía consumada con una sutileza técnica totalmente espontánea que veneraba la música de Wanda Landowska pero que también amaba el estilo ‘music hall’ de Maurice Chevalier. Significativas son sus palabras ‘J’adore la mauvais musique adorable’ (‘Me encanta la mala música adorable’) en la que la broma, lo insolente e incluso lo vulgar contrasta con el ingenio, lo serio y lo sofisticado. Así, la música y la palabra generan un itinerario de encanto, dulzura, sofisticación y elegancia y del que Charles Batteux, en su precioso texto Les Beaux Arts réduits à un même principe, resume perfectamente su esencia: La palabra nos instruye, nos convence, es el instrumento de la razón, pero el sonido y el gesto son el instrumento del corazón; nos afectan, nos ganan y nos persuaden. Ambos llegan al alma sin desvíos porque con frescura y espontaneidad, el amor, la felicidad, la pasión y el gusto por cantar, incluso sin palabras, son el símbolo de la alegría por la vida.



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