Celebración del Día Europeo de la Música 2026
Ángel Tomás Lázaro Puebla
‘El corazón del hombre es un instrumento musical, contiene una música grandiosa. Dormida, pero está allí, esperando el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada, danzada. Y es a través del amor que el momento llega’. Rumi
En el devenir de nuestra historia, ninguna manifestación artística ha estado tan íntimamente ligada a la dimensión invisible del ser humano como la música. Desde las antiguas civilizaciones que veían en el sonido una ley cósmica capaz de sanar el espíritu, hasta la neurociencia y la psicología contemporáneas que demuestran su impacto en el inconsciente y en las emociones, la música ha funcionado como el espejo de nuestra interioridad. Lejos de reducirse a un fenómeno de entretenimiento, el impacto del sonido en las personas se aborda hoy desde un mapa transdisciplinar que abarca la filosofía, la estética, la neurociencia, la psicología cognitiva, el arte, la musicología, y la espiritualidad, entre otros. En la música se ha visto la ley del cosmos, el lenguaje de Dios, la esencia de la existencia o el mapa de nuestro inconsciente. Además de escucharse, la música conmueve, se habita y se organiza en los rincones inaccesibles de nuestra interioridad. Para Sacks, la música es una necesidad biológica tan profunda que puede reconstruir puentes en el cerebro donde la medicina tradicional fracasa, demostrando ser el vehículo más potente para acceder al mundo interno de una persona. Bajo cualquier nombre que elijamos darle a lo largo de los siglos, nuestra arquitectura interna sigue estando hecha de música.
Emil Cioran ve en la música el mayor logro de la humanidad, situándose por encima de la filosofía, la literatura y la religión. Mientras que las palabras encasillan la realidad, la música capta el infinito: ‘Si hay alguien que lo debe todo a la música, ese soy yo. Es lo único que me ha hecho desear el absoluto’. ¿Por qué el sonido tiene el poder único de acceder a las regiones del ser donde las palabras pierden su alcance? A través de las matemáticas sagradas de Pitágoras, la teología sinfónica de Hildegarda von Bingen, el vitalismo existencial de Nietzsche, la psicología arquetípica de Carl Jung, o la ciencia contemporánea, vemos cómo las estructuras sonoras son capaces de contribuir en descifrar los misterios más profundos de la psique. Recordemos que la palabra ‘Psicología’ viene del griego psyche (alma) y logos (estudio). Lo que antes se denominaban ‘las facultades del alma’ (la voluntad, la memoria, el entendimiento) es lo que hoy la ciencia cognitiva define como las funciones del ‘mundo interior’ o la mente. Con la llegada de la Ilustración y la psicología científica, el concepto de ‘alma’ se desplazó hacia el terreno de la fe y la metafísica, mientras que el ‘mundo interior’ se convirtió en el objeto de estudio de la salud mental. Sin embargo, ambos términos intentan nombrar la misma realidad: aquello que en el ser humano no se puede reducir a mera carne, hueso y electricidad cerebral.
El filósofo y científico cognitivo D. Chalmers acuñó el término ‘el problema duro de la consciencia’. Argumenta que, aunque la ciencia materialista puede explicar cómo el cerebro procesa estímulos —el aspecto mecánico—, no puede explicar por qué esos procesos van acompañados de una experiencia interna subjetiva —el sentir las cosas—. Este ‘residuo’ inaccesible por la física es lo que los antiguos llamaban alma. Chalmers sugiere que la consciencia es una propiedad fundamental del universo, similar a la masa, el espacio o el tiempo. La ciencia busca el origen en el Big Bang; la filosofía, en el paso del No-Ser al Ser.
Somos realidades complejas que funcionamos como seres fronterizos, entre un mundo exterior que nos engloba y el mundo interior que englobamos. Ambos espacios se pierden en el infinito. Nuestra realidad interna nos muestra como seres horadados. Un desfigurado vacío nos reta continuamente a construirnos, y en la medida que lo exploramos y lo cartografiamos damos forma a nuestra realidad que queda dibujada en lo que somos. Es un proceso continuo de llegar a ser, una autorrealización permanente. Aquí la música desempeña un papel fundamental, siguiendo la fenomenología de la música Celibidache defiende: ‘La música no puede representar cosas de niños: juegos acuáticos con los trinos del piano de cola. La música puede hacer otra cosa: la música te puede transmitir tu singularidad, tu unicidad, y no hay nada más hermoso que eso’.
Veamos a los protagonistas de nuestra narración: un actor principal es la consciencia, el escenario mental ligado a la identidad, donde experimentamos el mundo: nuestros pensamientos, razonamientos, decisiones, emociones, recuerdos y sensaciones físicas. ¿Cómo es nuestro nacimiento? Jung ve que cuando abrimos los ojos al nacer ya se evidencia consciencia, y comienza un programa fisiológico que nos llevará a la juventud, madurez y muerte. De igual modo nacemos con una inquietud interna que marcará nuestro destino según nos desarrollemos. Wagner sitúa esa insatisfacción en un don que nos regala, en el momento de nacer, una de las normas, deidades femeninas de la mitología germana que viven tejiendo nuestro destino bajo el árbol del mundo en el centro del cosmos: ‘el espíritu nunca feliz que siempre aspira a algo nuevo’. Sin ese don seríamos conformistas y no existiría el impulso de hacer y de crear. James Hillman, discípulo de Jung, consideraba que, así como una bellota contiene ya en su interior el diseño del majestuoso roble que llegará a ser, el ser humano nace con un alma que posee un propósito, una vocación y una personalidad esencial antes de que la sociedad o los padres lo moldeen: ‘Antes de que el entorno o los genes intervengan, hay algo más: una esencia individual que nos pide convertirnos en quienes realmente somos’. Por otro lado, Sandra Trehub, pionera de la cognición musical, demostró que los seres humanos nacemos con habilidades auditivas increíbles, con un cerebro biológicamente preparado para la música, respondiendo de forma innata a la consonancia y al ritmo antes de recibir cualquier tipo de educación cultural. Antes de que los niños aprendan a hablar o entiendan el lenguaje formal, su consciencia ya procesa la música como una forma directa de comunicación y afecto. Tenemos dibujado nuestro punto de partida: Nacemos conscientes, con el don de la insatisfacción, con un alma esencial y plenamente habilitados para la música.
Otro protagonista es el alma. Desde el alba de la civilización, el ser humano ha intuido que su existencia no se agota en la suma de sus procesos biológicos, cobijando la certeza de que existe un núcleo intangible que llamamos alma, donde residen los anhelos más profundos, experiencias innombrables y la sed de trascendencia. Este territorio interior se manifiesta más que como una certeza lógica, como una vivencia que despierta ante ciertos estímulos. Es en ese abismo de interioridad donde la música clásica se erige como metafísica y como un lenguaje sagrado capaz de dialogar directamente con el espíritu. Al recorrer las geometrías celestiales de Bach, la gracia ingrávida de Mozart o las tormentas pasionales de Beethoven, el individuo contemporáneo experimenta una suerte de anamnesis o recuerdo de su propia divinidad olvidada, descubriendo la sustancia misma del alma hecha sonido. Uno de los conceptos teológicos más revolucionarios de Hildegarda es que la estructura del alma humana es musical. la relación entre la música y el alma es absoluta: el alma es, en su esencia misma, sinfónica. El cuerpo es comparable a un instrumento musical y el alma es la melodía que lo hace sonar y le da vida. Cuando una persona canta alabanzas, está sintonizando su cuerpo material con su espíritu inmortal. Para Carl Gustav Jung, el alma no es un concepto puramente religioso, sino la realidad psíquica más profunda y esencial del ser humano. Es la fuente de sentido y propósito y actúa como un puente vital hacia el inconsciente, guiando al individuo hacia su propia plenitud y singularidad. Jung distinguía entre la consciencia —gobernada por el Ego o Yo— y la psique total —el alma—, que incluye el vasto océano del inconsciente personal y colectivo. La autorrealización consiste en expandir la consciencia para iluminar y asimilar los contenidos del alma que permanecen ocultos. Jung realizó una amplia investigación sobre el mundo interno recurriendo a distintas artes, pero manteniéndose a distancia de la música por su gran poder de afectarnos, pero al final de su vida reconoció en la música un camino hacia el alma: ‘Siento que la música es la más profunda de todas las artes, la que llega más cerca de la estructura del inconsciente. Si hubiera tenido que empezar de nuevo mi trabajo, creo que habría elegido la música como el camino hacia el misterio del alma’
Nuestro tercer actor es la música clásica. La premisa central del profesor Robert Zatorre, uno de los máximos referentes de la neurociencia de la música, es que la música es un estímulo complejo que ‘toca todas las funciones cognitivas que existen’. Se puede decir que la música es un sistema de energía encapsulado en el tiempo a través de las notas. Desencapsular esa energía, darle un sentido vital, emocional y filosófico es el trabajo del oyente. Quien aprende a escuchar con creatividad no solo consume arte: lo produce dentro de su propia mente. Convierte el silencio de su interior en el escenario de una obra maestra. La música clásica opera en una dimensión donde la razón pura no puede entrar. El compositor usa las notas para que el director y la orquesta creen una atmósfera de sonido donde el oyente se encuentre de frente con el misterio de la existencia y descubra que en una partitura sonando se esconde el mapa del alma humana y del cosmos. Cuando escuchas el Réquiem de Mozart o una balada de Chopin, no estás escuchando la historia de la tristeza de otra persona; estás escuchando la Tristeza en sí misma, en su estado más puro y abstracto.
La sabiduría musical. Frente al racionalismo que teme a la oscuridad del inconsciente o de las pasiones, María Zambrano propone que la música permite al alma descender de manera segura a sus propias profundidades, dándole una forma armónica y temporal a los dolores y esperanzas de las entrañas funcionando como guía. La música clásica, al ser una forma de pensamiento sin palabras, entrena al cerebro para percibir realidades complejas de un solo vistazo. Enseña a ver el ‘todo’ antes que las partes. Cuando se cultiva la escucha consciente se adquiere la sabiduría de la perspectiva: se aprende a no ahogarse en el detalle inmediato del problema de hoy, porque la mente ha sido educada para entender que cada nota cobra sentido solo cuando se escucha la sinfonía completa. También nos enseña que el sufrimiento no es el fin de la historia, sino uno de los movimientos. Nos da el conocimiento de que las ‘disonancias’ de nuestra vida —las pérdidas, los fracasos— son necesarias para que la resolución final sea verdaderamente bella. Quien ha escuchado y madurado con las últimas sonatas para piano de Beethoven comprende que las crisis personales son transiciones necesarias hacia una síntesis superior de la propia identidad. Al conocer la ‘geometría’ de una emoción en la música, aprendes a no ser víctima de ella en la vida real. En un sentido profundo, la música clásica es el manual de instrucciones del mundo interior. Nos aporta la sabiduría de saber quiénes somos al conectarnos con la belleza del orden universal, nos da el valor para abrazar nuestras emociones más oscuras y nos dota de la resiliencia necesaria para transformar nuestro caos interno en una obra de arte viviente. Conocerse a uno mismo es un ejercicio en el que descubrimos que nuestro mundo interior resuena con las mismas leyes armónicas, matemáticas y poéticas que gobiernan el resto del universo.
Investigadores como Zatorre han diseccionado el mecanismo físico de esta magia. Al estudiar el cerebro mediante neuroimagen, descubrió que los compositores se comportan como auténticos neurocientíficos intuitivos: al dilatar las resoluciones armónicas, introducir crescendos o alterar el tempo, manipulan el sistema de expectativas del oyente, provocando un baile químico donde el núcleo caudado y el núcleo accumbens segregan dopamina. En múltiples entrevistas ha explicado que los grandes compositores —como Bach, Beethoven o Wagner— descubrieron cómo funciona el sistema de recompensa del cerebro humano, utilizando las leyes de la armonía para manipular la química de nuestro mundo interior. Pero esencialmente los compositores nos ofrecen sus obras para expandir nuestra realidad más profunda alimentando nuestro fuego sagrado. Toda gran música es una flecha lanzada al alma del oyente. Una flecha formulada de una forma precisa y preciosa y si el alma no se predispone heroicamente a ser traspasada, la flecha pasará de largo dejando el eco de un bello zumbido. Sin embargo, si el alma sale a su encuentro conscientemente encontrará una verdad perenne en un eterno presente.
Otro protagonista es el oyente creativo. Una cuestión fundamental es como se transforma una persona de oyente ordinaria, pasiva, en oyente creativa, activa, lo que cambia por completo la relación con la música. En paralelo al surgimiento de las neurociencias musicales (1977- 1980) surgió Musicosophia (1979), que se planteó cómo hacer que la música habite y culmine nuestro mundo interno mediante su sabiduría inherente. El musicólogo George Balan inició una revolución impresionante en el mundo de la música clásica, empoderando al oyente hasta una cumbre sin precedentes. Conmovido por los propios sonidos, creó y dio forma a una manera de escuchar creativa, centrada en el fenómeno audible, transformando la escucha en arte. Para ello gestó inteligentemente un proceso de escucha en el que hace intervenir al raciocinio de la mente, a la fuerza de las emociones, a la dinámica del cuerpo y a la profundidad del espíritu, todo ello orquestado desde la luz de la consciencia. En la práctica se realiza una partitura del oyente que revela la arquitectura de la obra y la interacción de las fuerzas musicales, que finalmente es ejecutada con el lenguaje de los gestos. La escucha se convierte en una auténtica meditación en varias fases, en primer lugar, una meditación pasiva en la que se pone la atención en los sonidos y posteriormente una meditación activa en la que interviene la acción del cuerpo. A lo largo del proceso intervienen prácticamente todas las inteligencias múltiples diferenciadas por Gardner —Lógico-matemática, espacial, musical, intrapersonal y corporal-cinestésica—. Igualmente, las revolucionarias formas del conocimiento que incluyen el paradigma de las 4E (Embodied (encarnada), Embedded (Situada), Enactive (Accionada) y Extended (Extendida)) pilares del conocimiento activo. El oyente a partir del material sonoro debe crear esa partitura recurriendo a su sensibilidad y creatividad para evidenciar lo descubierto. De esta visión han surgido dos nuevas figuras, el oyente artista y el director de oyentes. Puedo afirmar que tras 36 años practicando este arte, mi mundo interno ha adquirido una realidad cada vez más luminosa y han surgido certezas asombrosas en mi consciencia. A pesar de que Musicosophia tiene casi medio siglo de existencia, y está presente en múltiples países, la excepcional y genial contribución de Balan abriendo las puertas de la música a la profesionalización del oyente, no es justamente reconocida.
¿Puede la escucha ser considerada un arte? Rotundamente, sí. El filósofo y semiólogo Umberto Eco introdujo el concepto de ‘obra abierta’, defendiendo que una obra de arte no está terminada cuando el autor la firma; la obra se completa cada vez que alguien la interpreta, la mira o la escucha. Una sinfonía de Beethoven o un preludio de Bach son estructuras abiertas, ‘llamadas’ directas a nuestra conciencia que exigen que utilicemos nuestra propia sensibilidad y libertad creativa para darles vida, transformando la escucha en el arte más íntimo, efímero y personal que existe.El oyente artista es aquel que utiliza la música clásica como un espejo arqueológico de su propia alma. Es capaz de conmoverse ante el misterio, de tolerar la tensión de la disonancia y de salir de su interacción con la música siendo una persona sutilmente distinta. Al escuchar un cuarteto de Beethoven, el buscador cocrea la obra en su mente, anticipando las tensiones y las resoluciones. El conflicto, desde la música, es la disonancia necesaria para que el movimiento hacia la resolución sea significativo. Al comprender esto, el oyente aprende a amar la realidad en toda su trágica y majestuosa complejidad. Para quien se adentra en la música clásica como quien desciende a una cripta o escala una montaña en busca del misterio de la existencia, este arte se convierte en una herramienta de teofanía secular: una manifestación de lo invisible a través de lo sensible. A través de la música se descubre que el alma humana posee una capacidad de expansión que la materia no puede explicar.
Para Gabriel Marcel, la música es la prueba de que existe una dimensión de la realidad donde el fin de algo no es su destrucción, sino su consumación. Las experiencias de nuestra vida, los dolores y los seres amados que ya se han ido, no son ‘pasado muerto’. Están vivos en nuestro presente, resonando en el fondo de nuestra conciencia, configurando la melodía de lo que somos. La muerte es el desasimiento definitivo del tener para entrar en el reino del ser. El ser humano sufre porque se apega a las cosas que ‘tiene’ —su cuerpo, sus bienes, su estatus—. La muerte destruye el tener, pero libera al ser. Cuando el cuerpo calle, la melodía de nuestra existencia no se perderá en un vacío absurdo. Para Marcel, ser absorbidos por la muerte es que nuestra vida individual se funda con la Gran Sinfonía Cósmica de la que formamos parte, es el regreso a la partitura original del Absoluto. Imaginemos que escuchamos el Tema con variaciones del Cuarteto ‘La muerte y la doncella’ de Schubert. Cuando el tema inicial regresa al final tras haber pasado por mil batallas y modulaciones oscuras, ese tema ya no es el mismo: ha experimentado el sufrimiento del recorrido. Las notas pasadas no se han perdido; se han acumulado, se han integrado y se han transfigurado para darle sentido al presente. Cuando escuchas el clímax de una obra, ese acorde final no tendría ningún poder emocional si no tuvieras guardada en tu memoria la huella de todas las notas anteriores que ya se apagaron.



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