La empleabilidad artística requiere expandir la identidad profesional del músico y entender su desarrollo como aprendizaje continuo. Esta reflexión inspira empleARTE 2026, encuentro que la Escuela Superior de Música Reina Sofía organiza junto a la JONDE el próximo 17 de enero en el Auditorio Nacional de Música.
Por Esther Viñuela Lozano
Coordinadora del Área de Desarrollo Profesional, Escuela Superior de Música Reina Sofía
En la música clásica hoy —en especial para una gran mayoría de recientes egresados—, hablar de empleabilidad suele remitir a la precariedad y la falta de oportunidades. Sin embargo, detrás de esos síntomas se esconde una raíz más profunda: una concepción limitada de la identidad profesional del músico, arraigada en una tradición que asocia el éxito casi exclusivamente con referentes tradicionales de prestigio como ser solista, miembro de grandes orquestas o director.
Durante décadas, la legitimidad se ha vinculado principalmente a la excelencia técnica y la visibilidad escénica, minusvalorando otras formas de ejercer la profesión: docencia, gestión, investigación o creación de proyectos propios. El resultado es un modelo que prepara a muchos jóvenes para un tipo de carrera que solo una minoría alcanza, y los deja sin herramientas para afrontar las realidades de su presente.
Comprender este fenómeno exige abordarlo desde tres planos complementarios: el cultural, que configura las jerarquías del prestigio; el académico, que define cómo se forma y legitima la profesionalidad; y el biográfico, donde cada músico construye su identidad en diálogo con el entorno.
El mito del genio y la jerarquía del prestigio
La música clásica, particularmente en la segunda mitad del siglo XX, ha levantado su identidad sobre la mitología del genio individual y el culto al virtuosismo. La excelencia se mide no solo por la técnica, sino también por el escenario donde se ejerce. Dentro del propio sector, hay músicos de «primera» y de «segunda» según la sala, el formato o la solemnidad del evento.
Pero esa jerarquía se extiende también entre los distintos perfiles profesionales. Quien sube al escenario continúa ocupando la cúspide del prestigio simbólico, mientras que otras funciones esenciales para el ecosistema musical —docencia, investigación, gestión o mediación cultural— suelen situarse en un plano secundario. Con frecuencia se asume que quien no interpreta dentro de esos formatos de prestigio (comúnmente asociados al silencio reverencial y al esmoquin) lo hace porque no puede, cuando en realidad desarrolla competencias distintas, complementarias y necesarias para la sostenibilidad del sector, o simplemente —aun teniendo la capacidad— sigue una escala de valores individual que le sitúa en otro locus contextual. Esta red de jerarquías consolida una visión restringida del éxito y refuerza el mito del escenario como único lugar legítimo de realización profesional.
Entre la bohemia y el emprendimiento
En el ámbito académico, Margarita Lorenzo de Reizábal ha descrito la tensión entre dos modelos identitarios que conviven en la educación musical: el bohemio, centrado en la vocación y la independencia creativa; y el emprendedor, orientado a la autonomía y la sostenibilidad. El desafío no consiste en sustituir la pasión artística por el cálculo económico, sino en que ambos enfoques se nutran mutuamente.
De esta síntesis surge la figura del «músico portafolio», que diversifica su actividad —interpretación, docencia, investigación o gestión— dentro de un proyecto coherente. Este perfil refleja mejor la realidad actual, marcada por la interdisciplinariedad y el cambio constante. La empleabilidad, así entendida, no se reduce a «conseguir un trabajo», sino a crear oportunidades a partir de la propia identidad artística.
Aprender a ser a lo largo de la vida
El tercer plano es biográfico, y constituye el puente entre los dos anteriores. El aprendizaje del ser humano (también los músicos) no termina con una titulación; es, esencialmente, un proceso vital. Rineke Smilde define al músico contemporáneo como un lifelong learner: un aprendiz capaz de reconfigurar su identidad a medida que evoluciona él y su entorno. La verdadera empleabilidad reside en esa capacidad de adaptación, no en la estabilidad laboral.
Esta visión transforma radicalmente la noción de empleabilidad: se trata de mantener la capacidad de aprender, adaptarse y crear sentido.
empleARTE 2026: un laboratorio de futuro
Con esa visión nació empleARTE, el encuentro anual sobre empleabilidad y emprendimiento de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. La próxima edición se celebrará el 17 de enero de 2026 en el Auditorio Nacional de Música, en colaboración con la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE). La jornada reunirá a artistas, gestores y creadores para debatir sobre los nuevos horizontes laborales y el futuro del talento joven. Más que un foro, empleARTE es un espacio de acompañamiento donde los músicos analizan su trayectoria, identifican fortalezas y redefinen su proyecto vital. A través de talleres y mentorías, descubren que la identidad profesional no se hereda: se construye.
Hacia una identidad profesional expandida
Los retos de empleabilidad en la música clásica no son solo económicos o políticos; son identitarios. El futuro pasa por una identidad profesional expandida, que reconozca la pluralidad de formas de ser y hacer música. Aquí reside la vocación de empleARTE: inspirar y acompañar a los jóvenes músicos en el tránsito del ideal del solista al del creador integral, del virtuosismo cerrado al aprendizaje vital como forma de arte.







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