Elegir dónde estudiar música es escoger también cómo vivirla. Entre la infancia artística y la vida profesional, el músico en formación descubre que la excelencia no solo se mide en virtuosismo, sino en convivencia, cooperación y en la capacidad de hacer de la música un modo de estar en el mundo.
Por Tarek Al Shubbak del Castillo, jefe de estudios de la Escuela Superior de Música Reina Sofía
Decidir dónde realizar los estudios superiores no es algo que nadie se tome a la ligera. Llega el momento de resolver dónde ir, con quién estudiar y cómo hacerlo. Durante los años de formación superior nos encontramos a medio camino entre la infancia del músico y su vida profesional, en esa adolescencia artística donde puede definirse el futuro del adulto. En este estadio comienza también a tejerse la red —visible o subterránea— de relaciones que sostendrán, o no, una carrera.
Muchos jóvenes recorren el mapa de las instituciones, preguntan, observan, se dejan aconsejar e influir por experiencias ajenas. Buscan una certeza que nunca existe del todo: el lugar donde su deseo y su crecimiento puedan convivir. Con frecuencia, la reputación de un profesor basta para inclinar la balanza. Al menos, esto fue cierto hasta hace poco, porque las nuevas generaciones han comprendido que el aprendizaje no se reduce a una cátedra, sino que se construye en el ecosistema de la institución y en su capacidad de dialogar con la actualidad. En otras palabras: en su manera de entender la enseñanza, en su respiración colectiva, en la coherencia y calidad de las oportunidades que ofrece y, en definitiva, en la proyección de futuro que plantea.
Las razones para elegir un destino u otro son tan diversas como las diferencias que existen entre el propio alumnado. Tal vez sea esa multiplicidad —esa mezcla irrepetible de intuición, azar y propósito— lo que define la seriedad de una elección. Se persigue la excelencia, y nadie se engaña: la competencia es feroz.
Pero llamar a toda esta experiencia ‘carrera’ ¡a veces no ayuda! El uso del término tanto para la actividad física como para la trayectoria profesional revela una cognición arraigada en el pensamiento occidental. Es la vida entendida como una pista que se recorre hacia una meta socialmente valorada. Esta metáfora es útil para dotar de sentido al progreso, pero puede generar tensiones psicológicas, pues tiende a oponer la competencia y la cooperación, el hacer y el ser. Y es cierto que la competición suele entenderse como confrontación. Que gane el mejor.
Sin embargo, existe el competir que educa, que inspira; que se vuelve espejo, lanzadera. Este significado aflora cuando el profesorado entiende que cada estudiante puede ser motor para los demás, y el estudiantado asimila que la comparación, bien entendida, no destruye: impulsa. Esa es la competencia que tiene cabida en un entorno de alto rendimiento.
La Escuela Superior de Música Reina Sofía tiene en esta idea uno de sus principios fundamentales: la inspiración mutua entre profesorado y alumnado, el impulso compartido hacia el continuo avance. Es una institución pequeña en volumen —140 estudiantes—, pero con una miríada de oportunidades académicas y artísticas que la sitúan a la vanguardia entre sus pares. Dos profesores de especialidad asignados a cada cátedra garantizan un mínimo de diez horas mensuales de clase individual. Las cátedras son reducidas para maximizar el seguimiento, normalmente entre cinco y diez estudiantes.
A esto se suman clases colectivas en grupos reducidos, donde, por ejemplo, la historia de la música se entiende de forma transversal y la armonía y el entrenamiento auditivo impregnan todas las áreas de conocimiento. También entornos de aprendizaje centrados en la música como vehículo de impacto social, el desarrollo de habilidades profesionales, y el programa de well-being que potencia el bienestar mental y físico. Todo ello se sostiene sobre un entramado de apoyo que incluye servicios de orientación educativa, profesional y psicológica.
El aprendizaje se completa con la cristalización de otro de los principios fundamentales de la Escuela: el escenario como extensión del aula. Este concepto es evidente en las múltiples oportunidades de concierto por toda la geografía española, fruto de colaboraciones con programadores de todo el país. Cada estudiante lleva a cabo una media de veinte conciertos por año, ya sea como solista, como integrante de un grupo de cámara o como miembro de las distintas agrupaciones orquestales.
El seguimiento es pormenorizado, y la Escuela es un ecosistema que evoluciona con su alumnado. Puede decirse, sin exagerar, que hay tantas Escuelas como estudiantes en ella. Este caleidoscopio de contextos, lenguas, nacionalidades, momentos vitales, aspiraciones y objetivos diversos se cohesiona en las actividades colectivas. La música de cámara personifica el pegamento invisible que une a la comunidad, el corazón de la institución. Amalgamando nacionalidades, temperamentos y orígenes distintos, y poniéndoles ante un objetivo común, enseña a escuchar, a ceder, a proponer, a liderar. No es casual que de estos grupos y conciertos nazcan vínculos que perduren toda la vida.
Más que un listado de actividades, es un modo de entender la formación como una experiencia total. Intensa, exigente, a veces desconcertante; pero siempre acompañada. En la Escuela Superior de Música Reina Sofía, la música no se estudia: se habita. El alumnado, al entrar, comienza a formar parte de un pequeño mundo que, sin decirlo, le enseña algo fundamental. En estos tiempos de desazón y polarización exacerbada, esta lección es más que nunca crucial: aprender música es también aprender a vivir con los demás.







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