
Entre la formación reglada y la realidad profesional se abre una brecha que no siempre resulta fácil de cruzar. El sistema educativo ofrece estructuras claras, pero el entorno laboral exige autonomía, adaptabilidad y visión. ¿Cómo preparar a los músicos para un presente tan exigente, emocionante y dinámico?
Por Tarek Al Shubbak del Castillo, jefe de estudios de la Escuela Superior de Música Reina Sofía
Uno de los principales desafíos a los que se enfrenta el músico recién graduado es la transición desde el conservatorio hacia el mundo profesional. El centro educativo —una burbuja sorprendentemente resistente al contacto— genera su propio ecosistema: un compendio de itinerarios, contenidos e hitos (léase: calificaciones) que, si bien busca dotar al alumnado de herramientas para el futuro, en ocasiones mantiene una distancia prudente respecto a la realidad profesional.
Salir del conservatorio no siempre se vive como un comienzo. Para muchos, es más bien el desenlace de un proceso lleno de rutinas conocidas que daban sentido al día a día. Más de un profesor ha escuchado la frase en boca de alguno de sus pupilos: ‘Quiero acabar en una orquesta profesional’. ¿Acabar? En sí, egresar es la meta: la película finaliza. Enciendan los créditos. Caiga el telón.
Entre profesorado y alumnado se puede planificar ese momento con detalle, casi como si el simple hecho de salir implicara estar preparado. Pero lo que hay ‘fuera’ rara vez responde a esas expectativas: un entorno incierto, sin apoyos evidentes, donde las oportunidades ya no dependen de calendarios, de la actividad del centro ni de la mediación del profesorado. Comienza un trayecto incierto, sin mapas ni horarios, en el que la experiencia y la intuición empiezan a tener un peso real.
No es culpa del alumnado que la realidad profesional a la que aspira ingresar difiera de la preparación recibida. Tampoco es útil culpar al profesorado, que ha transmitido aquello que mejor sabe y conoce. Pero aquí la actualización de ese conocimiento es crucial. Ya avisaba Sir Ken Robinson (2009) de la paradoja de la educación como preparadora ante realidades que no se pueden anticipar:
‘Our task is to educate their (our students) whole being so they can face the future. We may not see the future, but they will, and our job is to help them make something of it.‘
Y ahora, con la inteligencia artificial y las tecnologías emergentes redefiniendo no solo cómo aprendemos, sino incluso qué significa saber, los puentes que intentamos tender desde lo reglado hacia lo profesional se desdibujan antes de llegar a sostenerse del todo.
La enseñanza superior, como todos sabemos, es modular. Esta característica es profundamente cultural, pero está asimilada y no suele cuestionarse demasiado. Tiene cierto sentido: responde a la necesidad de dividir para comprender. Separar el todo para estudiar las partes, mientras un maldito duende travieso se dedica a cambiar ese todo. Y cuando llegamos al último curso, donde teóricamente deberíamos recomponer las piezas, estas ya no encajan. Esta estructura modular, heredada del Conservatorio de París —¡del siglo XIX!— como un modelo exitoso, debe necesariamente renovarse. Y si una transformación completa del paradigma no es viable o deseable, al menos debe ser tarea de los líderes educativos innovar dentro del sistema: proponer módulos, al menos, más cercanos al mundo.
Entra en escena Desarrollo Artístico: un itinerario integrado dentro del grado superior que ofrece la Escuela Superior de Música Reina Sofía, como una opción de acercamiento realista a la profesión y, por qué no decirlo, al mercado musical. La situación no está exenta de ironía: un módulo para romper los moldes. Un espacio acotado para abrir ventanas.
En él se trata de ofrecer al alumnado puntos de apoyo en un proceso constructivo que es altamente individual y que implica, en parte, un ejercicio de autorreconocimiento artístico. El profesorado especializado puede llegar a plantear preguntas difíciles, pero necesarias: ¿cuáles son tus objetivos personales y profesionales?, ¿cómo planificar una trayectoria?, ¿cómo presentar tu proyecto artístico? Se trabajan así habilidades de pensamiento crítico, presentación —verbal, escrita y no verbal—, comunicación artística y un análisis de la conexión con distintos públicos: melómanos, oyentes noveles o colectivos no entrenados.
Unas actividades pueden parecer mundanas: redactar una biografía artística, ensayar entrevistas, preparar materiales fotográficos, abordar técnicas de grabación, financiación y autopromoción. ¿Su utilidad? La apertura —a veces brutal— de perspectivas. Porque, al intentar expresar qué se quiere decir, en palabra o imagen, el alumno redescubre quién es en ese momento como artista sonoro y, más importante aún, quién quiere ser. Se trata de completar el conglomerado humano que es cada músico.
Otras actividades son catárticas, como el contacto directo con colectivos vulnerables fuera del formato tradicional de concierto (de nuevo, anclado en el siglo XIX). La música actúa aquí como conector entre realidades alejadas del silencio litúrgico de la platea: poniendo cara a cara al estudiante con quienes usan la música con fines distintos, pero igualmente —si no más— dignos. Estas experiencias son transformadoras.
En este nuevo escenario, pensar en Desarrollo Artístico como un módulo más es erróneo. Se trata de un gesto institucional que complementa la apertura que supuso el programa de Emprendimiento: una conexión hacia un modelo educativo más poroso, más conectado con la vida. Porque si el objetivo no solo es formar intérpretes sino también artistas completos, entonces el aula ya no puede acabar en el aula.






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