Que el fandango sea consustancial a Andalucia, no quiere decir que sea necesariamente flamenco, una identificación actual que obviamente reduce la amplitud del concepto. Danzas y sones populares como la zarabanda, jácara, folia o villancico cimentan un fandango que acuna a la malagueña y que define un bello episodio transversal en la historia de la música universal.
Por José Manuel Gil de Gálvez
Antecedentes
En la música popular del sur, la zarabanda, identificada en el mundo académico como danza de origen español, no desapareció, sino que, como en otros lugares, acabó evolucionando y disolviéndose en otros pasos de danza. Presumiblemente ese testigo esencial es recogido por la folia y la jácara, esta última ampliamente difundida en el siglo XVI con letra en romance y lenguaje de germanía que adquiere altura como danza teatral española.
Son tiempos en que la jácara, baile de parejas como las sevillanas, emparenta con el villancico barroco que acabará trufando la música en las catedrales españolas al mismo tiempo que un rondeño, Vicente Espinel, añade o populariza la quinta cuerda a la guitarra. Un instrumento, el rey por antonomasia en nuestro país, al que Gaspar Sanz en su Instrucción de música sobre la guitarra española y método de sus primeros rudimentos hasta tañerla con destreza, de 1674, certifica la tradición en su unión a la jácara, sobre la que ahondará poco después Santiago de Murcia en el Códice Saldívar núm. 4. La jácara, de tiempo ternario como la zarabanda y con el típico bajo ostinato, que mutará a la postre como sello del fandango ‘abandolao’, se convertirá inexorablemente en confluencia de fandangos y jaleos.
Por otro lado, la folía, igualmente proveniente de ámbitos populares, en este caso de la Castilla del Siglo de Oro, aparece por primera vez nombrada en el siglo XV en el Auto de Sibilla Cassandra, de Gil Vicente. También de compás ternario, se dibuja como escena asociada al ritual de la fertilidad, con bailarines que portaban a hombres vestidos de mujer. Esta danza, ya de forma evolucionada, tardía, es establecida canónicamente por Lully en 1672, adaptándola a las necesidades de la naciente corte de Versalles. Desde entonces pasó a conocerse en nuestro ámbito como la ‘Follia de España’, tan célebremente difundida por Corelli o Vivaldi.
Por último, ya en el siglo XVIII, debemos señalar el auge del villancico, vehículo esencial de crecimiento y trascendencia de lo popular a lo religioso. Tengamos en cuenta que la asociación exclusiva de estos a la Navidad no se produce hasta bien entrado el siglo XIX, por tanto, hemos de visualizarlos de forma ecléctica en un contexto de profusa evolución desde al menos el siglo XVII. Llevados a su máxima expresión, se italianizan y se convierten en pequeñas piezas teatrales pseudo operísticas, conservándose por miles en las catedrales españolas. Iribarren, maestro de capilla de la catedral de Málaga de este tiempo, es el compositor más prolífico del género, valga como ejemplo de hibridación la ‘jácara de fandanguillo’ compuesta hacia 1733.
Por tanto, el fandango, instrumental y de carácter bailable, ya está al menos desde 1700 en clara evidencia evolutiva de la jácara, en modo menor, con empleo de la cadencia andaluza algo aflamencada. En Andalucía oriental, su forma evoluciona asentándose en el origen malagueño con su característico ritmo ‘abandolao’ y la frescura del verdial que bebe del bolero. Sin embargo, la línea evolutiva del fandango de Huelva, hundida en las raíces de Alosno, toma su propio camino.
Entre el fandango y la malagueña
Con estos antecedentes, comprenderemos mejor el fandango de Doménico Scarlatti, gestado en palacio, el del padre Soler en su encierro en El Escorial y el sublimado de Boccherini en forma de quinteto con guitarra. De la misma forma, esto está presente en otros muchos compositores españoles dieciochescos, pues el ritmo y la típica secuencia interválica emerge en muchas piezas, o bien como unidad temática o insertada en ciertos pasajes.
Es precisamente en el siglo XIX cuando se va a crear un efecto virtuoso al respecto, pues tanto la malagueña —fandango de Málaga—, como el jaleo de Jerez, ya insertos en la escuela bolera, se sitúan en el germen de buena parte del origen de lo que hoy conocemos como nacionalismo musical español. Y curiosamente, las primeras piezas compuestas en esta línea están realizadas por compositores extranjeros que visitaron España y se enamoraron del rico acervo sonoro popular, cual imaginario de viajero romántico. Desde la década de 1840 se empieza ya a fraguar esta cuestión: compositores que anotan y se inspiran al oír el cante de las melodías populares, bailes y el toque de la guitarra. Escúchese la Fantasía española de Liszt, las piezas españolas de Glinka y su efecto en el grupo de los cinco, o el ejemplo algo menos difundido, pero inspirador, de Gottschalk. Un autor cuyas composiciones recreadas en España influyeron poderosamente en la zarzuela, baste recordar Recuerdos de Andalucía de 1851, empleada posteriormente por Gerónimo Giménez en el Intermedio de La boda de Luis Alonso para valorar su influjo. Igualmente es innegable la influencia de Giménez en Falla, tal y como dicen Gómez Amat y Turina en su pequeña historia de la música: ‘Manuel de Falla que admira con generosa gratitud a su maestro Pedrell le debe muy poco a su obra y en cambio mucho a Chapí y Giménez’.
No podemos proseguir sin recordar el nexo con nuestros compositores de la década 50. Jesús de Monasterio fue pionero en el empleo del fandango de Malaga y fueron de una vital importancia los trabajos del malagueño Eduardo Ocon, años antes de la inclusión del sempiterno nombrado, Felipe Pedrell. Precisamente en este contexto, hemos de recordar a Juan Cansino, malacitano que trabajó con Ocon y que edita en Madrid en 1865 La Joya de Andalucía: miscelánea de aires característicos para piano. En esta recopilación, aparece la malagueña, fandango, rondeña, polo o vito, entre otras; concretamente la malagueña se presenta en dos piezas populares; El chacho moreno, de Melchor Gomis, y El Bajelito nuevo de Manuel García. De aquí pudo Sarasate tomar la inspiración de muchas de sus melodías y, sin lugar a la duda, calcar la Malagueña.
Respecto de la guitarra, Francisco Tarrega nos trae un toque neomorisco y alhambrista, que ya comienza a mostrar un acompañamiento ‘abandolao’, a caballo entre el ostinato del fandango malagueño y la incipiente malagueña flamenca. Pero en este instrumento, probablemente, la fuente esté en el ‘potpurrí malagueño’ de Julián Arcas, compuesto en 1875 e inspirado en una malagueña vieja, más lenta, que en ocasiones parece más una jota que un fandango malagueño. En ella profundiza en la faceta más flamenca de Arcas, que nos muestra cómo la guitarra se fundía extraordinariamente bien en la frontera de la música de salón y la popular.
Pero la malagueña alcanza su máxima altura con Isaac Albéniz, que de Málaga recibió una importante influencia que luego trasladaría a sus composiciones, pues le dedicó varias piezas: Malagueña, Málaga y Rumores de la Caleta. Desde mi punto de vista, esta última es la que mejor retrata al género, fruto de sus visitas y paseos por La Caleta malagueña.
Ya terminando, hemos de darle a Ernesto Lecuona el honor de redimensionar la malagueña con su composición, pues con ello adquiere definitivamente su máxima popularidad allende los mares, consagrando a la malagueña como una pieza de gran éxito en el mundo entero. A Lecuona le hicieron hijo adoptivo de Málaga en 1959.
Desde el siglo XIX se han escrito muchísimas malagueñas ‘académicas’ o se ha usado el fandango de Málaga en largos pasajes musicales, creando directamente una identificación con España como arquetipo sonoro del imaginario internacional, incluso en otras latitudes del mundo, por apropiación, pasa por mexicana o incluso californiana, solo tienen que pensar en el personaje de El Zorro para ubicar lo que expongo.
La malagueña empleada como leitmotiv en forma de ostinato, es el santo y seña sonoro más identificable con España que existe, basta con emplear su característico bajo para identificar una pieza. Sepan que, en otras latitudes del mundo, fundamentalmente en America y ciertos países de Asia como Japón y Corea del Sur, la adoran.





Deja una respuesta