Es una evidencia poco difundida la hegemonía de España, y particularmente Andalucía, como escenario de un gran número de óperas. Múltiples lugares de esta región dan cobijo a muchísimas escenas que ponen el toque sureño a tantísimos números y actos operísticos.
Por José Manuel Gil de Gálvez
Sevilla y Granada se llevan la palma, aunque Cádiz tampoco se queda lejos, así como otros rincones de la geografía del sur de España, que ocupan su lugar en este noble género acuñado por la Camerata de los Bardi. Anótese que esto es sin contar con las zarzuelas, pues estas se cuentan a cientos; pero dejémoslo aquí, pues daría para mucho, así lo abordamos en otro momento.
Entrando en materia, Sevilla es escenario de más de ciento cincuenta óperas, ocupando, sin duda, el primer lugar europeo en esta cuestión. Si lo extendemos a toda Andalucía, me atrevería a decir que los títulos pueden abarcar casi trescientos. Además, este dato adquiere una dimensión extraordinaria cuando nombramos a muchos compositores que ensoñaron su música en esta tierra: Mozart, Haendel, Bizet, Rossini, Verdi, Beethoven, o Donizetti; pero también Paisiello, Porpora, Hasse, Cherubini, Mercadante y tantísimos otros. Sumémosle, además, nuestros desplazados autores españoles, como Albéniz, Arrieta, Turina o Falla, que también compusieron ópera.
Con estos mimbres, dicho de otro modo, Andalucía es la localización principal de las óperas. Carmen, Bodas de Fígaro, Don Giovanni, El barbero de Sevilla, La fuerza del destino, sin duda de las más representadas en el mundo. Por todo ello, habríamos de reflexionar, ¿por qué no se evidencia esta cuestión?, siempre pensamos en otras latitudes para ejemplificar el idilio de su sociedad con la música académica, de la buena salud que tienen, de la cantidad de aficionados, del arraigo histórico e identificación con su sociedad. Hemos de preguntarnos: ¿Y esto? ¿Nunca nos dio pie para decir ‘mira que ocurrió aquí, al lado de casa?’. Como andaluz, me cuesta entender esta cuestión. El flamenco, los toros y lo simpáticos que somos son tópicos graciosos, pero esto es un manantial de realidad que convive con nosotros como un gran elefante rosa en la habitación, cuando debiera ser un reclamo. Tengo la suerte de viajar mucho —giras, conciertos, masterclasses— y he tenido la ocasión de visitar casas natales y museos en otros lugares del mundo de compositores de no demasiada enjundia y aquí Manuel de Falla no tiene una casa natal en Cádiz. La ópera debiera ser consecuente en la educación a Andalucía, para enseñar geografía, literatura, historia, costumbres, y además la zarzuela… ¡con ella podríamos enseñar hasta cocina! Estoy seguro de que habría miles de turistas, cámara en mano, aferrados a fotografiar el castillo de Hornachuelos, la Isla de León, el Valle de Lecrín, probar sus vinos y restauración, mientras imaginan el aria que aquella cantante hacía en esa ilusionada localización. Sueño con recorrer la ‘ruta Verdi’, desde Cádiz a Córdoba, pasando por Sevilla; o la ‘ruta Donizetti’ vertebrando la provincia de Granada.
Andalucía ejerció en el exterior una fascinación para los viajeros románticos, como puerta entre Occidente y Oriente. Paisajes, monumentos, fiestas, bailes, toros, bandoleros, el pasado musulmán, la reconquista, la guitarra; un crisol de temáticas y fascinación que llevaron sin duda a situar Andalucía como centro temático de una gran producción de obras literarias, siendo alguna de ellas basamento de libretos de genios como Da Ponte, Metastasio o Pushkin.
En este sentido, podemos destacar un ramillete de obras de autores franceses decisivas en esta cuestión, pues nutren muchos libretos. Si la repasamos cronológicamente, aparece El burlador de Sevilla y convidado de piedra (1616), de Tirso de Molina, que cuenta las peripecias del libertino Juan Tenorio. El mito de Don Juan ha sido siempre algo icónico español junto a otro gran mito como fue Carmen.
Otro texto básico, la trilogía de obras teatrales que cuenta las andanzas de Fígaro, un personaje ficticio localizado en Sevilla. Trabajo del dramaturgo Pierre-Augustine de Beaumarchais. Esta trilogía (1775), se divide en El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro y La madre culpable. Gonzalve de Cordoue ou Grenade reconquise (1791), de Jean-Pierre Claris de Florian, que relata las disputas internas entre Zegris y Abencerrajes en los tiempos de Boabdil, último sultán del Reino de Granada, justamente en la toma de la ciudad por los Reyes Católicos. Aquí situamos la escena, lógicamente, en la Alhambra de Granada y comarcas adyacentes, como la Vega o el Valle de Lecrín. Carmen (1845), novela popular de Prosper Mérimée que, como saben, retrata la vida de una mujer de armas tomar ubicada en la Sevilla del siglo XIX, pero que también dibuja escenas en Gaucín (Málaga) o Granada.
Tras estos trabajos, tenemos una segunda línea de obras en las que destacan Le Comte de Comminges (1764), de François-Thomas-Marie de Baculard d’Arnaud, que, fundamentalmente, nos lleva a la batalla del Salado, en Algeciras, o a la Isla de León, en San Fernando (Cádiz), relatando la historia de Alfonso XI de Castilla y Leonor de Guzmán. La obra teatral Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), de Ángel de Saavedra, duque de Rivas, nos lleva a diversos escenarios entre los que destaca el entorno de Hornachuelos en Córdoba. Y por nombrar alguna más, tenemos a Léonore, ou L’amour conjugal (1798), texto de Jean-Nicolas Bouilly, traducida al alemán por Josef Sonnleithner, que inspira la Sevilla del Fidelio de Beethoven.
En otro orden de cosas, y recordando títulos, hemos de señalar el corolario español de Donizetti, que tanto gusta a lo largo y ancho del mundo a sus fieles seguidores, con La Favorita, Zoraida de Granada o Alahor en Granada. Si, además, nos adentramos en las menos representadas, destacan Los Abencerrajes, de Cherubini, El corregidor, de Hugo Wolf, basada en la Granada de El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón, Esponsales en un convento, de Prokofiev, que desarrollan su acción en Sevilla o Cristóbal Colón de Milhaud en Cádiz.
Entre nuestros compositores, que debieran ser los más programados de todos, recordemos en primer lugar al sevillano Manuel García, principal nombre de la ópera en Andalucía y probablemente el padre de la ópera española, destacando El poeta Calculista, La isla deshabitada o Don Quijote. Arrieta con Marina y La conquista de Granada, Albéniz con Pepita Jiménez, basada en la novela del mismo nombre de Juan Valera, Turina con Margot sobre el trabajo homónimo de María Lejárraga. Incluso el gran Lorca ha sido llevado a la ópera en diversas ocasiones con trabajos basados en Bodas de sangre, o Yerma de Villa-Lobos. Por último, La vida breve de Manuel de Falla, considerada una de las mejores creaciones de la historia de este género.
Concluyendo, es evidente el potencial del tema expuesto, sin caer en chovinismo. Esto nos daría pie a adquirir una singularidad que no posee ningún otro lugar del mundo. Nuestros teatros de ópera debieran ser genuinos en su programación, pues la realidad demuestra los mimbres para ello. Así mismo, expandir la zarzuela de una forma sistemática, más allá del magnífico trabajo que realiza el Teatro de la Zarzuela, y por supuesto a Hispanoamérica. Todo ello en el ámbito cultural, en el ámbito educativo, turístico y social, ¡imagínense! Este asunto debiera ser un icono.





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