El tenor sevillano, considerado el padre de la ópera española, tuvo una vida que bien merece ser llevada a una superproducción cinematográfica, pues los avatares por los que pasó en sus viajes, las personalidades con las que mantenía amistad, sumados a una personalidad muy particular, dan sobradamente para ello.
Manuel García, bautizado como Manuel del Pópulo Vicente Rodríguez, nació en la sevillana calle de Cestería —actualmente calle Galera—, muy cerca del monasterio agustino Nuestra Señora del Populo, por entonces uno de los más importantes de la orden en España, de ahí su nombre. En este tiempo, 1775, enseñaban no muy lejos de allí, en la Iglesia de El Salvador, Antonio Ripa y Juan Almarcha, con los que probablemente se formó en violín, composición y el arte del teclado.
Cádiz, Madrid y Málaga
Tras su infancia, ya se le sitúa en la Cádiz de la década dieciochesca de los noventa, una ciudad que en aquel momento gozaba de una actividad musical de primer nivel.
Cádiz poseía una gran capilla musical catedralicia, diferentes teatros entre los que se encontraba ‘el francés’, según el viajero Richard Twiss, el teatro más fino y elegante fuera de Francia.
Al mismo tiempo, Fetis nos dice sobre García que ‘era bien conocido como cantante, compositor y director de orquesta’. Cádiz, evidentemente, le produjo un fuerte impacto en su creatividad compositiva, pues a lo largo de su vida le acompañaron los boleros, seguidillas, tiranas, y todo el crisol y acervo de la escuela bolera española.
Además, allí se casó con su primera mujer, Manuela Morales, una gran bailarina y cantante, justamente en el año 1797.
Sus éxitos en Cadiz le granjean su entrada en Madrid, triunfando con sus propias tonadillas escénicas, como El majo y la maja o La declaración, en el Teatro de los Caños del Peral. Manuel debió de ser un tipo ‘de armas tomar’, pues pasa un tiempo en prisión ‘por haberse descomedido con el conserje de la entrada principal y con un oficial militar que acudió en su ayuda», un delito que fue calificado de grave contra la autoridad militar.
Tras su salida de prisión, puso rumbo a Málaga. Allí se le sitúa como cantante en el Teatro Principal durante algunos años. Teatro diseñado por Vincenzo Mazzoneschi e inaugurado el 12 de noviembre de 1793 y ubicado en lo que conocemos actualmente como la Plaza del Teatro. Este espacio comenzó llamándose Teatro Cómico o Teatro de San Carlos, aunque acabo llamándose finalmente Teatro Principal. De estilo neoclásico, sobrio, con fachada de dos pisos con una apariencia externa preciosa compuesta por un impresionante retablo musical. En 1916 pasó a llamarse Cinema Concert, permaneciendo abierto hasta comienzos de 1968. Aunque, tristemente, después fue derribado. Mas que probablemente, aquí en Málaga compuso su ópera El preso.

Francia, Italia, Inglaterra y América
En 1808 se le sitúa en París, allí conoce a Isabel Colbran, excelente cantante fuente de inspiración del sevillano, que además era consorte del gran compositor Rossini. En la capital de Francia aparece en la ópera Griselda. Por entonces ya era compositor de ópera ligera y un gran tenor, aunque aún falto de potencia de voz.
Con su posterior paso por Italia y su perfeccionamiento vocal, su fama y condición lo elevan a los altares. Allí canta en Napoles junto a la Colbran, comenzando una larga andadura de trabajo conjunto. Igualmente conoce a Rossini con el que entabla gran amistad. Este lo apreciaba mucho, especialmente en el papel de Almaviva de El barbero de Sevilla, que interpretaba de una forma brillante, como nadie.
La personalidad de García no hubo de pasar desapercibida entre sus amistades y allegados, debió ser de un corte ‘echao palante’, como decimos en Andalucia. Colbran siempre contaba que el tenor sevillano le improvisó una ópera completa, pues no la conocía, una proeza que jamás había visto en música. Además, el tenor solía mentir sobre su pasado. Contaba que su padre era abogado, que sacó a su segunda esposa de un convento embelesada por su canto… era un auténtico chistoso.
Acabará instalándose en Londres. Allí funda su famosa escuela de canto y edita su método de estudio, donde el canto de grupo era parte esencial en el comienzo, y se le recuerda como un gran profesor.
La historia de la música lo considera un gran maestro, solo hay que recordar cómo alumnas a sus hijas, la célebre mezzosoprano María Malibrán o Pauline Viardot, una de ‘las estrellas dramáticas más brillantes’ de su tiempo. Su hijo, Manuel Patricio Rodríguez García, se convirtió en un pedagogo vocal de fama mundial, ‘el principal escritor teórico de la escuela vocal de Rossini’.
En Nueva York, pasa en gira con gran éxito, estrenando en 1826 El Quijote, ópera bufa en dos actos. Posteriormente triunfo en México, aunque en tiempos difíciles para los españoles que fueron expulsados por decreto el 20 de diciembre de 1827. De hecho, justamente cuando inició su regreso a España desde la ciudad de México, su diligencia fue asaltada camino de Veracruz y allí perdió todo el oro que había conseguido en la gira, aunque los ladrones los dejaron ir al oírle cantar. Imagínense la escena, a pata coja, con los ojos vendados y cantando, mientras se oye algún que otro disparo al aire… tremendo y cómico al mismo tiempo.
A modo conclusivo, hemos de recordar que la influencia de García sobre compositores españoles posteriores fue muy importante, valga como ejemplo una de sus obras más señeras Bajelito nuevo con texto de Quevedo, que usó Pablo de Sarasate en su Malagueña. Su catálogo compositivo, en buena parte perdido, cuenta con muchas operas, entre las que destacan Il Califfo di Bagdad, La mort du Tasse, Don Chisciotte, L’isola disabitata, Le cinesi y el El poeta calculista, que marcó la senda de su estilo más español siempre añorado por García, pues tuvo que adaptarse a los estilos, italianizándose o afrancesándose para triunfar en los teatros de aquellos países. Igualmente compuso una buena cantidad de canciones y tonadillas, incluso también música religiosa como misas y salmos, una dimensión literalmente inadvertida.
En definitiva, otro de nuestros grandes compositores que, en España, su tierra, ni de lejos se le dio lo que merecía. Ni siquiera hoy le concede el espacio que le corresponde o, quizás, mejor decir directamente que ni siquiera tiene espacio, algo vergonzoso y tristísimo. Una vez más nuestro país le ha dado y le da la espalda a uno de nuestros grandes. Mariano Soriano Fuertes nos lo contó así en el siglo XIX: ‘la capital de Francia ha rendido siempre un justo tributo de admiración y respeto a la memoria del ilustre artista español Manuel García, admirando sus obras y colocando su nombre en la sala del teatro italiano, en medio de los más esclarecidos genios de la música. En cambio, en España ha permanecido mucho tiempo relegado al olvido, y olvidada sus obras; y habiéndose construido muchos y buenos teatros en nuestros días, en ninguno, exceptuando el de la Zarzuela de Madrid, se halla esculpido el nombre de Manuel García, siendo así que se leen otros extranjeros. Los comentarios son inútiles, cuando tanto dicen de los hechos’.
García murió en Paris el 10 de junio de 1832 de un edema pulmonar y fue enterrado el cementerio Père Lachaise.





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