Juan Domingo Oliver y Astorga se materializa como uno de los compositores instrumentales más importantes del siglo XVIII español. Su desempeño como violinista, flautista y compositor le llevó a desarrollar una notable labor en la segunda mitad de la centuria. Fue arquetipo de artista ilustrado.
Por José Manuel Gil de Gálvez
Es un honor volver a estas páginas después de algún tiempo con la sección ‘España en la música’, con renovada ilusión por el rescate, la puesta en valor o, sencillamente, la rememoración de nuestro papel en la historia de la música, que tanta falta nos hace y más si cabe en clave de divulgación. Para ello, nos iremos al siglo XVIII, tras la pista de la figura del violinista y compositor Juan Domingo Oliver y Astorga, al cual tuve la oportunidad de seguir durante algunos años, como a muchos otros, formando parte de las investigaciones de mi tesis doctoral, sobre todo por su huella británica. Por ello pasé largas jornadas de trabajo en la British Library, donde justifiqué bellos recorridos siguiendo sus pasos por la ciudad e itinerarios en localidades adyacentes. Ha pasado ya algún tiempo: aquello ocurrió entre los años 2006 y 2008.
En su día, la consulta al socorrido y bello trabajo de Saldoni —vaya también por delante el agradecimiento a este y a tantos trabajos antiguos injustamente denostados— nos decía al respecto: ‘Juan Oliver, excelente violín de la Real Capilla (…) gozó de mucha estima y aprecio en la profesión por su incuestionable mérito como violinista de primera categoría’. Oliver nació en Yecla (Murcia) en 1733 y allí debió pasar sus primeros años, donde se iniciaría en la música, quizá en la antigua parroquia de la Ascensión, la Capilla Musical de la Iglesia Vieja. Pudo pasar por Valencia, reconocida por su música instrumental y calificada por tener ‘orquestas de violines únicas en España’. Basta recordar apellidos como Herrando o Ximénez, figuras o sagas familiares que emergieron de la región levantina.
En 1752 detectamos a Oliver ya en Nápoles, con diecinueve años, una ciudad de gran actividad artística, frenética y de calidad. La urbe es retratada como uno de los principales focos de vanguardia de la música instrumental, pues, además de contar con multitud de teatros, tenía cuatro conservatorios en activo: Dei Poveri di Gesù Cristo, di Sant’Onofrio a Capuana, di Santa Maria di Loreto y della Pietà dei Turchini. En esta ciudad aún debían perdurar la impronta de la saga de los Scarlatti, la figura del gran compositor Porpora y la de Pergolesi. Además, no debemos olvidar que fue la urbe donde un joven Paisiello recibió el magisterio de Durante y el lugar de nacimiento de Cimarosa.
A buen seguro, allí maduró su técnica violinista y su compositivo, escribiendo sus primeras piezas. Debió participar y crecer en el instrumento dentro de algunas de las orquestas que funcionaban en la ciudad. En este periodo de alta formación empezó a fraguar sus relaciones y sus influencias. Seguramente tomó contacto con el renombrado y célebre violinista Jommelli, pues lo acompañó posteriormente a Stuttgart, a la corte del Ducado de Württemberg. Allí, Jommelli había sido nombrado director general del Teatro del Príncipe y, con él, se trasladó un nutrido grupo de músicos de alta calidad, entre los que se encontraba Oliver. Nuestro músico quedó incorporado a la Hofkapelle, la gran orquesta de palacio, para la cual se había restaurado expresamente el viejo teatro del Lustschloss, que fue reconstruido y ampliado hasta alcanzar las cuatro mil localidades, convirtiéndose en el mayor teatro de la época en Ludwigsburg.
La Hofkapelle era una agrupación internacional de cincuenta y seis miembros virtuosos, un selecto grupo dirigidos por Jommelli, donde Oliver tuvo la ocasión de convivir con otros músicos nacionales, como el oboísta Juan Pla. Además, figuraban en la nómina de violinistas primeras espadas como los virtuosos italianos Antonio Lolli, que pasó algún tiempo en España, y Pietro Nardini, discípulo de Tartini, quizá viejos conocidos de su etapa napolitana.
Tras la disolución de la orquesta del Lustschloss, se detectan apariciones en recitales por Centroeuropa, Países Bajos y Francia, hasta llegar a Londres, donde el IV conde de Abingdon, lord Willoughby Bertie, amigo de Haydn, se convierte en su mecenas, pues ya lo era de compositores tan importantes como Johann Christian Bach o Karl Friedrich Abel.
En Londres se instala en Cockspur Street, próximo al Haymarket, tal como figura en el pie de portada de su primera publicación, el opus 1, de 1767. No obstante, alternaba su estancia con temporadas fuera de la ciudad, concretamente en Witham, al norte de Oxford, y en Rycote, como músico de la orquesta de lord Willoughby Bertie, compartiendo probablemente atril con J. C. Bach y Abel.
Oliver se introduce en la sociedad musical londinense en un momento en el que aún perduraba el legado del respetado Geminiani y del propio Handel. Allí, además de su opus 1, publica sucesivamente los opus 2 y opus 3, en convivencia con publicaciones y reediciones de Haydn, Tartini, Corelli y otros maestros de primerísimo nivel.
Oliver abandona Londres y las pesquisas me llevaron a detectarlo en 1771 en la Capilla Musical de la Catedral de Cádiz. El 15 de abril de ese año es nombrado violinista de dicha capilla y, literalmente, se le exige ‘con la circunstancia precisa de que deberá asistir a las funciones de la Capilla por su persona’. Se presentó a la oposición por la vacante de primer violín, surgida tras el fallecimiento de Dionisio Caballero. Junto a Oliver concurrieron Antonio Guifrida y Jacome Castañeto.
En 1774 se le concede licencia ‘para pasar a Madrid para hacer oposición a la plaza de violín en la Capilla Real, dexando un interino en su lugar’. A su llegada a Madrid instaló su domicilio en la Cava Alta, núm. 17, parroquia de San Pedro el Real, cerca de la plaza de la Cebada. En 1776 gana las oposiciones a la Real Capilla, donde obtiene plaza y pasa a ocupar el escalafón siete, aunque, en la práctica, casi con toda seguridad ejercería como concertino, pues los violinistas con plaza más antigua ya no tocaban por dedicarse a otros menesteres, aunque figuraban en nómina, una práctica común. Otro dato que avala esta hipótesis es que pronto se le encomienda formar parte de tribunales de oposición y componer las sonatas para ejecutar a primera vista por los candidatos, tras la muerte del maestro de capilla Francisco Corselli (1702-1778). Para ello compuso una serie de sonatas para violín y bajo, así como para viola y bajo.
A Oliver se le ha atribuido la gestión, en 1785, de la primera restauración de los instrumentos Stradivari que poseía la corte, hoy en manos de Patrimonio Nacional y conservados en el Palacio Real. Este dato no es certero, pero sí es seguro que fue intérprete habitual de estos instrumentos, al menos hasta 1808, como primer violín de la formación privada de Carlos IV, junto al violinista y amigo Francisco Pareja, su testamentario. Su asistencia a las Reales Academias comenzó en 1790.
Con la ocupación francesa, José Bonaparte ocupa el trono español en 1810 y Oliver es nombrado de oficio violinista principal de la orquesta del rey. Este nombramiento le acarreó represalias tras la derrota de Napoleón en 1813. En 1815, un juez asesor dictaminó inculpaciones contra Oliver, acusándolo de complacencia con los franceses y proponiendo que solo percibiera un tercio de su sueldo de la Real Capilla. El juez de la Capilla Real frenó la ejecución. Algunos músicos y personajes de la época intercedieron por él, pues poco después su estado de salud comenzó a agravarse. Hacia 1820, la enfermedad lo recluyó en su casa y fue degenerando hasta postrarlo en cama. Permaneció con vida diez años más, en la más absoluta miseria, hasta su fallecimiento en 1830.
Oliver fue un artista y violinista excepcional, quizá el músico español que mejor encarnó el espíritu de la Ilustración. Persona culta y formada, conoció diversas cortes europeas y dominó varios idiomas. Su sólida formación instrumental, además de violinista, como intérprete de flauta y, presumiblemente, con conocimientos de guitarra y otros instrumentos, le permitió convertirse en un compositor competente y formado. Fue uno de los pocos compositores ibéricos que retornaron a España tras su periplo europeo. Poseía un profundo conocimiento de la forma sonata canónica, de la estructura clásica en tres tiempos, así como del rondó y el tema con variaciones a la manera clásica. Su obra para violín constituye una de las aportaciones más importantes del siglo XVIII español, en analogía con lo que supuso la producción de Antonio Soler para el teclado.





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