Este año 2026 se cumplen los 200 años del fallecimiento del genial compositor Juan Crisóstomo de Arriaga, recordado a la postre como el ‘Mozart español’. Su muerte prematura, acaecida con tan solo diecinueve años, truncó un camino brillantísimo, pero, aun así, su música conservada es de un valor incalculable, pues muestra una exquisita madurez precoz innatamente labrada.
Por José Manuel Gil de Gálvez
La historia de la recuperación de la obra del compositor bilbaíno refleja una labor quijotesca por parte de su familia a la hora de poner en valor y mantener viva su memoria. A pesar de las innumerables dificultades que debieron de pasar, al tratarse de un genio en nuestro país y no haber nacido en Viena, los avatares del destino permitieron que su legado perdurara. Gracias a su familia y descendientes podemos disfrutarlo, y lo subrayo de esta forma porque si no hubiese sido mucho más complicado aún… más me gustaría a mí que fuese de otra manera, pero por no extenderme mucho y apesadumbrarles con lamentos, prefiero centrarme en lo bueno y lo bello, pero les pido tan solo una pequeña reflexión: ¿creen que el año 2026 está transcurriendo dignamente —al menos en nuestro ámbito— y como se merece la memoria de Juan Crisóstomo de Arriaga? Ahí lo dejo. Por favor, quien haya observado que está siendo excelente, que me lo diga para ir a disfrutarlo allí donde así sea; de verdad que me alegraría muchísimo.
Tras la prematura muerte del jovencísimo compositor, desde Paris fue enviado a la casa de sus padres en Bilbao un baúl que contenía algunas pertenencias personales, su violín y buena parte de su obra manuscrita. Aquel arcón, por razones seguramente sentimentales, quedó arrinconado en el desván de la casa casi medio siglo, permaneciendo su obra en el olvido. En 1869 se reedita por primera vez el socorrido y valioso trabajo de Fétis, Biographie universelle des musiciens et bibliographie genérale de la musique, donde se rememoraba de forma positiva al bilbaíno. Este trabajo cayó en manos de Emiliano de Arriaga y Ribero (1844-1919), sobrino-nieto del autor, que sería el encargado de rescatar la obra artística del ‘tío Juanito’, y lo hizo entre sus amigos y familiares del Bilbao de entonces, a golpe de empeño personal.
Esta memoria, que se mantiene viva, permitió que trascendieran algunas de sus mejores piezas por alguna ediciones que fructificaron a mediados del siglo XX, como la bellísima Sinfonía en Re o la obertura de su ópera Los esclavos felices, ambas piezas de una factura compositiva de primer nivel, con un estilo ligado a la tradición más clásica, que desprende la frescura y vivacidad de Haydn y Mozart e incluso hace guiños al temperamento de Beethoven. No obstante, su música ya camina hacia un romanticismo precoz en la línea de Schubert, pero intuyendo un sabor y un aroma español que, en palabras de Rosen, toma esta forma ‘es […] posible escuchar pasajes en la obra de Arriaga similares a Haydn, Mozart, Beethoven y Rossini, aunque él a veces no consiga alcanzar la complejidad de las obras más maduras de estos autores. Sin embargo, Arriaga posee un identificable y original estilo, el cual, en su tiempo, se habría convertido indudablemente en un estilo más individual y reconocible por sí mismo, posiblemente incorporando más elementos españoles y vascos que vieneses’. Es muy posible que ese aroma a Rossini le venga a Rosen por las similitudes y giros melódicos de lo italiano y lo español, como primos hermanos que somos; no obstante, invito a profundizar en el catálogo de Arriaga, pues aunque se fuese pronto, no es pequeño y va mucho más allá de sus piezas más conocidas. Merece la pena.
Como saben, Arriaga vino al mundo en la bilbaína calle Somera —en el número 51, hoy número 12— en el año 1806. Sus primeros pasos musicales los da en un momento en que comienzan a fraguarse los cimientos de Bilbao como futura ciudad burguesa. Por aquel entonces se desenvuelve en las academias musicales, futuras sociedades filarmónicas y orquestas. Allí empieza a ser admirado como violinista de grandes cualidades y precoz compositor. Su primera pieza, titulada Nada y Mucho, compuesta para Luisa de Torres y Urquijo, a quien el mismo Arriaga retrató al piano en un dibujo fechado el 20 de noviembre de 1817. En esa obra, el ilustre compositor se incluye con su violín en un hermoso salón, inmortalizando un concierto con un conjunto de nueve músicos entre los que se encuentra uno de sus hermanos mayores, Ramón Prudencio Arriaga, a la guitarra; un valioso dibujo sacado a la luz por su descendiente Joaquín Pérez de Arriaga.
En 1821, el joven compositor, con tan solo quince años, pone rumbo a París. Su padre, por indicación del compositor José Sobejano y Ayala —quien contaba con gran predicamento en aquel momento—, lo envía a la capital de Francia para ofrecerle un camino académico y posibilidades de desarrollo, pues ya no encontraba una senda de evolución en su Bilbao natal. En noviembre del mismo año ingresa en la École Royale de Musique et de Déclamation, a la postre llamada Conservatorio. Un viaje que haría que ya no volviese a ver más a su familia. Allí entabló amistad con Cirilo Pérez Nenín, amigo de la familia Arriaga, que lo atenderá en su estancia en la ciudad y con el cantante Manuel García y su gran amigo y compositor Pedro Albéniz, quien lo acompañó hasta sus últimos días. Ellos fueron los encargados de transmitir el prematuro final a la familia.
En el Conservatorio tuvo como profesores, ni más ni menos, que a Pierre Baillot en violín, François-Joseph Fétis en armonía y Luigi Cherubini en contrapunto. El asombro de sus maestros por su facilidad y rapidez para progresar le granjeó una gran estima. Se cuenta que en 1823, con Cherubini recién nombrado director, este escuchó un Stabat Mater y, tras preguntar el nombre del autor y saber que era el joven Arriaga, le aseveró: ‘Increíble. Eres la misma personificación de la música’. En 1824, Arriaga ya es nombrado profesor repetidor de la clase de contrapunto y fuga de Fétis, pasando a ser enormemente valorado.
Arriaga debió de vivir bien durante sus cuatro años en París gracias a los esfuerzos de su padre por mantenerle. Aun así, probablemente una pulmonía complicada con tuberculosis truncó la carrera de quien podría haber figurado en el Olimpo de los mejores. Le dijo adiós a la vida un 17 de enero de 1826, unos días antes de su vigésimo cumpleaños. Fue enterrado en una fosa común en el Cimetière du Nord, en Montmartre.
A modo conclusivo, hemos de decir que la música de Arriaga es sublime; siendo tan joven, compuso obras de una madurez significativa. He tenido la oportunidad de dirigir recientemente su sinfonía con la Orquesta Nacional de Bolivia y pronto lo haré con la Nacional de Venezuela. Este trabajo en cuatro movimientos es inconmensurable: con un primer movimiento que posee una introducción beethoveniana, con un posterior desarrollo temático muy mozartiano; el segundo movimiento, de bellísima factura, cristaliza en el Haydn de las sinfonías más inspiradas. Tras un minuet situado en el precipicio entre las últimas sinfonías de Mozart y el scherzo de Beethoven, da paso a un cuarto movimiento con un perfume que rememora a Schubert y muestra el camino a Mendelssohn.
Estamos ante algo muy bueno y bello, pero lo mejor de todo es que lo hace propio tamizando de forma transversal, a veces la armonía y en otras la elección de la melodía, para recordarnos su origen español, siempre de una forma muy sutil, sin apartarse del discurso de la tradición clásica. Esta breve descripción, a vuela pluma, pone sobre la mesa lo alejado que se encuentra un compositor de estas características del relato de la historia de la música universal pues, claro, si no se sitúa en Viena, los esquemas saltan por los aires… y si, además, en tu tierra, no recuerdan tu legado como es debido, la ecuación ya la tenemos servida.





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