Hay proyectos que una ciudad espera durante tanto tiempo que terminan formando parte de su biografía. El Auditorio de Málaga, hoy denominado Palacio de la Ópera de Málaga, es un ejemplo de ello. Relanzarlo nuevamente requiere frescura, altura de miras y buenas relaciones internacionales. Su éxito, en definitiva, dependerá de nuevos mimbres que puedan hacer realidad lo que hasta ahora no pudo ser.
Por José Manuel Gil de Gálvez
Para quienes llevamos décadas trabajando en la música y conociendo otros modelos culturales, su historia no es una sucesión lejana de decisiones administrativas, sino la de una oportunidad aplazada. La necesidad viene de lejos. A comienzos de los ochenta ya se planteó un equipamiento para la música y la lírica. Recuerdo aquel anuncio: tenía ocho años y, en 1987, estaba con mi padre entre bastidores en la reinauguración del Cervantes. Con el teatro presidido por su majestad la reina doña Sofía, el alcalde Pedro Aparicio hizo una de las primeras declaraciones públicas de relevancia. La ciudad soñó con el Auditorio en la Plaza Manuel Azaña. Después llegaron cambios de ubicación y acuerdos entre administraciones. Quizás el nacimiento de la nueva orquesta y su esfuerzo económico convirtió en quimera aquel presupuesto. El auditorio previsto donde hoy se edifica el CaixaForum terminó transformado en otra cosa; después llegaron el Puerto, La Farola y, finalmente, San Andrés.
Durante décadas, Málaga ha sabido que necesitaba un gran espacio musical, pero no siempre qué debía ser. Ese matiz es esencial. Un auditorio no es solo arquitectura, butacas, superficie o inversión. Empieza a existir cuando se decide qué ocurrirá dentro, quién lo habitará, qué públicos quiere generar, qué artistas atraer, qué relación tendrá con su ciudad y qué lugar aspira a ocupar en el circuito nacional e internacional.
En 2007 pareció abrirse una ventana decisiva. Estado, Junta de Andalucía y Ayuntamiento constituyeron el Consorcio para construir el Auditorio, alcanzando probablemente el mayor consenso institucional de su historia. Gracias al impulso del alcalde Francisco de la Torre, la infraestructura parecía por primera vez posible. Un concurso internacional eligió el proyecto de Federico Soriano y Agustín Benedicto: gran sala sinfónica con capacidad operística, sala de cámara, ensayos, actividad didáctica y otros usos. Málaga aspiraba ya no solo a una sala de conciertos, sino a una institución cultural.
Entonces se hizo visible una cuestión esencial: cuanto más complejo es el edificio, más necesario resulta definir su modelo artístico y de gestión. Una sala sinfónica, un teatro de ópera y un centro de congresos responden a lógicas acústicas, técnicas y económicas distintas. Integrarlas puede ser magnífico, pero exige una visión clara de explotación y programación.
La crisis de 2008 hizo el resto. Cuando el proyecto alcanzaba madurez técnica, la financiación comenzó a desaparecer. En 2012, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría anunció un plan para extinguir numerosas instituciones, entre ellas el Consorcio del Auditorio, suprimido en 2014. Con él desapareció la Oficina del Auditorio de Málaga, que coordinaba un proyecto arquitectónico minuciosamente definido, aunque nunca conocimos con igual precisión el artístico. Comenzó una larga década en la que el Auditorio sobrevivió más como aspiración que como realidad, entre reactivaciones, manifestaciones, reproches y debates. Francisco de la Torre, sin perderlo de vista, quedó prácticamente solo. El tiempo tampoco fue gratuito: de unos 115 millones de euros, el coste actualizado superó los 200 millones. No construir también cuesta.
Hoy la situación es distinta. En diciembre de 2024, el Ayuntamiento adquirió los terrenos de San Andrés y, en agosto de 2026, licitó la construcción por más de 202 millones de euros, con 48 meses de ejecución. Gracias al empeño del alcalde, por primera vez en años hablamos de algo más que una intención. El proceso sigue siendo complejo —la patronal nacional de la construcción ha recurrido la licitación—, pero existe una oportunidad real.
Y precisamente ahora conviene formular la pregunta que, a mi juicio, debería haber acompañado siempre a todas las demás: ¿qué Auditorio queremos? ¿qué tipología de Palacio de la Ópera queremos?
Después de muchos años al frente de proyectos musicales, he aprendido que programar no es llenar fechas, sino construir identidad. En Concerto Málaga hemos desarrollado durante tres décadas temporadas, ciclos, grabaciones, proyectos educativos, ediciones, colaboraciones y giras, conociendo auditorios, instituciones y públicos diversos. Desde Fundación Hispania Música hemos abordado gestión, financiación, producción, comunicación, formación de públicos y estructuras capaces de sostener un proyecto más allá de un concierto. Y, desde hace un lustro, mi actividad como director de orquesta en distintos países ha ampliado esa perspectiva en contacto con orquestas, auditorios, operadores, representantes y públicos, además del asesoramiento a estamentos y gobiernos.
Esa experiencia enseña algo elemental: una institución cultural debe pensar a diez y veinte años, no solo en la próxima temporada. Necesita personalidad y combinar excelencia y arraigo. Debe recibir a orquestas, directores y solistas internacionales y ser casa natural para músicos y proyectos de Málaga; acoger sinfonismo, ópera y cámara; impulsar coproducciones y residencias; abrir espacios a jóvenes; colaborar con conservatorios, universidades y centros educativos; y formar públicos antes de la compra de una entrada. Todo ello deberá convivir con congresos, crossover y otros eventos que aporten músculo económico: las cuentas también deben cuadrar.
También debe relacionarse inteligentemente con la iniciativa privada. La realidad presupuestaria obliga a explorar patrocinios, alquileres y actividades complementarias, pero la sostenibilidad no puede diluir la misión cultural. El reto es hacer viable el edificio sin perder su razón de ser: música sinfónica, de cámara y ópera.
Por eso me preocupa que durante tantos años se haya hablado con enorme precisión de arquitectura, financiación, metros cuadrados, aparcamientos o maquinaria escénica y mucho menos del proyecto artístico. Una infraestructura cultural no fracasa solo si no se construye: también si se inaugura sin una idea poderosa de lo que debe ser. Nuestro país conoce ejemplos en municipios y grandes ciudades.
Málaga es hoy muy distinta de la ciudad que imaginó su auditorio en los años ochenta. Ha crecido internacionalmente, consolidado su red museística, transformado su relación con el turismo y ampliado su tejido cultural. La música necesita ahora un salto equivalente, con convencimiento y coherencia.
Después de más de cuarenta años, quizá haya llegado el momento de dejar de pensar únicamente en cuándo se colocará la primera piedra y comenzar a imaginar qué sucederá al día siguiente de la inauguración. Ahí empezará el verdadero Auditorio. Para responder a esa pregunta harán falta conocimiento de la ciudad, experiencia internacional, criterio artístico, capacidad de gestión y, sobre todo, una visión capaz de convertir un edificio extraordinario en una institución cultural a la altura de Málaga.



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