La soprano Natalia Labourdette asume con energía y curiosidad una intensa agenda internacional que, durante los próximos meses, le llevará tanto a debutar en la Royal Opera House de Londres como a regresar a su querido Teatro Real. Cantante versátil, sus compromisos recientes incluyen el estreno absoluto de Tejas verdes de Jesús Torres o su debut como Gilda en Rigoletto, y de manera cercana se sumergirá en autores tan diversos como Bizet, Britten o Alessandro Scarlatti.
Por Manuel Pacheco
Aunque tu carrera está consagrada al canto, comenzaste tu formación musical con el violín. ¿Qué es lo que te llevó a decidirte por la voz?
He cantado desde que era pequeña. Me gustaba el pop e imitaba a los vocalistas que me llamaban la atención, y también copiaba los tonos de voz de las películas. Llegué a presentarme a Lluvia de estrellas imitando a Amaia Montero, de La oreja de Van Gogh, aunque no me cogieron [risas]. De regalo para mi cumpleaños pedía discos y me aprendía las canciones para cantarlas por encima. Los que tengo ahí en mi top son uno de mi padre de greatest hits de Queen, y otro de mi madre con un recopilatorio de Whitney Houston.
Mientras estaba en el conservatorio me presenté al Coro de Jóvenes de la Comunidad de Madrid. Justo había cambiado la directora e hicimos muchos proyectos con musicales, góspel y similares. Ahí me empezó a interesar este mundo, y hubo un tiempo en que quise ser actriz de musicales. Mi mentalidad de violinista estaba ahí, pero en determinado momento hice un clic. En realidad, ha sido un camino bastante natural, la sorpresa fue lo que vino a partir de ahí.
¿Tu interés por el mundo de la ópera ha estado siempre ahí, o es algo en lo que te has ido especializando poco a poco?
Con los musicales empezó a pasarme que me sonaba todo parecido; sin querer desmerecer al género, me parecía todo igual y no me resultaba tan enriquecedor. Además, para ser actriz de musicales necesitas cierto factor de baile, una interpretación más física, que me suponía un impedimento: hago deporte y había hecho gimnasia rítmica de pequeña, pero no bailaba. Sin embargo, al empezar a estudiar canto en el conservatorio, la ópera me abrió un mundo de posibilidades al ponerme a disposición un repertorio de cuatro siglos, en estilos diversos y varios idiomas —me gusta profundizar en la sonoridad de los diferentes idiomas; tengo sinestesia, y los sonidos de los idiomas me abren un abanico de colores—.
Si hay algo que destaca al echar un vistazo a tu repertorio es la versatilidad: has interpretado desde recuperaciones históricas a estrenos absolutos, pasando por los grandes autores del género. ¿Te resulta fácil moverte entre diferentes épocas y estilos, o hay algún tipo de papeles en los que te encuentres más cómoda?
Me gusta hacer un poco de esto y un poco de aquello, no quiero centrarme en una sola cosa. Siempre hay roles que te gustan más que otros o que sientes que te van mejor, pero también está la cuestión del desafío o la aportación en el terreno intelectual; a medida que he ido creciendo y madurando, me he dicho con frecuencia: ‘no me interesa quedarme solo en esto’.
Por ejemplo, cuando empecé a cantar, o cuando me cogieron en la Universidad de las Artes de Berlín, fueron muchos estímulos y pruebas a superar. Entre otras cosas, yo no me imaginaba siendo una liederista porque ni hablaba alemán. Pero tal concierto en no sé dónde, en el que tenía que cantar lieder de Schubert sí o sí, me descubrió un repertorio que al principio me resultó inquietante por lo complejo. Tienes que hacer sonar fácil algo que no lo es en absoluto; estás expuesta en el escenario, con un repertorio de una hora en el que cada tres minutos tienes que cambiar el chip. Estos retos me resultan estimulantes. Ahora hago mucha música contemporánea porque con el lied desarrollé recursos para estudiar.
A propósito de esto, a principios de 2025 interpretaste el rol protagonista de Colorina en el estreno de Tejas verdes de Jesús Torres en el Teatro Real. ¿Cómo afrontaste este título de estreno y qué recuerdos conservas?
Si has visto alguna foto, verás que yo salía caracterizada según lo que el personaje había pasado: medio calva, llena de sangre y moratones… Cuando me vi así el primer día no sabía qué pensar. Le dije al maquillador: ‘Espero no verme así nunca’, y él me dijo: ‘Sí, sí, muchas veces y cobrando’ [risas]. Las primeras semanas de ensayo fueron duras porque en el terreno emocional es una ópera muy demandante: Colorina pasa por un centro de detención y le hacen todas las perrerías posibles. Y todo por ser la novia de un chico que se oponía al régimen de Pinochet —aunque es el punto de partida de la obra original, el montaje no se ubicó en ningún lugar o tiempo concreto—. A pesar de esto, el día del estreno estaba menos nerviosa que ahora que acabo de debutar como Gilda en Rigoletto. De Tejas verdes no había expectativas por parte del público, no tenían otras versiones del personaje, y yo sentía menos presión.
Yo, que soy madrileña, siempre he considerado el Teatro Real como un templo, y que para poder cantar en su escenario había que ser muy bueno. Luego, cuando tuve la oportunidad de hacerlo, me di cuenta de que quienes me rodeaban eran muy buenos, pero también gente normal. La verdad es que Tejas verdes ha sido una gran experiencia. La partitura me pareció maravillosa, y fue estupendo trabajar con su compositor, Jesús Torres. Sobre el trabajo que hicimos, recuerdo mucho una cosa que decía Jordi Francés, que fue el director musical: ‘esta ópera es la primera vez que se hace, pero hagamos que suene a que ya hay una tradición interpretativa’. Es un buen enfoque para hacer que la obra resulte familiar al que la escucha.
Hablando de tradición, precisamente ahora te encuentras preparando el rol de Frasquita de Carmen, con el que regresarás al Real durante diciembre y enero.
Es un rol un poco menor a lo que he venido haciendo últimamente, pero estoy contenta de meterme en un papel más liviano en medio de tanto drama y tanta intensidad. Creo que va a ser muy divertido. Hace poco pensaba que me gustaría poder debutar como Micaela, pero haciendo Frasquita me lo voy a pasar mejor. Creo que, en esta ópera, los que interpretan a Frasquita, Mercedes, Dancairo o Remendado se lo pasan muy bien con toda esta cosa de ser contrabandistas y de estar por ahí en la montaña.
Y unos meses más tarde regresarás a España, en concreto a Sevilla y Madrid, para ofrecer un oratorio de Alessandro Scarlatti junto a Los Elementos. ¿De qué manera planteas tu interpretación de la música barroca?
Hay una cosa que me dijo Lluís Pasqual en una clase magistral del Teatro de la Zarzuela que me pareció muy interesante, a pesar de que haya gente que opine lo contrario: ‘Tenéis que escuchar mucho e imitar’. Ya te he dicho que yo empecé imitando. He pensado siempre que tomando como referencia a los grandes una puede coger los rasgos que le gustan e irse haciendo a sí misma. En lo que respecta a la música barroca, ¿por qué no puedo escuchar, por ejemplo, a Sandrine Piau, y tomar elementos de su técnica para imitarlos?
También me ocurre que con este repertorio he descubierto nuevas herramientas que puedo aplicar cuando me convenga, en repertorios completamente distintos. Cuando he trabajado con Jordi Savall, por poner un caso, yo llevaba una versión en mi cabeza y él me ha sugerido hacer esto o lo otro, lo que me ha llevado a encontrar recursos nuevos. Al final se trata de adaptarse, igual que con el lied. He leído alguna crítica en la que decían que se nota que no hago mucho Barroco, no en el sentido negativo, sino señalando mi proyección vocal, el volumen. Pero, por otro lado, en el Liceu me dieron en 2024 el Premio a Cantante Revelación por L’incoronazione di Poppea. Mi voz es mi voz, y si yo estoy cantando en estilo, ¿por qué voy a tener que disimularla? Si la voz suena, pues suena.
Para terminar con tus próximos compromisos, en mayo de 2026 debutarás en la Royal Opera House de Londres con una producción de Peter Grimes en la que participaste por primera vez durante la pandemia.
Estoy encantada de viajar a Londres, supone repetir una producción que fue muy especial, y también de volverme a encontrar con varios cantantes que participaron en los elencos anteriores. Aparte, claro, de debutar en Covent Garden, que es un teatro en el que hace año y medio no me hubiera imaginado cantando jamás.
Si antes he dicho que Tejas verdes fue un proyecto muy especial, Peter Grimes es otro que está también ahí arriba. Es una ópera que me enamoró desde la primera vez que la hicimos en el Teatro Real. Fue una experiencia muy intensa, difícil a ratos, porque teníamos que hacernos test todo el rato y salían algunos casos… Como en todos lados. Pudimos resarcirnos la temporada pasada cuando llevamos la producción al Teatro Dell’Opera de Roma.
Trabajo muy a gusto con la directora de escena, Deborah Warner, y me gusta mucho el personaje que elaboramos juntas para mi rol de segunda sobrinita. Es un papel que se parece a mi personalidad. Hay un momento en una taberna en la que un señor, un falso predicador, se tira encima de mi personaje, y mi primera reacción al interpretarla fue reírme, ridiculizarle. Eso le gustó mucho. Ella trabaja mucho con la energía física de las personas; yo tengo mi altura y me muevo de una forma, y aunque ella llegue con cierta idea, lo adapta a tu corporalidad y hace que tú encuentres tu forma de llegar al papel.
En otro orden de cosas, has publicado dos discos con una cuidada selección de obras: canciones de Pauline Viardot en un caso, y un original repertorio en torno al concepto de la ‘petite mort’ en el otro. ¿Cómo das forma a estos programas en los que puedes decidir exactamente qué canciones quieres interpretar?
El proyecto de Viardot en realidad es del pianista Francisco Soriano, es algo que me ofrecieron y me interesó. El otro, petite MORT, sí que es nuestro, de la pianista Victoria Guerrero y mío. Fue el primero y lo planteamos desde cero; la situación con la COVID propició la búsqueda porque teníamos más tiempo libre. Había varias cosas que nos interesaban: queríamos que fuera nuestra carta de presentación, con un repertorio que nos sentase bien a las dos; tenía que tener una dramaturgia; y queríamos equilibrar un repertorio más desconocido con algunos greatest hits para poder venderlo.
Cuidamos mucho todo el desarrollo. Todos los textos tenían que ver con la idea de la muerte como liberación o con el orgasmo como liberación en vida —tampoco es muy sesudo, al final casi todos los poemas van o de la muerte o del amor [risas]—. Y la carátula la encargamos a un amigo, que la elaboró a partir de todos los conceptos que le dimos de los textos.
¿Qué puedes contarnos sobre el nuevo disco que te encuentras preparando?
Aún no tenemos fecha de salida. Es un proyecto con la misma pianista, con Victoria, pero ahora hacemos además obra de cámara. Será un doble disco que, por una parte, tiene obra vocal y, por otra, trío con violonchelo (Álex Oloriz Soria, solista de violonchelo de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla) y violín (Carles Civera, que está en la Orquestra de la Comunitat Valenciana). Será con el sello IBS Classical, pero como no tenemos muchas oportunidades de reunirnos para presentarlo, quizá no salga hasta junio.
Considerando tu intensa agenda, ¿mantienes algún hobby que te ayude a cambiar el chip, o la diversidad de repertorios y escenarios es suficiente para despejarte entre compromisos?
Necesito hacer deporte. Llevo dos semanas sin hacer ejercicio y estoy ahora mismo que me subo por las paredes, pero no he tenido tiempo entre viajes y ensayos. Me gusta mucho escalar, el búlder. Como los rocódromos suelen estar un poco lejos del centro, cuando no tengo tiempo directamente me voy al gimnasio, que no es mi cosa favorita pero que me aporta algo complementario. Sobre todo, me encanta la sensación de después.









Deja una respuesta