La residencia artística de Antonio Galera en la Hispanic Society culmina tras dos años de intenso trabajo, diálogo interdisciplinar y profunda conexión humana: un periodo de libertad creativa y colaboración que ha marcado su evolución musical y personal.
Por Susana Castro
Tu residencia artística en la Hispanic Society llega ahora a su fin. ¿Cómo describirías la relación que has mantenido con la institución? ¿Qué ha significado para ti este periodo de trabajo?
Una de las cosas más bonitas que me llevo de esta residencia es precisamente eso: el haber podido generar equipo con el staff de la Hispanic Society. ¡Piensa que empezamos a trabajar en esta residencia a principios de 2023! Han sido años de mucho trabajo: desde la propuesta del programa musical y la consulta de archivos para la documentación previa, hasta la colaboración en la gestión de los eventos, cuidando cada detalle. Me han dado muchísima libertad a nivel artístico y, además de permitirme presentarme como solista, he podido invitar a otros artistas a participar conmigo del proyecto. Otra de las cosas muy enriquecedoras ha sido ofrecer estos conciertos de forma gratuita (todas las actividades del museo lo son) a la población de Washington Heights, donde se ubica el museo, y que es mayoritariamente de origen dominicano. También hemos hecho actividades específicas para estudiantes de escuelas públicas del barrio y poblaciones vulnerables.
Este 2025 has ofrecido allí programas muy variados, desde recitales con Leticia Moreno hasta un último con obras de Debussy, Liszt, Músorgski… ¿Qué te llevó a plantear una temporada tan diversa?
Casi la totalidad del repertorio que elegí era hispano, en consonancia con la identidad de la institución, pero para el último recital quise también incluir músicas de autores como los que mencionas. La razón fue muy concreta: se trataba de un recital-diálogo con Christopher Rothko, el hijo del pintor y responsable de su legado, y ambos queríamos plantear la relación entre música y pintura desde una perspectiva más amplia.
El recital con Leticia fue un sueño, pero además he podido presentarme con músicos residentes en la ciudad de Nueva York como la violinista Julia Choi, la pianista Enriqueta Somarriba o el violonchelista Tommy Mesa, reciente Avery Fischer Career Grant.
Además, hubo algún otro proyecto que no pudimos acabar de desarrollar, pero que ha servido de germen para otros nuevos, como es el espectáculo que estrenaremos con Elvira Lindo en el Teatro de la Zarzuela el próximo mes de junio.
En este marco acabas de estrenar dos obras de Francisco Coll, reciente ganador del Premio Nacional de Música: Tenebrae y Disparates. ¿Cómo nació la colaboración para estas nuevas piezas? ¿Qué desafíos o hallazgos te han supuesto como intérprete?
Francisco y yo nos conocemos desde hace muchos años. Ya de jóvenes recuerdo que dibujaba increíble, tenía esa sensibilidad innata. Además, sabía que ahora estaba trabajando en piezas para piano vinculadas a pintores, así que me pareció que tenía todo el sentido del mundo plantearle este encargo. Elegimos juntos a dos autores presentes en la colección del museo: Goya y Zurbarán y a partir de ahí Francisco escribió las piezas en función de lo que la obra de estos pintores le sugería.
La música de Coll siempre supone un reto: en ella hay una búsqueda constante del contraste dinámico y de la generación de timbres y sonoridades extremas, incluso en piezas de formato breve como estas. Tocar su música implica ir mucho más allá de descifrar la partitura, exige una implicación física y emocional muy particular. Por ejemplo, Disparates es un fandango ‘dislocado, quebrado y fragmentado’ (en palabras del propio Francisco). Justo hace un mes estrenamos también su ópera Enemigo del Pueblo, cuyo pasodoble ‘cojo’ me ha recordado a este fandango.
Por ahora solo he hecho una primera lectura de las piezas. Ahora viene la parte importante: profundizar en el trabajo y seguirlas rodando en todos los escenarios en los que pueda. En España las interpretaré por primera vez el próximo día 19 en València.
Ambas obras están vinculadas a la pintura —Zurbarán y Goya— y recientemente has abordado repertorios con una fuerte dimensión visual, como los Preludios de Debussy o las Goyescas de Granados. ¿Qué papel juega la imagen en tu concepción musical y en la construcción de tu discurso pianístico?
Es fundamental. Necesito siempre el estímulo sensorial externo para funcionar, sobre todo, aunque no únicamente, el visual. Un paseo por el bosque, ver un espectáculo de danza, una calle ruidosa llena de coches, cuidar mi jardín y mi huerto, conversar con una amiga, sentarme frente a un lago al anochecer, leer un poema… Aunque pueda sonar un poco cursi. Luego, por supuesto, dedico mucho tiempo a analizar mis partituras o escucho versiones de otros pianistas de una pieza que estoy trabajando, por ejemplo. Pero ese no es mi estímulo, eso lo hago porque sé que beneficia al resultado final de mi trabajo.
Francisco Coll ocupa un lugar importante en tu trayectoria reciente. ¿Qué destacas de su lenguaje musical?
Conozco su música desde que estrenamos Aqua Cinerea, su opus 1. Creo que es un lenguaje que ha mantenido en constante evolución, si bien creo que su evolución de los últimos años, construyendo desde el folklore, desde la raíz, lo sitúan en una línea muy reconocible de compositores españoles. Francisco es amigo, sí, pero incluso si no lo fuera, lo diría igual: yo lo siento como el heredero directo de Manuel de Falla. Ahí está como prueba su fantástica transcripción orquestal de la Fantasía Baetica.
En marzo entrarás en el estudio de grabación para tu nuevo disco, Cordes, que incluirá obras de Falla, Ginastera, Asencio, Sánchez Benimeli y el propio Coll. ¿Cuál es el hilo conductor del álbum? ¿Qué te interesa explorar con este repertorio?
Hay varios hilos conductores, todos ellos, pienso, ligados a la palabra Cordes. Por un lado, exploro la relación entre música escrita para guitarra y la música pianística que incorpora esas sonoridades y recursos, ya sea repertorio original o transcripciones. Por otro, busco poner en valor y relacionar a autores de mi tierra con sus influencias estéticas y personales más directas. Y, además, me interesa cómo la vocalidad del folklore puede trasladarse a un instrumento como el piano: cómo lograr que una cuerda percutida nos engañe y hacerla sonar, por momentos, como una cuerda vocal.
En ese disco incluyes también Three Pieces after Turia de Coll. ¿Cómo se integra esta obra en el conjunto? ¿Qué aporta respecto a las otras estéticas que conforman el programa?
¡Son las piezas que abrirán el disco! Estas tres piezas transcriben tres movimientos de los cinco que conforman su concierto para guitarra y siete instrumentos Turia, una de mis obras preferidas de su repertorio. Creo que se integran de manera natural en el programa y conectan con la luz de nuestra ciudad natal, València, y, como apunta el propio Coll, con la forma en que Joaquín Sorolla supo captar esa luz.
Tu trabajo reciente profundiza en la relación entre color, gesto y sonoridad. ¿Ha cambiado tu enfoque técnico o interpretativo a raíz de este contacto con lo pictórico y lo sensorial?
No lo sé… A ver, yo creo que en mí siempre ha estado esa búsqueda de colores, de conseguir una paleta de sonidos lo más rica posible. Y desde adolescente he sido curioso y he buscado la interacción con otras artes. Supongo que, más que un cambio, he mantenido una evolución y, luego, las oportunidades tan bonitas que he disfrutado estos últimos años me han servido para reforzar este trabajo.
Esta temporada la cerrarás como solista junto a la Orquesta de València interpretando la Fantasía de Debussy. ¿Qué supone para ti esta obra en un contexto sinfónico?
Será mi primera vez con esta obra y tengo muchísimas ganas. Es una pieza bellísima que se interpreta demasiado poco. Es difícil por lo imbricada que está la escritura del piano y me preocupa la orquestación, encontrar un buen balance. Pero la Orquesta de València está en un momento buenísimo y creo que vamos a disfrutar mucho la experiencia. Además, la podré trabajar con Liebreich, con quién ya he colaborado muchas veces ‘desde dentro’ de la orquesta. Él es un director con una sensibilidad muy especial, que cuida mucho el detalle, el timbre, las líneas.
Tras un año marcado por tu residencia en la Hispanic Society, estrenos, grabaciones y nuevos proyectos, etc. ¿Hacia dónde sientes que se dirige ahora tu evolución artística? ¿Hay ámbitos nuevos que te gustaría explorar en el futuro inmediato?
Ojalá supiera a dónde va. Aunque, pensándolo bien, lo bonito es que se vayan abriendo caminos inesperados, ¿no? De momento se va llenando poco a poco la agenda. Yo ya he explorado mucho en los últimos años, ahora lo que quisiera es tener tiempo y recursos para asentar todas esas bases: seguir ampliando repertorios a solo y con orquesta, trabajar en mi discografía, mantener a flote mis otros proyectos, en especial el Festival dels Horts… ¡solo con eso ya tengo mucho que hacer!










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