Tres décadas de actividad han convertido a la formación malagueña en un proyecto que va mucho más allá del escenario. Bajo el liderazgo de José Manuel Gil de Gálvez, su actividad combina interpretación, investigación, recuperación del patrimonio musical español, pedagogía y gestión cultural a través de la Fundación Hispania Música. Con una nueva sede en Málaga y nuevos proyectos discográficos, el futuro se plantea con una idea clara: construir un legado que trascienda a la propia orquesta.
Por Julio Alonso
Concerto Málaga cumple treinta años desde su fundación en 1996. Desde entonces ha desarrollado una trayectoria internacional y una personalidad artística muy reconocibles. Al observar su evolución, ¿cuáles han sido los principios estéticos y metodológicos que han permanecido inalterables en el grupo y qué transformaciones artísticas han marcado sus diferentes etapas?
Treinta años permiten mirar atrás con perspectiva. Lo que no ha cambiado desde 1996 es nuestra manera de entender el oficio: nunca concebimos la orquesta como una suma de instrumentistas, sino como la construcción de un sonido y de una manera común de escuchar. Desde el primer violín he aprendido que el sonido no se decreta: se construye ensayo tras ensayo. De ahí nace también mi idea del liderazgo, más desde la escucha que desde la imposición. Lo que cambió fue nuestra dimensión: llegaron giras, grabaciones, investigación y pedagogía, sin perder identidad.
Uno de los momentos especialmente significativos de vuestra trayectoria fue la grabación en 2011 de Christmas with Los Romeros para Deutsche Grammophon, junto al célebre cuarteto de guitarras y bajo la dirección de Massimo Paris. ¿Qué supuso para Concerto Málaga entrar en el catálogo de un sello de esa dimensión?
Grabar para Deutsche Grammophon fue una confirmación. Para quienes crecimos con aquella cartela amarilla, entrar en ese catálogo trascendía el hecho discográfico. El estudio te enfrenta a una verdad directa: el micrófono es implacable; todo queda expuesto. Aquello elevó nuestra exigencia y mostró que Concerto Málaga podía proyectar una forma española de hacer música sin encerrarse en repertorio español. Esa apertura ha sido constante.
En 2018 llegó otro reconocimiento excepcional: José Serebrier Conducts Granados fue nominado al Latin Grammy en la categoría de Mejor Álbum de Música Clásica. ¿Qué significó aquel reconocimiento y qué supuso que un proyecto centrado en la música española alcanzara una plataforma internacional de esas características?
La nominación al Latin Grammy fue importante por lo que representaba. Detrás de aquel Granados había investigación, arreglos, edición y una concepción integral del proyecto; para mí fue especial como productor junto a Juan Pablo Gamarro. Pero lo esencial era demostrar que la música española no es periférica. Granados, Falla, Turina o Albéniz son patrimonio universal. Nos toca explicar a Falla igual que los italianos nos explicaron a Vivaldi. Revertir esa mirada también es nuestra responsabilidad.
En 2024 publicasteis con Naxos Turina: Works for Strings, un proyecto que reúne ocho obras del compositor en versiones para orquesta de cuerda y que estuvo vinculado a la conmemoración del 75.º aniversario de su fallecimiento. Es uno de los ejemplos del trabajo de Concerto Málaga en la recuperación y difusión del patrimonio musical español. ¿Cómo va a seguir afrontando la formación este compromiso?
Turina representa muy bien nuestra línea. Recuperar patrimonio no es simplemente tocar obras poco conocidas: es investigar fuentes, estudiar versiones, editar cuando hace falta y conseguir que esa música vuelva a vivir. Ahora a todo le llaman recuperación; parecemos un balneario… hay que ser serios con esto. Con Turina quisimos demostrar que ese repertorio puede incorporarse con naturalidad al corpus internacional de la cuerda. Después de treinta años uno piensa menos en el próximo concierto y más en qué dejar a los que vengan después. Ahí empieza el legado.
Uno de vuestros últimos proyectos es la grabación discográfica de Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz de Haydn, bajo la dirección de Jordi Mora, que incluirá también un documental. ¿Qué os ha llevado a volver sobre esta obra y qué queréis aportar con este proyecto tanto desde el punto de vista musical como desde el de la divulgación?
Hay obras a las que uno vuelve durante toda una vida, y Las siete últimas palabras pertenece para mí a esa categoría. Haydn construye una profundidad enorme con medios muy contenidos: necesita tiempo, silencio y escucha. Después de treinta años buscamos eso: sosiego, sencillez y naturalidad, sin envoltorios. Nos podemos permitir que nos importe menos la industria y más nuestra experiencia vital. No queremos otra grabación más, sino entrar en la dirección interna de la obra y recordar que desde nuestra tierra también se generó gran repertorio.
Concerto Málaga es hoy mucho más que una formación de cámara: alrededor de ella se ha construido un proyecto que engloba la Fundación Hispania Música, festivales y ciclos de conciertos, investigación, grabación, edición y pedagogía. ¿Cuándo surgió la necesidad de crear este ecosistema musical y qué carencias del ámbito de la música pretendíais cubrir con él?
No hubo un día concreto en que decidiéramos crear un ecosistema; fue una consecuencia natural. Primero queríamos tocar mejor, pero después comprendimos que interpretar conciertos ya no bastaba. Una orquesta produce conocimiento y memoria. Si todo termina al acabar un concierto, perdemos una parte esencial. De ahí nace la Fundación Hispania Música: para que lo que genera Concerto Málaga permanezca, crezca y se transmita. La independencia cultural es fundamental. Para construir a largo plazo necesitas herramientas propias. En treinta años hemos pasado de buscar espacios a construir los nuestros.
La inauguración de la sede de la Fundación Hispania Música en Málaga, equipada con sala de conciertos, estudio de grabación, biblioteca, archivo y aulas, marca un punto de inflexión. ¿Qué posibilidades operativas abre este espacio y qué papel desempeñará en la vida cultural de la ciudad?
Tener una sede propia cambia la capacidad de una institución. Durante años nos adaptamos a espacios ajenos; ahora podemos pensar en proyecto: ensayar, grabar, investigar, enseñar y programar bajo una misma estructura. Pero no quiero que sea solo la casa de Concerto Málaga; debe ser una casa para la música, donde convivan profesionales, estudiantes, investigadores y público. Una ciudad relevante en materia de cultura no puede limitarse a importar: debe producir pensamiento, artistas y patrimonio.
El Fórum Internacional de Alto Perfeccionamiento Musical del Sur de Europa (FIAPMSE), que ha celebrado el pasado mes de agosto su 22.ª edición, y el ciclo de conciertos CIVE-Ciclo Las cuatro estaciones son otros dos pilares importantes de la actividad de la Fundación Hispania Música. ¿Cuáles son sus sellos de identidad y cómo se plantean sus próximas ediciones?
FIAPMSE tiene algo esencial: continuidad. Veintidós ediciones son ya una historia compartida y un ejemplo de cultura en el medio rural: Nigüelas suena en el sector. CIVE responde a otra idea: mantener una relación estable con el público durante todo el año en Málaga. Junto a otros ciclos, nuestra programación supera hoy los cincuenta eventos anuales. Queremos crecer sin perder escala humana. El verdadero lujo no siempre es el mayor presupuesto: a veces es que un alumno converse con el maestro que acaba de escuchar o que el público se sienta parte de una comunidad cultural. Ahí estamos nosotros.
Ese ecosistema musical incluye también a Iberian Musical Press, sello editorial de la Fundación Hispania Música que recientemente ha incorporado las revistas Melómano, MásJazz y Música y Educación. ¿Qué visión mantiene la fundación sobre la labor de la prensa especializada y la divulgación científica en el contexto actual?
Creo en la prensa especializada. Nunca tuvimos tanta información y, sin embargo, cuesta más distinguir dónde hay rigor. Con Melómano y MásJazz asumimos décadas de crítica y memoria; Música y Educación suma la investigación científica. Queremos que Iberian Musical Press conecte interpretación, investigación, pedagogía, crítica y divulgación. Y hay otra dimensión fundamental: el español; no somos Hispania Música por casualidad, ¿verdad? Internacionalizarse no es solo traducirse al inglés, sino fortalecer el espacio iberoamericano.
La educación constituye otra de las líneas de trabajo de Hispania Música, que incluye proyectos desarrollados junto a instituciones educativas y actividades pedagógicas vinculadas a vuestra presencia internacional. ¿Qué lugar ocupa la formación dentro de vuestra idea de futuro y qué creéis que debería cambiar en la educación musical para preparar a los músicos de las próximas generaciones?
La educación ocupa un lugar central; lo hemos llamado Collegium Musicum porque el nombre habla por sí mismo. Una institución que no transmite lo aprendido desaparece. He dedicado buena parte de mi vida a enseñar y creo que debemos ampliar la formación. El músico del siglo XXI debe tocar extraordinariamente bien, pero también comprender, comunicar, investigar, desarrollar proyectos y entender las nuevas tecnologías. Y hay algo todavía más importante: recuperar la curiosidad. Un alumno no debería terminar simplemente tocando mejor; debería terminar haciéndose mejores preguntas.
¿Cómo consigue José Manuel Gil de Gálvez compaginar esa doble faceta como violinista y líder de Concerto Málaga, desde sus comienzos, y como director de orquesta, que en los últimos años le ha llevado a ponerse al frente de formaciones como la Orquesta Filarmónica Nacional de Venezuela en Caracas y de otras destacadas formaciones en Argentina, El Salvador, Perú, Bolivia o Ecuador?
Nunca he sentido que violín y dirección sean actividades separadas. Mi manera de dirigir nace del violín y mi forma de tocar está transformada por la dirección. Vivir la música desde dentro enseña cuánto necesita un intérprete del director y cuánto debe dejar este que suceda por sí mismo. Dirigir no es imponer, sino crear las condiciones para una interpretación común. A la dirección se llega además en un momento de madurez: un director es personalidad, sonido, carácter y conocimiento; después están los molinos de viento, pero esos se los dejamos a Don Quijote… Siempre regreso al violín: me recuerda que cuando dirijo, tengo delante a músicos respirando, escuchando y decidiendo.
Unes además a ello tu vertiente investigadora, pedagógica, divulgativa y de gestión cultural. ¿Cómo definirías la responsabilidad del músico del siglo XXI más allá del trabajo puramente escénico?
El músico del siglo XXI debe recuperar una idea que no es nueva. Los grandes músicos de la historia rara vez fueron solo intérpretes: componían, enseñaban, escribían, investigaban u organizaban instituciones. Un músico tiene una responsabilidad artística y también cultural: conocer el patrimonio, conservarlo, transmitirlo, crear públicos y participar en su sociedad. En mi caso, investigación, pedagogía, divulgación y gestión nunca fueron periféricas respecto al violín. Son distintas respuestas a una misma pregunta: qué puedo hacer por la música. Tocar un concierto puede transformar una noche; crear una institución puede transformar generaciones.
Para concluir, ¿cómo ves a Concerto Málaga dentro de diez años?
Me gustaría escuchar a Concerto Málaga en 2036 y reconocerlo inmediatamente. Crecer no debería significar perder aquello que te hizo diferente. Quisiera una orquesta que conserve la curiosidad y siga buscando su sonido. Espero también repertorio recuperado, partituras editadas, grabaciones, investigadores, alumnos, revistas, festivales y una sede llena de actividad. En 1996 nuestro horizonte era el próximo concierto; treinta años después debe ser otro. Ahora debemos pensar en legado. Quizá esa sea la verdadera medida del éxito: que quienes la hicieron posible ya no estén y, sin embargo, la música continúe sonando.





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