La violista Cristina Cordero lanza su primer disco, Romeo y Julieta: Música e Historia, un proyecto innovador junto al pianista Juan Barahona, que fusiona música y narración. Además, celebra su primer año con el prestigioso Cuarteto Casals, una experiencia que ha enriquecido su carrera y su visión musical.
Por Susana Castro
Empezaste a tocar la viola desde muy pequeña. ¿Qué fue lo que te atrajo de este instrumento y cómo fue tu formación inicial?
Voy de la mano de mi hermana en todo esto, incluso a día de hoy, aunque me gustaría tocar más con ella. Es mi mejor amiga y lo hacemos todo juntas. Cuando teníamos 5 y 3 años, vimos a unos niños tocando el violín en los Teletubbies, y les preguntamos a nuestros padres, que no son músicos, si nos podían dar ese instrumento. Fuimos a una escuela Suzuki, que fue la razón por la que pudimos empezar tan pronto a tocar: te inician en la música desde el oído, no desde la partitura. Es una filosofía muy bonita, de la que yo tengo muy buenos recuerdos.
Los profesores recomendaron a nuestros padres que no escogiéramos el mismo instrumento porque nos llevaría a una competitividad innecesaria entre nosotras. Como mi hermana era la más pequeña, se quedó con el violín; a mí me enseñaron la viola y me di cuenta de que encajaba por completo con mi personalidad: un instrumento más cálido, más silencioso, que se mantiene en segundo plano. Aunque fue una decisión muy intuitiva, si lo pienso, me doy cuenta de que fue una elección muy acertada.
Has recibido premios importantes, como El Primer Palau y el Concurso de Música de Cámara Gerhard Vogt, entre otros. ¿Cómo ha sido la experiencia de competir en estos certámenes? ¿En qué te han ayudado?
Estos concursos son la punta del iceberg de un trabajo muy exhaustivo. Como experiencia, no son agradables, pero te presentas para que todo el trabajo que prácticamente has hecho a oscuras se vea probado o reconocido. Sirven para reconocerte a ti misma la exigencia a la que te puedes someter y los niveles a los que puedes llegar. Todo este aprendizaje, el haber pasado por tanto estrés, me ha permitido estar a día de hoy con el Cuarteto Casals.
De los dos certámenes que mencionas tengo muy buen recuerdo. En el caso de El Primer Palau, me abrió muchísimas oportunidades en Cataluña. Me presenté sin esperar nada, por la oportunidad de poder tocar un recital completo en el Palau de la Música Catalana. Era un premio brutal para una violista, ya que presentar un recital completo, con lo limitado que es el repertorio del instrumento, es bastante inusual. Estoy muy agradecida por ello. El estreno de mi proyecto Romeo y Julieta se debió a haber ganado el concurso, ya que fue el recital que preparamos para la gala de ganadores del año siguiente.
Hablemos de ese proyecto en común junto al pianista Juan Barahona, Romeo y Julieta: Música e Historia. ¿Qué te motivó a combinar música y narración en este formato tan original?
La idea y el guion original son de Juan; la realización es conjunta. Cuando nos dieron la oportunidad de tocar en la gala de El Primer Palau en 2021, Juan pensó que podíamos hacer algo muy diferente. Fue justo después de la pandemia, tras un periodo grande de reflexión en el que nos planteamos qué querríamos contar si volviésemos al escenario.
Teníamos la necesidad de hacer un concierto que nos enorgulleciera. No hay mucho repertorio de viola más allá del que ya habíamos tocado para ganar el concurso. Hacer un programa con las sonatas de Brahms o de Hindemith, por mucha narrativa que le pongas, no tiene ningún sentido para nosotros más allá de la propia destreza técnica, que me da mucha alergia. Es algo muy de concurso: ‘vienes a escucharme a mí por lo bien que toco’. Quiero alejarme de eso y que la gente venga a mis conciertos como yo voy a los de rock: a pasármelo bien. La música está para divertirse y disfrutar.
Tomamos estos quince números de Romeo y Julieta de Prokófiev, con arreglos preexistentes o haciéndolos nosotros, y los fuimos hilando con un guion original que va acorde con cada número y te va preparando para lo que musicalmente va a pasar. Nos gusta mucho el cine y el teatro, contar historias, y nos apetecía hacerlo a través de la música. Desde el Palau confiaron en nosotros al cien por cien, y lo agradecemos mucho.
El disco de este proyecto sale a la luz el próximo 20 de junio, aunque ya hemos podido disfrutar de un adelanto a finales de mayo. ¿Cómo fue la experiencia de grabarlo?
El disco lo hemos grabado con Fernando Arias de ARIA Classics. Es el mejor; el trabajo con él ha sido espectacular. La grabación me pilló en un momento de mucho trabajo, recién aterrizada en el Cuarteto Casals, y su feedback era tan tranquilo y respetuoso que te calmaba en todo momento.
El primer single ha tenido un videoclip, ¡nos hemos vestido de medievales! Es todo muy pop, rompiendo barreras, pero dentro de la tradición. También sacaremos un vinilo, aunque en ese caso hemos tenido que cortar la narración y ponerla en un QR por una cuestión de formato. La música se sustenta por sí sola; la narración no es una tirita para cubrir carencias.
Desde julio de 2024, formas parte del prestigioso Cuarteto Casals. ¿Cómo ha sido esta vivencia hasta ahora y qué desafíos has encontrado al trabajar con un cuarteto tan consolidado?
La experiencia ha sido increíble. Todo el mundo nos decía que íbamos a tener un principio de ‘luna de miel’ y que luego se iba a pasar, pero yo llevo un año maravillada. Incluso en los peores momentos digo: ‘esta es la mejor vida que podía desear’. Salgo al escenario con ellos y es como estar tocando las nubes.
Eso sí, en estos meses en cada concierto había obras nuevas, así que el trabajo está siendo tremendo. Que un miembro nuevo de un cuarteto pueda sobrevivir a esto es pura planificación. Gracias a esta experiencia siento que estoy hecha para la organización [risas].
¿Qué aportes personales crees que has incorporado al conjunto?
No se puede ensayar indefinidamente, así que la que se está responsabilizando de que cada obra se lea en el momento oportuno soy yo. Estoy contribuyendo a que un proceso tan caótico como la incorporación de un nuevo miembro al grupo se vuelva algo completamente natural. Ellos no saben cuánto me va a llevar a mí estudiar una obra u otra o qué dinámica de trabajo me funciona mejor. Mi aportación es mucha organización y mucha ilusión.
El concierto es solo la parte visible de todo el esfuerzo que hay detrás de un cuarteto de cuerda; llegado ese momento hay mucha tranquilidad. Hay muchas cosas que no se ven y que son las que hacen que todo funcione. La parte de tocar es la más fácil. Hay cuestiones logísticas que he asumido a mi llegada, y mi parte obsesiva de la organización está muy contenta dentro de este rol de cuarteto. Me siento muy útil en este trabajo multifacético.
Parte de esa multifaceta os lleva a ofrecer muchas clases magistrales por todo el mundo. ¿Te sientes cómoda en el rol docente?
También ha sido muy natural porque llevo dando clases de viola bastantes años. Tengo muy claro que gran parte de mi trabajo debe estar dedicado a la docencia. El mundo de la viola está por descubrir; nuestros profesores generalmente tocaron primero el violín o estudiaron con violinistas. Es un instrumento al que ahora se le está reconociendo y teniendo en cuenta.
Me siento útil cuando conozco a gente joven —que me recuerda a mí misma con 14 o 15 años— y les puedo dar las herramientas que a mí me gustaría que me hubieran dado.
Dar clase de música de cámara es completamente diferente, porque no hablo tanto de herramientas técnicas sino de escucha musical, y es muy bonito también. Honestamente, al principio me daba miedo hacerlo, pero mis propios compañeros me animaban diciéndome que podía aportar mucho al estar más cerca de ellos y de las ‘dificultades’ que yo también estoy experimentando dentro del cuarteto.
Otra faceta más es la solista. ¿Afrontas de manera diferente tus presentaciones en solitario? ¿Hay un cambio de mentalidad?
Sí, cien por cien. Es una situación completamente diferente ya solo por el tamaño de la sala donde vas a tocar —aunque hace poco con el Cuarteto tocamos en Lyon en una sala en la que cabían mil personas—. Como solista todo es muy masivo: la orquesta que tienes detrás y no ves, son un montón de músicos con los que también estás haciendo cámara, pero tienen un director, con el que también haces cámara… Es otra escala de trabajo, pero en esencia es un poco lo mismo: escuchar y disfrutar la música de la misma manera. Es cierto que es otra forma de tocar, porque tienes que proyectar una barbaridad. La música de cámara es como una reunión entre amigos, mientras que tocar como solista es hacer un monólogo.
Con toda la preparación que implica el Cuarteto, esta faceta solista está ahora mismo muy en segundo plano. Pero si se presenta la oportunidad de hacer algún concierto, me haría muchísima ilusión. Siempre resulta especial.
¿Tienes algún repertorio fetiche para viola?
Nuevas obras. El futuro de la viola como solista es ahora, lo que se esté componiendo ahora. Da mucho miedo, porque son repertorios que no tienen grabación ni historia detrás, pero el repertorio es tan limitado que hay que romper fronteras, igual que en el caso de Romeo y Julieta lo hemos hecho en cuanto a formato. Hay que abrir la mente a la nueva creación, por mucho trabajo que suponga.
Yuri Bashmet dijo: ‘nadie sabe cómo debería sonar una viola’. Es ahora cuando se están desarrollando las distintas escuelas de sonido, algo que los violinistas ya tienen hace cien años, pero en ese momento la viola no estaba preparada para sonar como solista.
Yéndome a lo clásico, el mejor concierto solista para viola es la Sinfonía concertante de Mozart, que me encantaría tocar, pero se requiere un violín, así que está pendiente. En el Romanticismo prácticamente no hay nada, y en el repertorio moderno, algunas obras son un poco ‘dudosas’. He tocado mucho Der Schwanendreher de Hindemith, pero es una pieza que requiere muchísimos ensayos y no es fácil estar girando con ella.
¿Qué crees que los músicos de tu generación pueden aportar para mantenerla viva y relevante para nuevos públicos?
A veces, dentro de este discurso de innovación de la clásica, se nos olvida que nos dedicamos, precisamente, a la música clásica. Si quieres hacer pop, haz pop. Pero esta música es otra cosa. Es como si alguien que se dedica a la filosofía quiere explicar Kant de forma pop: no va a poder hacerlo, ya que no es posible ahondar en algo tan profundo de forma rápida, requiere espacio y tiempo.
Pasa lo mismo con la comida: no es lo mismo McDonald’s que un menú degustación. Para mí la música clásica es la música en el estado más complejo que puede tener.
Yo entiendo que el público siempre va a ser mayor; no concibo un mundo en el que en los auditorios haya gente joven porque la gran mayoría de las veces se van a ir al concierto de rock —como lo hago yo—. El día de mañana, cuando ya no les apetezca ir a un sitio ruidoso o agotador, pasarán mucho más tiempo en un auditorio, porque ese ritmo al que pasan las cosas será mucho más acorde a ese momento vital. Son dos formas diferentes de disfrutar el arte. Soy muy optimista y creo que el género está más vivo que nunca porque, precisamente, mucha gente está encontrando lo que le gusta gracias al algoritmo en las redes sociales.










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