¿Cómo suena la identidad de un pueblo? Smetana respondió con El Moldava, obra maestra del nacionalismo romántico, compuesta en el silencio de su sordera. Cacerías, bodas campesinas, ninfas bajo la luna: el río bohemio se convierte en teatro de la vida y espejo del alma checa. Esta crónica musical logra el milagro de ser profundamente local y universalmente conmovedora.
Por Fernando Nieto
Entre Liszt y la tradición checa
La composición de El Moldava se sitúa en la efervescente segunda mitad del siglo XIX europeo. Mientras Wagner construía su monumental Tetralogía del Anillo en Bayreuth y Brahms debatía con Hanslick sobre la esencia de la música absoluta, una corriente paralela recorría el continente: el nacionalismo musical.
La tradición musical checa, con su rica herencia renacentista y barroca, había quedado relegada frente al omnipresente estilo germánico. En este contexto, la aparición de un compositor como Smetana representó un verdadero renacimiento cultural, una reconquista artística del espacio propio.
Las circunstancias en las que Bedřich Smetana (1824-1884) creó El Moldava añaden una dimensión trágica y, a la vez, heroica a la obra. En 1874, el compositor había perdido completamente la audición debido a la sífilis que padecía. Sin embargo, paradójicamente, este fue uno de sus períodos más creativos. Entre 1874 y 1879, recluido en su casa de campo de Jabkenice, compuso Mi patria, su testamento musical y espiritual.
Smetana había pasado años en el exilio en Suecia (1856-1861), donde había conocido de cerca la obra de Franz Liszt y su concepto del poema sinfónico. Liszt había demostrado que la orquesta podía narrar, describir, evocar, sin necesidad de palabras. Sus obras programáticas, como Les Préludes o Mazeppa, habían abierto nuevas posibilidades expresivas. Si el compositor húngaro había creado el formato, Smetana lo llenaría de contenido específicamente checo. Los poemas de Liszt a menudo se basan en ideas filosóficas abstractas o en poesía extranjera. El Moldava, en cambio, está profundamente enraizado en la topografía, la historia y la mitología checas. Aunque Smetana no cita melodías populares literalmente, la influencia de la música folclórica checa es evidente. De ella absorbe su espíritu: los ritmos de polca, los giros melódicos modales, las armonías que suenan a la vez arcaicas y frescas.
El ciclo Mi patria fue concebido como una suite de seis poemas sinfónicos: ‘Vyšehrad’ (el castillo legendario), ‘Vltava’ (el Moldava), ‘Šárka’ (una heroína mítica), ‘Z českých luhů a hájů‘ (‘Desde los bosques y praderas de Bohemia’), ‘Tábor’ (ciudad husita) y ‘Blaník’ (montaña sagrada). Dentro de este contexto, El Moldava funciona como corazón lírico del ciclo, la obra más accesible y emotiva, la que más directamente apela a los sentidos.

Un viaje por Bohemia
Dado el carácter programático de la obra, podemos seguir en detalle sus diferentes episodios. Tomamos como referencia la vibrante versión de la Orquesta Filarmónica Checa, dirigida por Jiří Bělohlávek (Decca, 2018).
Las fuentes (0:00 – 1:00)
La obra comienza con una de las ideas más inspiradas de toda la literatura orquestal. Dos flautas dialogan en figuraciones ondulantes, representando las dos fuentes que darán lugar al río Moldava. Estas líneas se interpretan en staccato,con lasnotas separadas. Al principio son frágiles, como hilos de agua, pero gradualmente van ganando cuerpo. Es el nacimiento del río, gota a gota, arroyo a arroyo. Pronto se unen los clarinetes, luego los instrumentos de cuerda en pizzicato (pellizcando las cuerdas). Desde el principio se crea una sensación de movimiento perpetuo. Las semicorcheas fluidas no cesarán durante toda la obra: son el río mismo, el flujo constante que todo lo atraviesa.
El tema principal del río (1:00 – 2:44)
Cuando se presenta el tema principal en Mi menor, asistimos a un momento mágico: el río ha adquirido personalidad. Esta melodía es de una nobleza serena, casi épica, pero también cálida y cantábile. Este leitmotiv está inspirado en la canción italiana Fuggi, fuggi, fuggi da questo cielo, conocida como ‘La Mantovana’. Fue compuesta por Giuseppe Cenci (apodado Giuseppino del Biado) en la primera mitad del siglo XVI. En su época la melodía tuvo mucho éxito y se crearon versiones y traducciones por toda Europa.
En su adaptación, Smetana expresa tensión y relajación mediante la dinámica y la orquestación. El tema se presenta primero en las cuerdas graves, luego asciende a los violines, se amplifica al tutti orquestal y finalmente se repliega de nuevo. Es como contemplar el río desde diferentes perspectivas: a veces lo vemos de cerca, sintiendo su fuerza; otras veces, a distancia, admirando su majestuosidad.
La cacería en el bosque (2:44 – 3:43)
Smetana evoca aquí una escena de caza cortesana en los bosques que bordean el río. El episodio irrumpe con el sonido inconfundible de la llamada de las trompas. La escritura es brillante, con notas pedal que se repiten insistentemente y fanfarrias que evocan la tradición barroca de la música de caza. Las trompas se superponen al flujo constante del río, representado por las cuerdas. Poco a poco, el ritmo se acelera. Los toques agudos de las flautas contribuyen a crear una situación apremiante. Después, la música se va relajando y el río deja atrás a los cazadores.
La boda campesina (3:43 – 5:10)
Tras la caza aristocrática, Smetana nos muestra la vida del pueblo. Una polca rústica en Sol mayor irrumpe con toda su energía popular. Se percibe su alegre y marcado ritmo en 2/4. Este es uno de los momentos más encantadores de la obra. Casi se pueden ver a las parejas danzando alegremente en una pradera junto al río, al atardecer. La orquestación aquí es intencionadamente más ligera, más transparente. Hay un uso juguetón de los vientos, especialmente del oboe y el clarinete, que parecen imitar instrumentos folclóricos. La música se va desvaneciendo gradualmente, como si nos alejáramos de la fiesta. Las últimas notas de la polca se diluyen en el murmullo del río, que retoma su protagonismo.

Las ninfas en el claro de luna (5:10 – 7:36)
El episodio más poético y atmosférico de toda la obra comienza con un cambio drástico de clima. Estamos ahora en la noche. Las cuerdas con sordina y las flautas evocan una escena de ensueño: las ninfas (rusalky, en la mitología eslava) danzando a la luz de la luna sobre las aguas del río.
La armonía se vuelve más cromática, más ambigua. Hay un uso magistral de los trémolos en las cuerdas, esto es, una fluctuación en la intensidad manteniendo la altura de las notas. Las figuraciones ascendentes del arpa y las maderas sugieren lo etéreo, lo sobrenatural. Es el momento más impresionista de Smetana, que anticipa el lenguaje de Debussy y Ravel.
Son destacables, asimismo, los cambios de textura: las capas sonoras se superponen como velos de niebla. Es música que sugiere más que afirma, que evoca un mundo de fantasía y misterio. Y todo sobre el pedal constante del río, que fluye también en la oscuridad.
El Moldava (7:36 – 8:47)
Vuelve el tema principal del río. Se escuchan todas las secciones que escuchamos en la primera presentación del leitmotiv, pero sin ninguna repetición. Los toques de metales representan las ruinas de los imponentes castillos que en el pasado se encontraban en las riberas del río.
Los rápidos de San Juan (8:47 – 10:03)
El río, que hasta ahora había fluido tranquilo, encuentra un obstáculo: los rápidos de San Juan (Svatojánské proudy), bajo el Castillo de Vyšehrad, en Praga. La orquesta estalla en un tutti furioso. Las escalas cromáticas descendentes en las cuerdas, las figuraciones vertiginosas en las maderas, los golpes secos de los metales y la percusión generan la impresión de agua que choca con las rocas. Es el momento de mayor tensión dramática de la obra.
El río supera el obstáculo con determinación y pronto recupera su curso majestuoso. Hay aquí una metáfora implícita sobre la nación checa, capaz de superar adversidades y de encontrar su camino.
El Moldava en su máxima anchura (10:03 – 10:30)
Tras los rápidos, el río emerge triunfante. El tema principal regresa ahora en Mi mayor con toda la orquesta en fortissimo. El cambio de modo menor a mayor es tremendamente efectivo. Este es el clímax emocional de la obra, el momento de máxima expansión lírica. En esta sección, las cuerdas cantan la melodía con amplitud romántica; los metales añaden peso y nobleza; los vientos aportan color. Es una sonoridad densa, rica, casi wagneriana en su intensidad, pero sin perder nunca la transparencia de textura característica del estilo de Smetana.
Llegada a Praga y desembocadura (10:30 – 12:00)
En el final de El Moldava se cita el tema del primer poema sinfónico del ciclo, Vyšehrad, mientras el río pasa junto a las ruinas del legendario castillo. El tema, con predominio de los metales, es solemne y arcaico, y evoca siglos de historia. Esta conexión aporta unidad estructural y da coherencia al ciclo completo. En este sentido, funciona como un recordatorio de que el Moldava es también un río de memoria, que ha visto el nacimiento y la caída de reinos.
La obra concluye con el río alejándose majestuosamente hacia su confluencia con el Elba. El tema se repite una última vez, disminuyendo gradualmente en dinámica y ralentizándose. Las últimas notas son como un suspiro de satisfacción: el viaje ha concluido. El río ha cantado su canción.
Renovación del poema sinfónico
El Moldava representa varios logros significativos en el contexto de la música del siglo XIX. En primer lugar, demuestra que el poema sinfónico lisztiano podía adaptarse a propósitos nacionalistas sin perder sofisticación técnica. Smetana describe lo local sin renunciar a la complejidad estructural y a la riqueza orquestal. La obra es específicamente checa y, simultáneamente, evoca sentimientos universales.
En segundo lugar, destaca la claridad de su arquitectura formal. El Moldava mantiene una coherencia orgánica gracias a la presencia constante del ‘pedal de agua’, figuraciones fluidas en las cuerdas que todo lo unifica. Esta idea del ostinato líquido sería posteriormente explorada por compositores como Sibelius o Vaughan Williams en sus propias evocaciones fluviales.
La orquestación es otro punto fuerte. Smetana logra una paleta de colores extraordinariamente variada con medios relativamente económicos. Utiliza una orquesta sinfónica estándar de finales del XIX, sin excesos en la sección de percusión ni instrumentos exóticos. La habilidad está en cómo usa estos recursos: el diálogo inicial de flautas, el uso atmosférico de las sordinas en las cuerdas, los trémolos y armónicos que crean texturas etéreas. Cada episodio tiene su propia sonoridad distintiva.
Con respecto al tema principal, Smetana creó una de las grandes melodías del Romanticismo. Su capacidad de ser a la vez noble y accesible, sofisticada y popular, ha asegurado su pervivencia.
Símbolo de identidad nacional y resistencia
El poema sinfónico El Moldava fue compuesto en 1874 y estrenado en Praga el 4 de abril de 1875, bajo la dirección de Adolf Čech. La recepción inicial fue entusiasta, especialmente en la capital, donde la obra se convirtió rápidamente en un símbolo de identidad nacional. El estreno completo de Mi patria en 1882 consolidó a Smetana como el compositor nacional checo por excelencia. Con el paso del tiempo, El Moldava comenzó a programarse internacionalmente no tanto como curiosidad exótica, sino como pieza fundamental del repertorio romántico. Su melodía principal ha tenido una vida propia, y ha sido adaptada y citada en innumerables ocasiones.
Durante el siglo XX, la obra se convirtió en símbolo de resistencia. Bajo la ocupación nazi, interpretar Mi patria era un acto de desafío silencioso. Durante la Primavera de Praga en 1968, cuando los tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia, las radios checas transmitieron El Moldava repetidamente como forma de protesta. La música que Smetana compuso en el silencio de su sordera se había convertido en la voz de todo un pueblo. El compositor no describió simplemente un paisaje: conjuró un mundo perdido, una Bohemia ideal que quizá nunca existió pero que necesitaba existir en la música. Smetana creó una obra de luz y movimiento. El Moldava seguirá fluyendo mientras haya oídos para escucharlo y corazones para conmoverse con su canto.



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