En sus interpretaciones, el guitarrista Adrián Baratech tiende puentes entre la música del siglo XIX, la creación contemporánea y el flamenco. Para ello, complementa su trabajo con la guitarra tradicional con el uso de una guitarra romántica, cuya sonoridad y repertorio han quedado plasmados en el disco Romanticismo meridional.
Por Manuel Pacheco
¿Cómo entraste en contacto con el mundo de la guitarra?
En mi primer acercamiento yo tendría quizá 2 años. Apareció por casa una guitarra de mi madre y tengo el recuerdo de ponerla en vertical y estar aporreándola. Mis padres tenían un disco de Narciso Yepes (es un tópico entre los guitarristas decir esto) y yo quería tocar todo eso que escuchaba. Desde pequeño fui a clases de música, y con 6 o 7 años mi madre me quiso apuntar a piano y yo no quise entrar a la clase ni a probar, porque decía que quería tocar la guitarra.
¿Qué pasos diste desde ese momento en tu formación?
Empecé en una escuela de barrio, y allí tuve un profesor muy bueno, Jorge Maletá, que me metió el gusanillo de la guitarra. Luego entré en el Conservatorio Profesional de Música Arturo Soria, y mientras estaba con ello empecé Ingeniería de Caminos y estuve tres años compaginando las dos cosas. Poco a poco fui dejando todo lo que iba haciendo salvo la guitarra, que era lo que nadie esperaba que escogiera, y hubo un día en que dije a mis padres ‘no puedo más’, y me decidí por el instrumento. Hice pruebas para el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid porque quería estudiar con Miguel Trápaga, y allí pasé cuatro de los mejores años de mi vida. Durante ese tiempo también entré en la pista de Lorenzo Micheli, con el que luego estudié un máster de interpretación y pedagogía en Lugano (Suiza) que me permitió salir un poco más curtido para la profesión.
Además de la guitarra española tradicional, en tus conciertos también te acompaña una guitarra romántica. ¿Qué diferencias hay entre ambos instrumentos, y cómo llegaste a incorporar esta última en tu repertorio?
La guitarra romántica que toco es una interpretación historicista que hizo José Ramírez III, el abuelo de los actuales lutieres de Guitarras Ramírez, basándose en los instrumentos del siglo XIX que tienen ellos de colección. Incorpora algún elemento de la guitarra moderna, con lo cual suena un poco más que una de esa época, y también tiene un clavijero mecánico y no de madera, que permite más precisión. Además, tolera tensiones distintas, puedo tocar con ella a 432 pero si hace falta tocar a 440 lo aguanta también.
Siempre he tenido muy buena relación con Guitarras Ramírez, desde los 16 años me he pasado el día en su taller probando. Hubo un momento, en torno a 2015, en que Amalia Ramírez me dijo que les gustaría que tocara un instrumento fabricado por ellos y me dejaron una guitarra que estuve probando en el máster. Cuando fui a darles mi opinión les comenté que había visto ese modelo de guitarra romántica que tenían y que no sabía si era algo que podían hacer. Con Lorenzo Micheli profundicé en la música del XIX y vi que hay un gran terreno para investigar; creo que hay obras que están olvidadas con razón, pero hay otras que son muy buenas y no se conocen. A Enrique, el jefe del taller, le pareció un reto. Tuvieron problemas porque se les inundó el taller mientras la hacían, y la primera tapa armónica la tienen colgada porque no sirve, se empapó y hace balsas. Pero a la segunda lo consiguieron, y en cuanto la probé me di cuenta de lo buen instrumento que era.
¿Es posible tocar todo tipo de repertorio en ambas guitarras, o mantienes programas separados para cada una de ellas?
Cada vez que preparo un programa con las dos suelo hacer la parte del XIX con la romántica y la parte del XX con la actual. Pero, por poner un ejemplo, en octubre tendré un concierto en el que me han pedido repertorio del XIX, pero adaptado al flamenco, y tocaré un garrotín (un palo flamenco) de Sabicas con la guitarra romántica. Históricamente tiene sentido, porque es en este siglo cuando la guitarra empieza a acompañar al cante y al baile. Hay compositores como Julián Arcas, Tomás Damas o Antonio Jiménez Manjón que tienen obras que están a caballo entre lo clásico y el flamenco. Me acuerdo de una ocasión en el taller de Ramírez en la que toqué alguna de estas obras y estaba por allí Victor Monge ‘Serranito’, que es toda una referencia —como si el flamenco hubiese tomado forma y viniera a hablar contigo—, y me dijo ‘niño, esto que has tocado es clásico, pero podría ser flamenco perfectamente’.
En 2023 lanzaste tu primer álbum, Romanticismo meridional. ¿Cómo se gestó este proyecto y qué repertorio incluye?
Las investigaciones sobre el XIX empezaron, como digo, en la época del máster, sobre 2016 o 2017. Por otro lado, tengo un buen amigo, Javier García Verdugo, que tiene una discográfica con la que ha grabado a guitarristas de primer nivel, y un día me puse en contacto con él para proponerle un programa en esta línea. Esto fue justo antes de la pandemia, el proyecto se pospuso más de dos años, pero finalmente pudimos sacarlo adelante y fue todo bastante rápido.
El disco incluye música no tan conocida de la época escrita por compositores españoles, italianos y franceses, el ‘otro Romanticismo’, el que se sale del centroeuropeo. Hay figuras más famosas en el mundo de la guitarra como Napoleón Coste o Mauro Giuliani, pero luego hay otros muy desconocidos como Antoine de Lhoyer o Marco Aurelio Zani de Ferranti, que tienen piezas muy bien escritas y que el público recibe muy bien. Por la parte española están Dionisio Aguado, José Ferrer o José Brocá, que son compositores e intérpretes que fueron maestros unos de otros y que forman parte de esa genealogía que luego desemboca en la escuela española de la guitarra, Francisco Tárrega y, posteriormente, Miguel Llobet o Andrés Segovia. Tengo esta pequeña cruzada personal de ir poniendo a mi alumnado piezas de estos autores para ayudar a darlos a conocer.

Pasados dos años, ¿cuál dirías que es el recorrido de un disco una vez publicado y presentado? ¿Cómo evalúas su trayectoria, y qué impacto ha tenido en tu actividad posterior?
A nivel de ventas es un desastre, no se venden discos. Pero para todo lo demás, me ha abierto muchas puertas. En plataformas digitales sigue funcionando y, sobre todo, es una gran carta de presentación. He podido acceder a festivales y conciertos que creo que sin el disco no podría haber hecho. Creo que sigue siendo importante para los músicos grabar porque es una manera de mostrar lo que haces, de decir ‘trabajo con este nivel de seriedad’. A día de hoy hay alguna cosa que tocaría distinta, pero sigo contento con el resultado. Es difícil escucharse a uno mismo, porque eres más crítico que nadie, pero con el tiempo también vas aprendiendo a hacer ese ejercicio.
¿Hay algún proyecto o repertorio que querrías plasmar en un nuevo álbum?
Hay un proyecto en ciernes que cuenta con mucho interés por parte de una orquesta de música historicista y su director. Tenemos una reunión dentro de poco, es un proyecto ambicioso con una obra muy especial que esperamos poder grabar de manera próxima.
Centrándonos en tu actividad concertística, el pasado mes de agosto visitaste el Mediterranean Guitar Festival de Cataluña, y este mes de octubre regresas al Festival Internacional de Guitarra de Vallirana. ¿Qué programas has llevado para estos compromisos?
En agosto toqué en dos localidades de la provincia de Girona, en dos iglesias que potencian el sonido de la guitarra. Estrené una obra que Juan Erena me dedicó, y al escuchar la grabación de su pieza con la reverberación del sitio me decía que sonaba a ‘guitarrórgano’. El programa unía música del XIX con el siglo XX latinoamericano, con la pieza de Erena hacía de nexo. Ahora en octubre toco el programa de Romanticismo meridional, pero me han pedido que lo adapte hacia el flamenco, porque este año hacen un homenaje a Sabicas. He metido lo que más suena a música española y he incluido cosas nuevas de Julián Arcas o el garrotín del propio Sabicas que he mencionado antes.
¿Qué otros proyectos te depara el 2026?
Hay uno que me hace mucha ilusión que es con Miguel Lara, un bailarín que hace baile español, pero desde la formación clásica. Vamos a hacer música española del siglo XIX con sonoridad flamenca. Es un repertorio que hemos empezado a trabajar en septiembre. También repetiré el Romancero gitano de Mario Castelnuovo-Tedesco con la Schola Cantorum de Alcalá de Henares, que ya hicimos el pasado junio y que es una de las grandes obras escritas para coro y guitarra. Finalmente, tengo varios proyectos de música de cámara, este año me apetece centrarme en ello. Tengo un dúo con un flautista, y recientemente he hablado con un laudista cubano con el que también quiero sacar algo adelante.
Compaginas tu presencia en los escenarios con la docencia, y también ofreces una perspectiva muy didáctica en tus conciertos. ¿De qué manera se retroalimentan estas dos facetas?
Es un tópico, pero dando clases se aprende mucho. Para poder explicar al alumnado cómo funciona un mecanismo, o algún concepto teórico musical, tengo que reflexionar antes sobre ello. Esto te ayuda a que cuando estás tocando en un concierto eres más consciente de por qué haces lo que haces, y te ayuda a estar más concentrado y más presente. Por otro lado, muchas de las clases que doy son a niños, y tienes que aprender a explicar conceptos complejos de forma sencilla, y es algo útil también cuando presento el repertorio al público. No solo porque conozcan el repertorio, sino porque no me gusta la imagen del músico como un ente aparte; somos personas como las que están sentadas escuchando, y si puedo ayudar a que disfruten más y la relación sea más cercana, mucho mejor. La gente llega después del concierto y lo agradece, ‘es verdad esto que has dicho, lo he escuchado aquí y aquí’. Tener más información te ayuda a concentrarte más en lo que escuchas, de otro modo es fácil dejar de prestar atención.
Mantienes un perfil muy activo en redes sociales. ¿Crees que son una herramienta indispensable para un músico clásico del siglo XXI, o las consideras más bien como un complemento para promocionar tu actividad?
Antes pensaba que podías pasar de ello, pero cada día me voy dando más cuenta de que no. Queramos o no, las redes sociales forman parte de lo que hacemos, y hay que mantener un perfil activo para estar en la conversación. Vivimos en una época determinada por la tecnología, y tenemos la posibilidad de acercar la música a la gente de una manera muy fácil, están en su salón o en su cama y pueden escuchar lo que haces. Lo veo también en músicos afianzados, con cuentas en redes muy activas y miles de seguidores. A mí me han salido conciertos y colaboraciones por este medio, realmente funciona. Es tedioso pensar qué subes, cómo lo subes, y de algún modo supone una pérdida de tiempo, pero he llegado a un equilibrio en el cual, si me tengo que grabar, me lo tomo como un momento de estudio. Cuando la cosa cambie, estaré encantado de dejarlo [risas], pero de momento es una parte más del trabajo.










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