La trayectoria como barítono de Ferran Albrich se ha visto impulsada desde 2019 con su participación en el Concurso Primer Palau y su premio en el Concurso Juventudes Musicales de España. Su voz versátil le ha permitido participar en proyectos que abarcan desde música antigua y ópera barroca hasta repertorio contemporáneo, y su interés por la canción de concierto se ha visto certificado con el lanzamiento de álbum Recuerdo de un poeta, un homenaje a Joan Margarit.
Por Manuel Pacheco
Tus primeros estudios musicales fueron como violonchelista. ¿Cómo te introdujiste en el mundo del canto?
Empecé a estudiar música con tres años porque a mi madre le recomendaron que me apuntara a la escuela de música del pueblo. Allí estaba Eulàlia Subirá de profesora de violonchelo, que trabajaba con el método Suzuki. El recuerdo que tengo de ese periodo es el instrumento, con las clases grupales que van asociadas al método, y el canto coral, que en ese momento lo impartía Josep Vila.
Cuando me fui a estudiar el grado superior de violonchelo a Detmold (Alemania) se me ofreció la posibilidad de dar clases de canto como tercer instrumento (el segundo era piano). A raíz de ello, entré en el coro de la Hochschule, donde tomé contacto con grandes obras que, para mí, eran desconocidas desde el punto de vista de la voz.
¿Qué circunstancias te llevaron a decidirte por esta trayectoria vocal?
A los 21 o 22 años tuve una lesión que me apartó del chelo durante unos cinco meses, y mi profesor de canto y la directora del coro me propusieron entrar al superior de canto. Esto me devolvió un poco a los escenarios y a la actividad musical, aunque al principio de manera inocente; no tenía ninguna intención de ser cantante. Desde que finalmente acabé el grado superior de violonchelo, y hasta los 29 años, cuando decidí dejar el instrumento, estuve trabajando como violonchelista: estuve en la Fundación Barenboim dando clases, me fui a Los Ángeles a hacer un posgrado y trabajé con varias orquestas españolas.
Pero, después de la lesión, mi relación con el instrumento había cambiado y no terminaba de sentirme cómodo. Al empezar a tener algunos compromisos con coros profesionales me di cuenta de que era algo que me divertía más que el chelo, y comencé un divorcio lento que me fue llevando por otro camino. Eso sí, nunca pensé en ser solista; el coro me daba un sentimiento de comunidad que me resultaba muy agradable.
El año 2019 supone un punto de inflexión en tu carrera lírica con tu participación en diversos programas y concursos. ¿Cómo viviste este periodo?
A los 29 años acabé el grado superior de canto en el Conservatorio del Liceu, y ahí empezaron a pasar cosas: me presenté al Concurso Primer Palau, me cogieron para la Academia de la Schubertíada (ahora se llama Lied the Future), gané el segundo premio del Concurso de Juventudes Musicales de España… Todo esto me dio a entender que había algo más, y finalmente tomé la decisión de aparcar el chelo y probar. Y probé, pero en el año antes de la pandemia [risas]. Poco a poco, me empezaron a llegar otro tipo de proyectos: Carlos Mena me llamó para darme oportunidades; la Schubertíada y su exdirector, Víctor Medem, confiaron mucho en mí y me propusieron diversas cosas.
En tu repertorio llama la atención la diversidad de estilos que abordas: música antigua, canción de concierto, obras sinfónico corales o incluso ópera. ¿Dirías que es algo motivado por tu formación paralela como instrumentista?
Cuando tocas un instrumento no hay límites ni de repertorio ni de estilo. En el canto es distinto por un simple hecho de fisiología, pero cuando llegas desde un instrumento es algo un poco difícil de entender. Mi primera actividad profesional en el canto, por diversas razones, fue en el mundo de la canción poética, y buena parte de ello se debe a que es en realidad un dúo de cámara. Como instrumentista es algo muy cercano, es una formación con la que me siento muy cómodo porque es como estar en casa.
El repertorio sinfónico coral o el oratorio han sido el segundo paso porque los requisitos vocales son mayores. Me sigue resultando familiar, porque antes de haber interpretado como solista El Mesías o las pasiones de Bach ya he tenido oportunidad de haber tocado la parte de orquesta y haber cantado en el coro. Esto me da seguridad a la hora de ponerme al frente.
La ópera ha llegado más tarde, y creo que está bien. Es un camino que me está resultando bastante natural, porque lo que demanda cada uno de los repertorios a nivel técnico y físico es distinto. En la ópera estoy entrando lentamente con buenos guías: empecé con repertorio barroco en Italia o Austria, y esto me dio oportunidad de demostrar versatilidad al plantearme toda una paleta de colores para usar. Este año, con Las bodas de Fígaro, he tenido la primera oferta de rol importante aquí en España, y esto ha abierto otras puertas tanto en el ámbito laboral como en el personal.
Quiero recuperar lo que has indicado sobre el repertorio barroco para saber tu relación con el mundo de la música antigua y el lugar que ocupa en tu trayectoria.
En el canto se tiende a hacer ‘cajitas’: tú eres de este ámbito, tú de este otro… A veces he confundido a la gente que piensa de esta manera, porque creo que yo no soy eso. Es una suerte, pero quizá también un inconveniente [risas]. En el caso del Barroco, hay un tema de flexibilidad, de capacidad de adaptación. Un cantante más orientado a ópera del siglo XIX no necesita tanto de esto; en la ópera barroca, aunque hay cánones y son igual de exigentes, tu libertad para elegir lo que hacer en cada momento es mucho mayor. Además, en el caso de un registro de barítono o bajo, la vocalidad no está tan acotada: canto de manera similar un programa de Scarlatti o Caccini y uno de Haydn o Mozart.
Es un repertorio que se me da bien y que me lo paso bien haciendo. No sé hasta cuándo se puede alargar porque es verdad que la voz va cambiando. Ahora que acabo de interpretar la Pasión según San Mateo de Bach junto a la Orquesta y Coro RTVE me he dado cuenta de que, de un año a esta parte, mi voz es muy distinta.
Hablando de versatilidad, la última vez que compartiste escenario con la OCRTVE fue para ofrecer una gala con música de Wagner y Verdi. ¿Cómo ha sido este regreso para interpretar a Bach?
Es la primera vez que interpreto esta obra como solista. De nuevo, es una cuestión de suerte, del trabajo que vas haciendo y las personas que te acompañan. De repente te llegan este tipo de ofrecimientos, como cuando Christoph König me invitó el curso pasado para cantar el número final de Hans Sachs de Los maestros cantores de Núremberg con la ORTVE. Mi primer pensamiento fue ‘no’, pero fueron ellos los que me convencieron insistiendo en mi trayectoria y mi manejo del idioma, y acabó siendo un descubrimiento personal increíble.
Cuando me ofrecieron la Pasión según San Mateo pasó un poco lo mismo, pensaba en cómo pasar de Wagner a Bach, pero en realidad la manera de cantar a ambos autores se parece mucho. Cuando acepté pensaba en cómo adaptar mi vocalidad a la obra, pero las partes de Jesús que interpreto no dejan de ser un recitativo accompagnato en el que debes expresar las cosas a tu manera, y las arias se disfrutan muchísimo. En mi caso, prácticamente cada obra que canto es un debut, y voy descubriendo mi voz junto con el repertorio.
En estas fechas, otras Pasiones barrocas te llevarán a visitar la Semana de Música Religiosa de Cuenca y el Festival de Arte Sacro de Madrid. Pero me llama la atención la Pasión de Arvo Pärt que ofrecerás en mayo en Girona. ¿Cuáles son los retos vocales de esta obra?
Esta Pasión es una obra increíble que se hace muy poco por la dificultad, la instrumentación, y porque requiere una formación vocal especial. Más allá del coro, que canta muy poco, la complejidad está en el cuarteto solista, que es en lo que se basa la obra. Para este cuarteto, necesitas contar con unos cantantes muy específicos: con mucha flexibilidad y familiarizados con el canto coral, pero que pueda actuar en un rol solista.
En medio de todos estos compromisos, acaba de ver la luz tu primer álbum en solitario. Recuerdo de un poeta es un homenaje a Joan Margarit que has grabado junto al violonchelista Oriol Prat y la pianista Victoria Guerrero. ¿Cuál es la historia detrás de este proyecto?
Creo que es el proyecto más personal que haré en mi vida. El resultado final ha sido como poner un punto y seguido a mi pasado como cellista, como soltar amarras; es un disco en homenaje a Margarit pero también a mí mismo [risas]. La idea nació en los meses de pandemia que se cancelaba todo. Me vino a la cabeza la figura de Margarit, y pensé que sería bonito juntar sus poemas, que me parecen muy musicales, con un ensemble de cello y piano.
El contacto con la familia lo conseguí a través de Lluís Claret, que fue mi profesor de violonchelo y era muy amigo de Margarit. Tras hacer la segunda Academia de la Schubertíada, fue precisamente la organización la que me preguntó por el proyecto, y financiaron el encargo de las obras en 2022. Fue un ciclo coral, no quería encargar todas las piezas a un mismo compositor porque me parecía una limitación. La familia de Margarit escogió a Albert Guinovart, Lluís Claret escogió a Salvador Brotons y yo elegí a Jordi Domènech. Respetaron mucho los textos, y quedó un ciclo que gustó mucho en su estreno en la Schubertíada de 2023.
Lo que me faltaba por hacer después del estreno era grabarlas y publicar las partituras para que la gente pueda acceder a las obras. Creo que es música que merece la pena y que junta tres elementos que me han acompañado siempre: la voz, el chelo y la música de cámara.
¿Cómo valoras el resultado ahora que por fin se ha materializado en un disco?
El proceso ha sido lento, casi seis años de gestación. Todo el mundo que ha participado en él, toda la gente con la que he contactado, todos han dado lo mejor de sí mismos, que es algo mágico. Los compositores; Victoria, que es mi pianista de dúo habitual; Oriol, que también canta y entiende perfectamente la respiración; hasta la discográfica, que ha hecho un libreto cargado de poesía. Por mí parte, el viaje ha sido muy agradable y rico.
Comentabas que la ópera ha sido tu paso más reciente. A principios de esta temporada participaste en un montaje de Las bodas de Fígaro de Fundació Òpera a Catalunya. ¿Qué relación mantienes con la escena?
Cualquier propuesta profesional que me llega siempre la veo como un desafío. Pero en los primeros proyectos de ópera que hice con títulos de Monteverdi nunca me preocupó la escena; de hecho, me hacía ilusión poder liberarme de la pose de oratorio o de concierto.
Es verdad que cuando el director de la Fundació, Jordi Torrents, me ofreció el papel del Conde de Almaviva de Las bodas…, lo consideré un reto en el sentido de que era el primer proyecto que tenía en casa. Lo bueno es que el terreno vocal no marcó una gran diferencia, lo viví de manera natural, lo que me confirma que los pasos que estoy dando son los correctos.
Para finalizar, ¿qué otros repertorios o formatos te depara esta temporada, y qué puedes adelantarnos de tus compromisos para la próxima?
Este verano vuelvo al Festival Monteverdi de Italia, donde asumiré el rol principal en una de las dos óperas que hacen. También haré un recital en Parma que me hace mucha ilusión y donde cantaré junto a Furio Zanasi, y participaré en un Réquiem alemán de Brahms escenificado. Haré conciertos con el repertorio del disco, y posteriormente llegarán colaboraciones con nuevas orquestas y debuts en nuevos escenarios españoles.
A raíz de las recientes incursiones en la ópera me han llegado otras propuestas de teatros de España que están tomando forma. Siempre teniendo claro que el camino es largo y buscando, desde esa versatilidad que hemos hablado, dónde puedo encontrar mi espacio.









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