La agenda del compositor Joan Magrané se encuentra llena de compromisos para los próximos meses. Además de regresar al ciclo km0 de Ibermúsica con un encargo para el violonchelista Guillem Gràcia, estrenará obras orquestales como la Fantasia concertante junto al Trio Fortuny y la GIO Symphonia, o Tres polifonies a Antoni Gaudí de la mano de la Camerata XXI.
Por Manuel Pacheco
Los días 25 y 26 de febrero podremos asistir al estreno de 7 postludes, un encargo de la Fundación Ibermúsica que sonará en Madrid y Barcelona interpretado por Guillem Gràcia. ¿Qué imaginario sonoro y elementos cabe esperar de esta pieza, encargada por la Fundación Ibermúsica?
La idea de la obra viene del mismo Guillem Gràcia, que además de un gran intérprete es un auténtico artista, con un mundo estético y un pensamiento singular y propio —cosa que es un lujo para un compositor—. Para complementar el programa, con el universo tímbrico de la obra de Saariaho y la polifonía de las piezas de Dall’Abaco, me sugirió imaginar algo de carácter eminentemente expresivo. En cada uno de los siete movimientos se explora la expresividad desde distintos prismas: el canto, la danza, o incluso lo onírico.
No es la primera vez que tus obras suenan en el ciclo km0 de Ibermúsica; el año pasado Anna Urpina (violín) e Inés Moreno (clave) estrenaron Fressa (d’après Béla Tarr). ¿Cómo valoras esta particular programación, que propone conciertos con intérpretes de proximidad y cercanía con el público?
Lo valoro muy positivamente. A esta proximidad con el público, que se traduce en un espacio para escuchar las obras y también comentarlas, se le suma una programación de intérpretes de gran calidad y, como ya apuntaba sobre Guillem Gràcia, con cosas que decir más allá de tocar de manera excelente. El futuro de la llamada música clásica pasa en gran medida, creo, por propuestas y espacios de este tipo.
En los conciertos de este ciclo los compositores intervienen para presentar sus obras al público. En tu experiencia, ¿resulta útil esta introducción para la audiencia? ¿Qué feedback sueles recibir tras un concierto con este tipo de contextualización?
Es cierto que la música ya se vale por sí misma, pero también es muy raro que alguien haga música de una manera totalmente abstracta o alejada de cualquier otra cosa, ya sea otras disciplinas artísticas, otras músicas, la ciencia o la vida misma. Explicarlo ayuda a poder dar algunas pautas de escucha, cosa que cuando se trata de música de estreno siempre es positivo, y también contribuye a que un concierto sea un espacio de enriquecimiento cultural y humano lo más abierto posible.
¿De qué manera influye en tu escritura el hecho de conocer qué músicos en concreto la van a interpretar? Pienso también en el Combat del somni que se escuchará en marzo interpretado por Montserrat Seró y Marta Puig, o la Fantasía concertante que te reunirá en abril con el Trio Fortuny.
Para mí es algo crucial. La experiencia del arte debe ser una experiencia humana, sobre la mesa de trabajo del compositor las notas que vas poniendo no son nada más que un primer paso para aquello que más me llena: el diálogo con los intérpretes, llegar a ver cómo hacen suya la obra y esta crece gracias a ellos mucho más de lo que tú podías llegar a imaginar.
Esto sucede con grandes intérpretes, y yo tengo la suerte de poder trabajar en muy buenas condiciones desde hace ya bastantes años. Además, muchos son amigos, es decir, que gracias a la suma de confianza y respeto se puede ir incluso más lejos. Después también hay elementos más técnicos juegan un papel importante en esta cuestión: conocer cómo toca cierta persona y cómo le gusta tocar, qué música aprecia, qué repertorio va a acompañar tu obra… Todo suma, todo acaba formando parte de la creación.
El diálogo con la tradición musical y cultural —Mompou y Beethoven son tus interlocutores en el caso de las dos últimas obras mencionadas— aparece como un elemento recurrente en tu música. ¿Cómo integras esta reflexión en tu proceso creativo, y cuál es su impacto en el tratamiento sonoro?
Nunca me ha movido el pensar una obra ex nihilo, como si antes no hubiera nada. Me parece incluso un punto pretencioso. Igual que el diálogo con los intérpretes para mí es un motor creativo, también lo es el diálogo con la música que nos rodea y aquella que más me remueve por dentro. Beethoven, como a casi todos, me acompaña desde pequeño. Mompou lo descubrí unos años después y su pensamiento temporal y armónico es un referente continuo. Me ocurre igual con otros: la expresividad directa de Monteverdi, la alquimia tímbrica de Wagner…
Algo semejante propones en Fortuny-Venise, estrenada por la Kansas Symphony Orchestra en abril de 2025 y que rinde homenaje al hijo del pintor Mariano Fortuny. ¿Qué tipo de referentes extramusicales te interesa mantener para tu obra, y cómo ayudan a enriquecer el discurso musical?
Estos elementos y referencias extramusicales son una ayuda sobre todo en el momento de imaginar una obra. Una imagen, un verso o un paisaje pueden darte la pauta para desarrollar ideas sonoras. En el caso de Fortuny-Venise está el sugerente mundo de la Venecia de principios del siglo XX, los canales, la conexión de Fortuny hijo con Proust y con la música wagneriana, la luz…
El pasado noviembre, el Cor de Cambra del Palau interpretó en Hamburgo tu O vos omnes, fechado en 2016, y en mayo el Palau de la Música Catalana acogerá el estreno de Tres polifonies a Antoni Gaudí. ¿Qué espacio ocupa la música vocal en tu obra?
Justamente, el O vos omnes fue una de mis primeras aproximaciones al mundo coral. Siempre he estado muy influido por la polifonía renacentista y ya hace tiempo que intento encontrar mi camino aprendiendo de ella. También aplicando algunos de sus principios a la música puramente instrumental —esa utopía de transformar los instrumentos en voces—, como es el caso de las Tres polifonies a Antoni Gaudí para orquesta de cámara. La voz es el instrumento expresivo por antonomasia, comunicación pura.
Me gustaría terminar con una frase de una entrevista que concediste en 2024 tras recibir el Premio 440 al mejor compositor en los Premis Enderrock: ‘La música antisistema, en la actualidad, es la clásica’. ¿Puedes profundizar en esta idea?
Es una de estas frases que a veces sentimos la necesidad de decir para frenar un poco la inercia general. Hay una visión de la música clásica muy arraigada como música elitista, poco asequible, aburguesada… y hay algo de cierto en esto, evidentemente. Pero hoy por hoy, también es uno de los pocos espacios de silencio y escucha en comunidad que tenemos. Presenta elementos que requieren mucho trabajo, dedicación y amor, y sin necesidad de pasar por una aplicación de móvil. Existen propuestas para todas las edades y economías, con gran libertad y sin una industria demasiado pesada detrás (como sí pasa en otras músicas aparentemente más populares). Si vamos sumando, nos encontramos con que es uno de los mundos más vivos que tenemos.









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