Juan Manuel Cañizares (Premio Nacional de Música 2023), guitarrista de reconocidísima trayectoria, ha forjado una sólida carrera como compositor, explorando con rigor y emoción la fusión entre flamenco y música clásica. Su obra sinfónica y sus arreglos para guitarra revelan una visión profunda, técnica y sensible del mestizaje musical.
Por Susana Castro
Tu faceta como guitarrista es de sobra conocida. Sin embargo, tu trabajo como compositor quizá lo sea menos. ¿Cómo comenzó ese camino?
Comencé a tocar muy temprano. Con poco más de 6 años me pusieron una guitarra en las manos. En mi casa siempre había flamenco porque mis padres eran de Málaga. Cantaban, especialmente mi padre, que era muy aficionado. Había casetes con música de Valderrama, Camarón, Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, etc. Una vez que supe tocar los palos flamencos, con 9 años y antes de entrar al conservatorio, buscaba la manera de aportar algo, de jugar, como si hiciera puzles para divertirme, como niño que era. Tengo grabaciones de esa época con música de mi autoría. Tenía cierto ‘oficio’; cuando componía, no lo hacía en el vacío, sino que el carácter me lo daba el propio palo. Siempre he compuesto con respecto a algo que he interiorizado desde fuera. Creo que la tradición es muy importante y considero que haber aprendido el flamenco en casa y en la calle me da canales emocionales a través de los cuales puedo expresarme a mi manera.
Algunos de tus primeros arreglos incluyen parte de la suite Iberia de Albéniz para tres guitarras, un encargo de Paco de Lucía, ¿cómo fue esa experiencia?
Estando de gira en Italia en el año 91 con Paco, me contó que iba a grabar el Concierto de Aranjuez. Por aquel entonces se editaban discos de dos caras y él estaba buscando una música que casara con esa obra para incluirla en la cara B. Me preguntó si me apetecería hacer la transcripción de Iberia y le dije que nunca lo había hecho, pero que podía intentarlo. Fue un trabajo muy difícil, que hacía mientras viajábamos en el coche de una ciudad a otra, sin tiempo para ensayos, escribiendo sobre la guitarra en el asiento de atrás. Por suerte, he podido escuchar siempre la música en mi cabeza. Fue una experiencia extraordinaria. Aprendí mucho y me di cuenta de que podía hacer estos trabajos.
En esa ocasión hice la transcripción de Triana, El Albaicín y El Puerto, pero me picó el gusanillo y decidí hacer los arreglos para dos guitarras de todas las piezas y grabar mi propio disco. Así surgió Albéniz por Cañizares y otros discos que vinieron después, en los que abordo la obra de diferentes compositores: Falla, Granados, Rodrigo y Scarlatti. Ahora estoy con Turina, trabajándolo poco a poco.
¿Cuándo decidiste adentrarte en la composición sinfónica?
Es un mundo que siempre me ha dado mucho respecto. Se necesita mucha técnica para orquestar. Estudiar en el conservatorio, para mí, fue fundamental; adquirí muchísimo conocimiento. Se fue asentando en mí a través del tiempo, y, llegado un momento, tuve la gran oportunidad de que, gracias a Josep Pons, me encargaran la composición de un concierto para guitarra y orquesta: el Concierto Al-Ándalus, a la memoria de Paco de Lucía. Grabé todas las líneas posibles con la guitarra y confié en Joan Albert Amargós para los arreglos.
Amigos como Mauricio Sotelo o David del Puerto ya me habían animado a atreverme con la composición orquestal. Le pedí a David que me diese clases [risas] y empezamos inmediatamente. Fue muy generoso conmigo.
En tus obras logras una fusión orgánica entre flamenco y orquesta. ¿Cómo abordas esa integración?
Como puedo [risas]. Cuando has estudiado música clásica, sabes que hay ciertas cosas que vienen limitadas por el propio instrumento. Uno no orquesta para los instrumentos en sí, sino para los instrumentistas, que son los que van a tocar. Aunque hay cosas que, en los libros, están muy bien, luego, en la práctica, no funcionan: falta tiempo de ensayos y surgen cuestiones extramusicales. Esto siempre lo tengo muy presente. Me gusta hacer las cosas bien, pero soy una persona práctica. Me pongo en la piel del músico y pienso en qué me gustaría ver en el pentagrama si yo fuera el intérprete. Pienso en las posibilidades que tengo dentro de cada estilo y en su carácter, lo que me permite ir hilvanando las ideas. Para mí, la orquestación no conlleva poner muchas notas, sino tener claro qué articulación debe llevar cada instrumento, en qué registro está y qué puede hacer en él, y aplicar cuestiones prácticas que funcionen. La música que yo hago no supone escribir muchas líneas para cada instrumento.
¿Cuáles son los principales retos de integrar el flamenco en el lenguaje sinfónico?
El flamenco es una música muy rítmica, por lo que todo tiene que estar perfectamente encajado. Tengo que pensar en qué puede tocar cada instrumento para que el ritmo siga encajando, y que la digitación permita la precisión. Esta dificultad existe cuando compones flamenco y quieres que tu música suene con carácter.
¿Hay espacio para la improvisación o el ‘duende’?
Un compositor pasa mucho tiempo pensando en cada una de las notas que componen una partitura. Cada vez que coloca una nota, esta tiene que estar bien ubicada en la vertical, desde el piccolo hasta el contrabajo. No puedes improvisar; está todo pensado. Es una de las características que cada día me gustan más de la música: el pensamiento tiene que estar equilibrado con la emoción. Si solamente te dejas llevar por la emoción, te puedes quedar falto de oficio para realizar este tipo de trabajos. Tienes que emocionarte, sí, pero controlando hacia dónde vas y qué puedes hacer por ese camino. Es la forma en la que puedes conseguir que la música sea lo más auténtica posible. Es tu firma, y queda ahí para siempre. El ‘duende’ debe surgir por otros derroteros, en el intérprete, que matiza una nota, pero esa nota ya está escrita.
Concierto Al-Ándalus está dedicado a Paco de Lucía. Más allá del homenaje, ¿cómo te ha influido su figura?
Paco de Lucía también ha sido un hombre que ha pensado todas las notas. Por mucha inspiración que haya tenido, ha encauzado todas esas notas con pensamiento, porque de otra manera no hubiese compuesto lo que ha puesto y con ese sentido. Siempre diferencio entre el significado y el sentido, precisamente por mi otra faceta, la de profesor.
He tenido la gran suerte de criarme en una familia andaluza. Teníamos pocos medios, por lo que conozco pocas cosas, pero las pocas que conozco te aseguro que las conozco a fondo. De niño, cogía los casetes y me peleaba con la guitarra hasta que conseguía dar con la nota precisa. Le echaba muchísimas horas. Para mí los valores son importantes, y el valor de la belleza, que descubrí en esos discos, me llevó a aprender este oficio. No lo hacía por fama, ni por dinero: lo hacía porque era feliz. Me permitía expresarme, interpretar.
Fue una escuela impagable. He tenido muy buenos maestros indirectos. Mi hermano, que me lleva nueve años, me enseñó los rudimentos. Pero llegó un momento en el que me dijo que ya no podía enseñarme más, y ahí empecé a buscarme la vida. Esto me llevó a entender el flamenco desde dentro. Si me hubieran dado una partitura con un solo de guitarra de Paco de Lucía, no habría llegado a esta profundidad de entendimiento.
Desde 2003 eres docente en la ESMUC. ¿Cómo trasladas a tus alumnos esa sensibilidad por lo híbrido sin que se pierda la esencia del flamenco?
Cuando mis alumnos me enseñan música que han compuesto, la escucho con mucha atención. Tengo que darles mi opinión y no quiero equivocarme. Si les indico que vayan en una dirección es porque yo ya he recorrido antes ese camino. Es una gran responsabilidad y no sería ético no tomármelo en serio.
Por ejemplo, si me tocan una soleá, veo que quieren hacer tantísimas cosas que se pierde la esencia de la soleá. Como algo experimental está bien, pero si un estilo pierde su carácter, deja de ser ese estilo. Y no hablo de pureza, hablo de carácter.
Por otra parte, a los guitarristas trato de hacerles entender que cualquier música que interpreten no está en la partitura. La partitura es un mapa, pero tú tienes que recorrer el camino, un camino interior que tiene que nacer de ti, y que es el que te da la libertad.
El proceso creativo implica un diálogo: en función del material que un compositor te entregue, tú te expresarás de una u otra forma. Tú, como intérprete, tienes que sentirte vivo. Hacer que, aunque ese material sea exterior a ti, se convierta en interior para darle esa libertad a lo que me refiero. No la libertad de hacer lo que quieres en tu instrumento, sino la libertad de recrear la obra.
Para mí ese es el verdadero interpretar, y el verdadero componer: escuchar en diálogo lo que creas, que te da la guía para seguir.
Has compuesto para cine, danza y, más recientemente, para natación artística. ¿Qué te ha llevado a embarcarte en estos retos?
Aprender. Siempre me ha interesado mucho aprender, me sigue interesando y seguiré así hasta el final de mis días. El pensar no se puede parar, siempre está contigo, y si ese pensar está enfocado hacia algo que para ti es valioso… ¡Cómo no va a ser valioso componer para el equipo olímpico de natación artística! ¡Cómo no va a ser valioso componer para una película! Aprendes muchos enfoques diferentes con estos trabajos. Me encanta ver cómo se expresan otras artes y otros músicos.
Me vine a Madrid con 18 años y era músico de estudio. Me llamaban continuamente de televisión porque necesitaban músicos que supieran leer partitura. Estaba todo el día en el estudio con los auriculares puestos. Aprendí muchísimo porque todo era en directo, sin tiempo de ensayo: partitura, claqueta y todos a una. Toqué música para documentales, aprendí de los arreglistas qué tipo de instrumentación funcionaba mejor para cada época, y ese aprendizaje lo estoy usando ahora.
Todo tiene un sentido si tiene un contexto, si no, todo es flotante, como una cometa sin toma a tierra; puedes volar, pero si tienes contacto a tierra.
Creo que es importante aprender bien el oficio porque te facilita el trabajo, te permite ser libre con sentido. Si conoces las reglas, te las puedes saltar.
Tu relación con el cine no solo ha sido fructífera desde el punto de vista de la composición, sino que también has estado delante de la cámara. Tu última aparición ha sido en la película documental Amores brujos, de Lucía Álvarez.
Estoy muy contento de formar parte de esta película porque reivindica la figura de María Lejárraga como autora de los libretos de Manuel de Falla. No tenía conocimiento de esto, y es importante que se ponga el acento en ello: dar a cada persona el mérito que tiene, independientemente de su género.
La película aporta un contexto histórico sobre la relación que tenían Lejárraga y Falla, cómo nacían las obras que escribieron juntos. Se aprecia cómo los nacionalistas observaron una serie de valores en el flamenco que quisieron incorporar a sus obras, elevándolo de plano.
En la película interpreto Homenaje a Debussy, la única obra que Falla compuso para guitarra, en la que introduce la cadencia andaluza. También interpreto Farruca, precedida de una composición mía con la que quiero devolverles el gesto que ellos hicieron a los flamencos, siempre con respeto.
¿Qué proyectos te mantienen ocupado actualmente?
Estoy trabajando en dos discos en paralelo. En uno de ellos quiero centrarme en la música flamenca de los 70, pero como yo la veo y la he vivido. No había ni cajón ni palmas: era la guitarra pura. Es una forma de seguir componiendo para guitarra sola. Expresarme únicamente a través de una guitarra es muy bonito. El otro disco incluye música de la que estoy haciendo ahora, que es mucho más abstracta.
Por otra parte, quiero dedicarme mucho a la música sinfónica. Estoy trabajando en dos encargos. Siempre con la idea de entreverar la música clásica y la música flamenca. Ya me lo decía David del Puerto: ‘tú estás componiendo cualquier cosa y siempre está detrás el modo frigio’ [risas]. Creo que es el terreno en el que más puedo contribuir a la música.









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