Desde su estreno en 1918, la suite orquestal Los planetas, opus 32, de Gustav Holst, ha trascendido el ámbito de la música clásica para incrustarse profundamente en la cultura popular. Concebida no como una mera descripción astronómica o un ejercicio de mitología clásica, sino como una meditación astrológica y filosófica, la obra refleja la grandeza de un compositor que supo abrazar la vanguardia sin perder la raíz de la tradición musical inglesa.
Por Fernando Nieto
Holst: entre el nacionalismo y el misticismo
Gustav Holst (1874-1934) y su amigo Ralph Vaughan Williams (1872-1958) se convirtieron en los líderes de la nueva escuela nacionalista inglesa a principios del siglo XX, siguiendo la estela de Edward Elgar. Holst fue alumno de Charles Villiers Stanford, un pilar del Renacimiento musical inglés fiel a la tradición brahmsiana. Sin embargo, tanto Holst como Vaughan Williams se distanciaron de la rigidez académica y asimilaron influencias tan dispares como la música folclórica inglesa, los madrigalistas y las arriesgadas orquestaciones de Stravinski y Schoenberg.
De joven, Holst perteneció al Hammersmith Socialist Club, cuyo coro dirigió. El club defendía un socialismo gradualista y reformista, basado en la educación, el debate intelectual y la acción política democrática. Holst adoptó la idea de que el arte debía estar disponible para todos. Esto se materializó en su trabajo en el Morley College, donde, entre 1907 y 1924, enseñó predominantemente a estudiantes de clase trabajadora, con quienes preparó la primera interpretación moderna de The Fairy Queen de Henry Purcell.
Luchó por hacerse un nombre como compositor, mientras dedicaba gran parte de su tiempo a la enseñanza. Era además trombonista profesional, lo que le permitió un profundo conocimiento de la orquesta. Compuso obras escénicas, corales y orquestales, además de piezas para banda. Su música se interpretaba con frecuencia, aunque con éxito irregular.
Simultáneamente, Holst se sumergió en el misticismo oriental. Su aprendizaje autodidacta del sánscrito, que emprendió para traducir textos religiosos indios, culminó en obras como la ópera de cámara Savitri. Durante unas vacaciones en España, en 1913, el escritor Clifford Bax (hermano del compositor Arnold Bax) le introdujo en la astrología, muy en boga entre las corrientes modernistas. Holst quedó cautivado por el simbolismo de los cuerpos celestes, que veía como arquetipos de la experiencia humana. Este interés por lo trascendental y lo esotérico fue el caldo de cultivo l perfecto para el nacimiento de Los planetas.
Los planetas: hallazgos y análisis
A los 40 años, la fama le llegó definitivamente con la suite orquestal Los planetas, opus 32, una obra de carácter posromántico. Desde el punto de vista técnico, destacan varios logros: el uso del ritmo como motor dramático; la asignación simbólica del color instrumental (metales para la violencia, cuerdas y arpa para la introspección, coro femenino para lo sobrenatural); y una coherencia modal que unifica los movimientos. La espacialidad del coro fuera de escena en ‘Neptuno’ anticipa técnicas electroacústicas del siglo XX.
Holst buscó crear un ciclo de movimientos independientes con fuertes contrastes de carácter, donde cada planeta representara un estado de ánimo distinto. La orquesta no describe el cosmos, sino que lo hace vibrar desde dentro. El orden de los movimientos no sigue la secuencia orbital, sino diseño dramático (el estallido de ‘Marte’ primero). Los subtítulos de las piezas (‘el portador de la guerra’, ‘el mensajero alado’, etc.) son más evocativos que descriptivos. Holst convierte, por tanto, la astrología en una exploración sonora del alma humana.
Así se definen los temperamentos de cada movimiento: ‘Marte’: la fuerza, la agresión; ‘Venus’: la paz, el amor, la serenidad; ‘Mercurio’: la mente, la velocidad, el ingenio; ‘Júpiter’: la alegría, el ceremonial, el regocijo; ‘Saturno’: el decaimiento, la realización; ‘Urano’: el mago, lo grotesco; ‘Neptuno’: el místico, lo trascendental.
Veamos el análisis de cada parte de la suite.
‘Marte, el portador de la guerra’ es una marcha implacable, algo a lo que contribuye el constante ostinato y el compás de cinco tiempos en que está escrita. Comienza con el ritmo que dominará toda la pieza, tocado suavemente por cuerdas col legno (con la madera del arco), timbales con palillos de madera y arpas, acompañado por un pianissimo redoble de gong. Sobre este patrón ya inquietante, los fagotes y las trompas tocan un motivo de tres notas, generando un tritono —considerado en tiempos antiguos como diabolus in musica, asociado con lo infernal—. A lo largo del movimiento se producen disonancias, modulaciones bruscas y notas pedal (notas en el bajo repetidas sobre las que discurre la melodía de los demás instrumentos) que sostienen la tensión. Destacan la percusión prominente, el uso agresivo de los metales y las articulaciones secas de las cuerdas, que generan una sensación de inestabilidad y desolación.
‘Venus, el portador de la paz’ contrasta con el movimiento anterior. El tempo es más lento, las armonías son más estables y las líneas melódicas, más suaves. La orquestación es transparente y sutil: incluye cuatro flautas, seis trompas y dos arpas, con toques delicados de glockenspiel y celesta. Gracias a ello, Holst crea texturas ricas y delicadas. Esta música tranquila evoca una sensación pastoral y mística mediante la combinación de escalas y armonías tradicionales y modales con cambios cromáticos de una tonalidad a otra (un método que debe mucho a Ravel).
‘Mercurio, el mensajero alado’ es un scherzo fugaz, ligero, vivaz. Utiliza cuerdas con sordina y ritmos cruzados a gran velocidad. Es un movimiento breve que se subdivide en episodios contrastantes. El compás alterna entre dos y tres tiempos, generando una sensación de energía nerviosa y volatilidad. Holst, en su nota para el estreno público en 1920, escribió: ‘Mercurio es el símbolo de la mente’. La sensación de misterio se crea de inmediato, ya que la apertura combina rápidamente dos tonalidades distantes: medio compás en Si bemol mayor y medio compás en Mi mayor (otro intervalo de tritono, utilizado aquí para sugerir ingravidez).
‘Júpiter, el portador de la alegría’ tiene un carácter festivo y expansivo. Conjuga episodios rítmicos vivaces con toques de danza folclórica y una sección central lenta y grandiosa. Esta consiste en un himno solemne que Holst transformará más tarde en la célebre melodía Thaxted —base de la canción patriótica I Vow to Thee, My Country (1921)—, reutilizada en numerosas versiones corales y sinfónicas. El himno expresa comunidad y majestuosidad. Su equilibrio entre lo popular y lo noble explica buena parte de su fortuna mediática y consolida su estatus de icono de la música inglesa.
‘Saturno, el portador de la vejez’ fue el movimiento favorito del compositor. Es una meditación profunda sobre el tiempo, el decaimiento y la trascendencia. El ambiente es sombrío y lento. Se abre con un patrón de dos acordes oscilantes en flautas y arpas que recuerdan a un péndulo o una campana, simbolizando el paso inexorable del tiempo. Los acordes superiores contienen el tritono, lo que añade solemnidad. Después, el bajo introduce un motivo que es una variante del tema de ‘Marte’, sugiriendo que la edad es una batalla. Tres trombones interpretan una solemne marcha fúnebre. Las armonías se vuelven más cálidas. El final, con suaves armónicos de arpa, es estático y de una serenidad profunda, con reminiscencias del Réquiem de Fauré.
‘Urano, el mago’ funciona como un scherzo grotesco, lleno de humor y artificio orquestal, que explota fórmulas de sorpresa: figuraciones de viento y metal, síncopas y un aire carnavalesco mezclado con efectos de carácter mágico. El movimiento se abre con un ominoso hechizo de cuatro notas en los metales, con el tritono como elemento clave. Este motivo se repite y acelera. Rápidamente, la música se vuelve cómicamente torpe. La danza de los fagotes y la posterior introducción de temas de baile construidos sobre la escala de tonos enteros —una técnica impresionista y vanguardista— crean una atmósfera caótica y excéntrica. Se llega a un clímax sonoro con toda la orquesta, similar al de ‘Marte’, culminando con un glissando en el órgano. El caos se resuelve en un último acorde que, por primera vez, disuelve el hechizo.
‘Neptuno, el místico’ cierra la suite con una obra de sutilidad virtuosa, que mira hacia el futuro de la música. El movimiento se desarrolla en pianissimo casi en su totalidad. Es un ejercicio de color tímbrico, con delicadas combinaciones de celesta, arpas, flauta y flauta alto. Lo más distintivo es el uso de dos coros femeninos sin palabras situados en una sala contigua y el fade out vocal (las voces se van amortiguando detrás de un biombo o en otra estancia), lo que introduce un componente escénico inusual: un ‘desvanecimiento hacia el silencio’ que, pese a las limitaciones técnicas de la época, marcó una frontera tímbrica y espacial inédita. Estos recursos refuerzan la cualidad etérea y trascendental de la música. Holst buscó un final sin conclusión, que sugiera un cosmos infinito y el misterio sin resolver de lo místico.
Estreno y recepción: éxito, críticas e interpretaciones
Los planetas se interpretó por primera vez ante un público invitado en el Queen’s Hall de Londres, en septiembre de 1918, bajo la dirección de Adrian Boult. El estreno oficial (de cinco movimientos) fue en febrero del año siguiente. La primera interpretación pública completa se realizó en 1920, dirigida por Albert Coates. Inevitablemente, el primer movimiento, ‘Marte, el portador de la guerra’, se asoció con los horrores de la Primera Guerra Mundial, que acababa de concluir. Sin embargo, Holst la había compuesto en el verano de 1914 y, aunque la amenaza de guerra ya se cernía, siempre negó que esto estuviera detrás de la pieza.
La respuesta del público en la primera interpretación fue entusiasta, aunque algunos críticos le recriminaron la clara influencia de El aprendiz de brujo de Dukas en ‘Urano’, de Sirènes de Debussy en ‘Neptuno’ y del motivo de Hagen de El anillo del Nibelungo de Wagner en ‘Marte’. Aunque estas referencias no son infundadas, no restan fuerza a la obra. Holst tomó el lenguaje musical de su tiempo y lo transformó en algo propio, sencillo en sus ideas básicas y comprensible para cualquier oyente.
Los planetas sigue ofreciendo múltiples lecturas: para el oyente, un viaje emocional que va de la violencia irracional a la disolución mística; para el analista, un laboratorio de técnicas tímbricas y rítmicas; y, para la historia cultural, un punto de inflexión que conecta la tradición sinfónica europea con las sonoridades masivas del siglo XX.
La obra consolidó una estética británica moderna que combinaba el gusto por la paleta orquestal, el interés por la inflexión modal o folclórica y una psicología sonora muy reconocible. Por otra parte, la gramática rítmica, la orquestación y la construcción de leitmotivs de Los planetas ayudaron a perfilar la sonoridad del cine espacial y épico (por ejemplo, La guerra de las galaxias, con música de John Williams). Más aún, riffs de ‘Marte’ han permeado el rock y el metal, y la melodía de ‘Júpiter’ (Thaxted) entró en el repertorio coral y patriótico británico.
Holst no escribió un poema sinfónico al uso ni una suite anecdótica: creó un artefacto sonoro cuya economía de medios (temas sencillos, procedimientos claros) y ambición expresiva lo hacen todavía provocador y presente en la escena concertística y mediática.


Deja una respuesta