La pianista María Ángeles Ayala combina su trayectoria interpretativa con un proyecto pedagógico que nace de su propia experiencia y de sus retos. En 2025 ganó el Concurso Internacional de Piano Shigeru Kawai España-Italia, gracias al cual ofreció recitales en Japón, y también lanzó su primer disco en solitario, Miroirs de l’être. Sus inquietudes musicales se manifiestan en la cuidadosa elaboración de los repertorios o en sus colaboraciones de cámara y corales.
Por Manuel Pacheco
Tu trayectoria musical está marcada por la versatilidad: eres intérprete solista, realizas colaboraciones de cámara y corales, y eres profesora y creadora de un método de entrenamiento. ¿Esta diversidad de facetas está presente desde tus inicios en el piano o es algo que has ido descubriendo de manera gradual?
Lo de combinar una faceta solista con tocar junto a coros o en formaciones similares es algo que he hecho casi desde que tengo uso de razón. Mi padre era director del coro y de la banda de Totana, y con siete u ocho años yo ya cantaba y los acompañaba en algunas canciones mientras, de manera paralela, trabajaba con mi profesora de piano repertorios para concurso. También toco la flauta travesera, he tocado en banda y siempre me ha gustado ese ‘otro repertorio’ que no es el clásico: zarzuela, pasodoble…
La cuestión de la pedagogía se gestó más tarde, cuando me fui a Viena a hacer el máster. Ahí tuve más tiempo de reflexión y me fui encontrando con cuestiones que afectaban de igual modo a mis alumnos o a mis compañeros, como la planificación del estudio o la ansiedad escénica. Eran cosas que yo misma había experimentado, y verlas también en la gente que me rodeaba fue lo que llevó a profundizar en esa parte metodológica y personal.
Esta curiosidad te ha llevado a explorar y difundir repertorios únicos y poco conocidos. ¿Qué proceso sigues para dar forma a los programas que interpretas, ya sea a solo o en formación de cámara?
Ha habido momentos en que he tocado repertorios con los que me he sentido muy identificada, y eso me ha llevado a elaborar un concepto a partir de la investigación sobre su creación y contexto. En otros casos han sido propuestas que me han llegado, como el disco sobre Sigismund Neukomm que hice junto al flautista James Strauss, y al que dije ‘por supuesto’. He tenido la oportunidad de hacer mucho Beethoven, Mozart o Schubert, pero conocer cosas nuevas y salirme de lo habitual me enriquece y me da una mirada más amplia.
Mi profesor actual, Nikolai Demidenko, me está sugiriendo repertorios con obras poco conocidas de compositores renombrados, y es algo que me está encantando abordar: el Rondó núm. 1 de Chopin, la Balada en forma de variaciones de Grieg… Encontramos el equilibrio entre obras icónicas y otras aún por explotar.
¿Cómo toma forma Wanderlust, el disco con obras de Neukomm?
Se produjo durante mi estancia en Viena. Conocí al flautista de manera casual y empecé a acompañarlo por mi familiaridad con su instrumento. Me dijo que estaba pensando en grabar este repertorio, y yo le dije que sí, aunque solo conocía algunas de sus obras. Neukomm es un compositor a medio camino entre Mozart y Beethoven porque aunque tiene obras de lenguaje clásico y estructuras regulares, también tiene obras como la Gran fantasía que se asemejan a Beethoven por la sonoridad y los contrastes.
2025 ha sido un año cargado de buenas noticias para ti. En mayo recibiste el Primer Premio en el Concurso Internacional de Piano Shigeru Kawai España-Italia. ¿Cómo lo viviste y qué te ha supuesto este reconocimiento?
El tema de los concursos no es algo que tenga planificado a largo plazo. Me enteré de este porque fui a dar un concierto con una violinista a la sala Shigeru de Madrid, y cuando estábamos probando, una de las personas de la organización me habló del certamen. Miré las fechas y el repertorio y me cuadró todo, aunque me presenté sin expectativas. De hecho, no sabía que el Primer Premio, además de la dotación económica y los conciertos, incluía un viaje a Japón.
Para mí el objetivo de los concursos es el crecimiento personal. Somos muchos pianistas y hay gente muy buena; que te toque a ti es, en parte, cuestión de suerte. Me hizo ilusión llegar a la final y poder tocar el Concierto núm. 3 de Prokófiev, porque me acompañó una pianista que me ayudó y me hizo disfrutar —quizá con alguien que no defendiera tanto esta parte no habría ganado—.
La experiencia me ha supuesto muchas cosas: es la primera vez que he hecho un concurso tan largo, de tres fases; tuve oportunidad de tocar el Prokófiev, que antes no había pasado más que con un cedé; y además el reto de pasar dos semanas en Japón y tocar allí. En el concurso también conocí a Demidenko, con quien estoy aprendiendo mucho sobre la concepción de las obras y de la música en sí.
Además, este pasado año también lanzaste tu primer álbum en solitario, Miroirs de l’être. ¿Cuál es su hilo conductor y cómo escogiste las obras que lo componen?
Me parece importante acercar el repertorio clásico a personas que no están familiarizadas con él. El disco incluye obras en las que yo me he visto muy reflejada, y pensé en darles un argumento para que la gente que no las conozca pueda tener esta misma sensación. La idea de las etapas de la vida me pareció una temática lo suficientemente universal, y las diferentes fases se adecuaban muy bien a las obras que yo quería dejar grabadas.
La Fantasía sobre ‘El barbero de Sevilla’ de Thalberg es muy juguetona, y esa entrada que tiene, que es como abrir el telón, se me asemeja al asombro del nacimiento; el Impromptu de Schubert refleja la inocencia y la (aparente) simpleza de la niñez; la Fantasía en Si menor de Scriabin es un terremoto de emociones, por eso lo encuadré en la adolescencia —además es una obra de un periodo de transición hacia su estilo maduro—; y la Balada núm. 4 de Chopin es una pieza compleja y nostálgica que me evocaba a la madurez.
A la última pieza no quise llamarla ‘muerte’, sino ‘legado’: la Rapsodia española de Liszt recoge las influencias que recibió en una gira por nuestro país, y como española que soy quería que el disco cerrara de esta manera para hablar de esta idea de lo que nos influye y lo que dejamos.
¿Has tenido oportunidad de presentar este programa en público?
La primera presentación la hice en octubre en Madrid, en la sala Shigeru. Luego, en diciembre estuve en Totana —quería que no fuera en Murcia capital, sino en mi pueblo—. En el acto proyecté los vídeos que fui publicando en Instagram acerca del disco, hubo una charla con el técnico, toqué dos de las piezas y luego, aprovechando las fiestas navideñas, una selección de piezas de Chaikovski a cuatro manos. Toqué con mi hermano, que estudia Medicina, pero se ha mantenido en la música. Me pareció una manera bonita de despedir el evento.
Tus compromisos recientes han incluido recitales solistas, música de cámara o colaboraciones con coros. ¿Te resulta fácil ‘cambiar el chip’ entre estos formatos diversos?
Todo en lo que estoy metida tiene algo de programático, y eso me ayuda a concentrarme. Tengo muy claro en mi cabeza, más allá de la música, lo que quiero transmitir. Me ocurre también en el repertorio solista, donde quizá todo está menos encuadrado, o con obras específicas: si pienso en el primer movimiento del Concierto núm. 3 de Prokófiev, veo el caos de un mercadillo y el trajín de los vendedores, y esta imagen me ayuda mucho a la hora de abordarlo.
Tu propia experiencia como intérprete te ha llevado a desarrollar un sistema de entrenamiento para pianistas denominado Método Techné. ¿Qué experiencias, problemas o inquietudes personales has tenido en cuenta a la hora de diseñar esta formación?
Parto de la base de que todo lo que hagamos en el estudio lo reproducimos en el escenario. Si no somos capaces de conseguir concentración estudiando, por ejemplo, no lo vamos a lograr después. Es un entrenamiento que se me asemeja al de los deportistas de élite. A mí me pasaba que dedicada muchas horas, organizándome el tiempo, y cuando llegaba la hora de la verdad no me sentía con seguridad. Ahí empecé a investigar y una de las cosas que descubrí, tanto en mí como en mis alumnos, es que el tiempo de estudio no era productivo. Esto me llevó a leer mucho sobre neurociencia: cómo funciona el cerebro, cómo aprendemos y los tipos de memoria. Traté de trasladar todo esto a la música y al estudio, probándolo primero en mí misma con un diario y apuntando objetivos. Lo que veía que funcionaba en mí se lo transmitía a mis alumnos particulares, y observé que les funcionaba también.
Esto va en paralelo a la cuestión de la ansiedad escénica. También investigué sobre sus diferentes manifestaciones, como los bloqueos. A veces provienen por creencias que nos limitan, otras porque no ha habido una buena planificación del estudio. Intento basarme en que todo el recorrido previo se disfrute mucho: el momento del escenario dura poco, pero lo que nos queda es la satisfacción del proceso que nos ha conducido hasta ahí. Si el cuerpo y la mente asocia sensaciones positivas a este proceso en lugar de registrarlas como estrés, nos gustará mucho más lo que hacemos.
¿Cómo se estructura el método y qué facetas de la interpretación integra?
Tiene toda una primera parte de planificación; luego hay una sección importante de técnica y música —es lo menos ‘propio’ del método; quizá lo haga más personal el hecho de que transmito lo que he aprendido de mis profesores— y, finalmente, la cuestión de la ansiedad escénica. No soy psicóloga, es algo que dejo claro, pero intento dar herramientas que puedan prevenir esta circunstancia para que los estudiantes prueben lo que les funciona.
Además, en la Escuela Superior Musical Arts imparto una optativa grupal en la que la formación ya no es personalizada, pero permite ver y contrastar los patrones. El alumnado se ve reflejado: puede salir de su mundo solitario para comprobar que lo que le sucede a uno también le sucede a mucha gente, incluso de instrumentos distintos. Estoy muy contenta con la escuela porque me ha permitido dar esta asignatura en grupo y con instrumentistas de todo tipo, no solo pianistas, lo cual es muy interesante y me enriquece mucho.
¿Cuál es la filosofía detrás del concepto de ‘músico vitamina’, estrechamente ligado a este método?
Esto lo saqué de la idea de ‘persona vitamina’, y lo llevé a la música. Para mí, un músico vitamina es aquel que ama su trabajo y el proceso que sigue, que tiene las herramientas para afrontar proyectos y para compartirlos y disfrutarlos en público. Empecé un perfil en Instagram al que llamé así, y ahí he ido subiendo vídeos con consejos sobre técnica, memoria, percepción del público…
¿De qué manera la faceta pedagógica y la interpretativa se influyen mutuamente?
Cuando se tienen hábitos automatizados en las maneras de estudiar o en cuestiones técnicas, y te dedicas precisamente a enseñar sobre estos hábitos, puedes observar en los alumnos comportamientos que tú sigues teniendo. Cuando estamos cansados, por ejemplo, volvemos a las costumbres antiguas; aunque yo sepa que lo que hago mal al estudiar es repetir en bucle, el día que esté cansada empezaré a repetir. Esto lo ves en el alumnado y te sirve como recordatorio y refuerzo. El cerebro necesita mucha repetición; funcionamos por conexiones, y ver esto en otras personas de manera diaria las refuerza.
Para finalizar, ¿qué puedes contarnos de tu agenda para 2026?
Tendré los conciertos del Premio Shigeru, que incluye conciertos en el Ateneo de Madrid y en Italia, aunque las fechas están por determinar. También continuaré mis proyectos con el coro VokalArs. Aunque lo que más tengo en mente son concursos, los he puesto en un paréntesis para centrarme en la presentación del disco, pero ahora volveré a montar repertorio para tenerlo preparado.










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