
María José Montiel llega al Teatro de la Zarzuela el 27 de enero con ‘De Puentes y Almas,’ un recital que traza vínculos entre España, Francia y Latinoamérica. En esta conversación, la mezzosoprano repasa una vida dedicada al canto y reivindica la intimidad y la verdad del formato recital.
Por Susana Castro
El recital que presentas en el Teatro de la Zarzuela el próximo 27 de enero lleva por título ‘De Puentes y Almas’. ¿Qué une estas dos ideas y cómo dialogan con tu propia trayectoria artística?
‘De Puentes y Almas’ está asociado a un período situado en la primera mitad del siglo XX, en el que algunos grandes compositores españoles viajaron a países como Francia, pero también a Latinoamérica. Nombres como Falla, Albéniz, Turina, coincidieron en París, junto a otros grandes compositores franceses de la época como Debussy, Ravel o el franco-venezolano Hahn. Si bien, para este caso, el puente es la música, otras artes como la pintura o la poesía estaban también ligadas a algunos de los compositores; artistas como Zuloaga o el mismísimo García Lorca. Esa conexión entre continentes y personas es ‘De Puentes y Almas’.
El título también surgió por el deseo de recopilar parte del repertorio de canción de concierto, quizá el más representativo, que me ha acompañado a lo largo de mi carrera. Es, en realidad, un apasionante recorrido por las más bellas canciones del repertorio español, latinoamericano y francés, transitando un sendero cultural invisible, de unión y de hermandad. Al volver a ellas hoy, siento mucha alegría y emoción. En esta época convulsa en la que vivimos, pensando en el contexto bélico internacional, creo que el único modo de relacionarnos como seres humanos es tendiendo puentes para unir nuestras almas con respeto y amor, que a mi modo de ver ha de ser el motor de nuestras vidas, junto al propósito de compartir música con el público desde un escenario.
A lo largo de más de cuatro décadas de carrera, el recital ha sido un espacio constante en tu vida musical. ¿Qué te permite el formato del recital que no siempre se encuentra en otros ámbitos del escenario?
Ciertamente, los recitales forman parte de mi expresión musical desde que inicié mi carrera. Son varios los motivos que me han llevado a reservar siempre una parte de mi agenda para ofrecer recitales, pero, por encima de todo, más allá del bellísimo repertorio que incluye la canción de concierto, me ha motivado esa energía única de comunicación íntima y directa con el público. La transparencia del mensaje, las distancias cortas y la poesía que esconden las letras son un marco maravilloso para expresar todo lo que siento como artista.
Es un formato de una energía preciosa, donde te entregas por completo sin más artificios que la verdad de la música. Esto no significa que no pueda hacerlo con un personaje operístico, por supuesto. La ópera es apasionante porque el drama y el teatro te llevan a otra dimensión, eres parte de un engranaje inmenso en el que participan otros solistas, coro, figurantes, orquesta, etc., y me ha dado muchos de los momentos más inolvidables de mi carrera. Pero creo que en un recital se establece un triángulo mágico: el pianista, tú y el público, que, por el formato en sí mismo, puede conocer de primera mano la esencia más pura del arte.
El programa reúne canciones que van de Montsalvatge a Guastavino, de Falla a Ravel, atravesando geografías y lenguajes muy diversos. ¿Qué criterios han guiado la construcción de este itinerario musical tan personal?
La elección ha sido, ante todo, emocional. Son autores que, por temperamento y voz, he sentido siempre en mi propia piel. Cada uno ocupa un lugar único en mi carrera. No están todos los que me gustaría, lógicamente, porque no podría incluirlos en un solo recital, pero he procurado que sean algunos de los más representativos.
Con Xavier Montsalvatge tuve el honor y el placer de tener un vínculo personal: trabajé con él en su estudio, estrené obras suyas y su presencia en el público durante esos primeros conciertos son recuerdos que atesoro profundamente. Su música, con sus toques de color únicos y elegancia, me ha emocionado siempre.
De Manuel de Falla incluyo sus canciones como un emblema de la música española que trasciende fronteras. Lo canté desde el principio de mi carrera; además de sus mundialmente conocidas Siete canciones populares españolas he sido Salud, la protagonista de su ópera La vida breve, en momentos históricos, como fue la reinauguración del Teatro Real en el año 1997, en el Carnegie Hall de Nueva York dirigido por Charles Detoit, junto a la Sinfónica de Montreal o en el estreno absoluto de dicha ópera en Australia. Hoy es un pilar en mis recitales tanto nacionales como internacionales. Este año es el 150 aniversario de su nacimiento y debemos celebrarlo, pero no ha habido un año donde la música del maestro Falla no haya estado presente en mis conciertos.
En cuanto al repertorio latinoamericano, el lirismo de Carlos Guastavino, los ritmos de Alberto Ginastera, u obras inolvidables de compositores como Ernesto Lecuona o la mexicana María Grever, son piezas que tienen una capacidad extraordinaria para conectar directamente con el corazón del público.
Y, finalmente, el repertorio francés de Debussy, Ravel o Reynaldo Hahn se ha adaptado siempre a mi voz como un guante. Es de una belleza impresionante: es un mundo lleno de colores sutiles, de armonías impresionistas y de unas melodías, a menudo intimistas, que te hipnotizan y personalmente me hacen sentir como en casa. ¡Interpretarlo es siempre un privilegio!
Muchas de las obras del programa te han acompañado durante años, incluso décadas. ¿Cómo cambia la relación con una canción cuando se canta a lo largo de toda una vida artística?
¡Es una de las magias más grandes de este oficio! Una canción o una aria de ópera crece contigo a lo largo de los años. Al principio te aproximas desde un punto de vista más de técnica vocal, es decir, te enfrentas a la partitura, estudias cada frase, buscas el color, la intención; es un diálogo maravilloso con esa música, pero aún desde cierta distancia.
Con los años, y sobre todo con las vivencias, esa misma canción se impregna de tu propia historia. Si bien me considero la misma persona, en esencia no he cambiado, he madurado como ser humano. La vida es un aprendizaje constante y eso también se refleja en el modo de interpretar dichas obras. Los matices de esa pieza se vuelven más profundos, más sutiles, porque ya no solo interpretas con esa emoción concreta, sino que en muchos casos la reconoces porque la has vivido. Puede parecer algo obvio, pero experimentarlo es algo único. No es que la interpretación sea ‘mejor’ ahora, es diferente. ¡Por eso, volver a este repertorio de vez en cuando es un verdadero regalo!
Compartes escenario con el pianista Miquel Esterlich, con quien mantienes una larga colaboración discográfica y concertística. ¿Qué papel juega la complicidad artística en un recital de este carácter?
Es un pilar fundamental. En un recital, el pianista no solo te acompaña, sino que es el otro narrador de la historia, y Miquel es, sin duda, uno de los grandes. Con él hemos compartido muchas horas de música en la sala de ensayo y sobre el escenario. Además, forjamos una amistad, y eso se traduce en una confianza absoluta en el escenario y el público lo ve desde el primer momento.
Esa confianza nos permite improvisar, a veces, adaptando la interpretación a la inspiración del momento, sabiendo que el otro estará ahí. Sin esa complicidad, el recital sería otra cosa. También, si hablamos de complicidad, no quiero dejar de nombrar al gran pianista Miguel Zanetti, que primero fue mi maestro y luego mi compañero en tantos recitales alrededor del mundo.
Has actuado en algunos de los principales teatros y salas del mundo, desde Viena o París hasta Nueva York, Tokio o Sídney. Mirando atrás, ¿qué ha significado para ti construir una carrera internacional tan sólida y diversa?
Después de mi familia, ha significado lo más importante de mi vida. Haberla podido realizar hizo que me sienta una persona plena, porque he podido cumplir mi deseo más intrínseco. Vengo de una familia en la que siempre hubo muchos momentos de compartir música en reuniones familiares. Mi madre era pianista y tocaba, los demás cantábamos; de hecho, muchas de las canciones de este recital las aprendí de mi madre, cantando por casa. Ahí nació en mi un amor incondicional por la música y por el canto, por buscar el camino constantemente, con ilusión y con mucho trabajo.
Fui una adolescente muy activa y curiosa, y, sin darme casi ni cuenta, canalicé toda esa energía en el estudio del canto. Pero, claro, uno no llega al escenario de la noche a la mañana. Soy una persona con mucho tesón y desde muy pequeña he sentido ese deseo, una pulsión muy fuerte que me hacía siempre querer cantar.
Hay muchos años de preparación, de estudio, de profundización en todos los aspectos que conlleva la carrera, de entender la técnica, de conocer el repertorio, también de soledad y más con una carrera tan larga. En la que hay momentos de mucho decaimiento, de cansancio, de desilusiones, de pérdidas de personas, no es todo el brillo del éxito y de los aplausos; pero la fuerza interior y el amor por la música te van guiando.
Soy una mujer muy independiente, y puedo decir que he hecho mi carrera a base de mucho esfuerzo y de gran honestidad. Construir una carrera fuera de los círculos de poder no es fácil, pero lo he conseguido y me siento orgullosa de ello. Tengo que decir que todo ha sido gracias a mi familia y a algunos amigos cercanos que desde el principio me han impulsado y me han apoyado a lo largo de todos estos años.
Además de tu intensa actividad como intérprete, desarrollas una labor fundamental como pedagoga, tanto en la Universität der Künste de Berlín como en los Cursos Universitarios de Música en Compostela. ¿Qué te aporta hoy la docencia a tu propia visión del canto y de la música?
Es una carrera paralela que me aporta tanto como mi vida sobre los escenarios. Es una segunda vocación. El desarrollo de mis alumnos me da una felicidad similar a la que vivo cuando canto en teatro. Recibí la propuesta de la Universidad en Berlín en 2019 y desde entonces doy clases continuamente en dicha institución y también en diferentes clases magistrales. Antes del 2019 había ya empezado privadamente a ofrecer clases, pero la verdadera vocación se ha despertado con mi llegada a Berlín. Como docente, soy exigente técnica e interpretativamente, pero también afectuosa. Los alumnos tienen entre 18 y 28 años y son vulnerables, como lo somos todos al principio por la falta de experiencia; para mí es importante que ellos se sientan arropados, apoyados, por lo que hay que ser empáticos con su situación. Les doy todo lo que he aprendido durante mi trayectoria. Intento inculcarles que lo importante es tener una personalidad definida como artistas. Desde el punto de vista de la técnica, soy una apasionada de la metodología antigua, buscando en todo momento la blandura del sonido.
Vivimos una época en la que se dicen barbaridades como que la laringe ha cambiado, pero lo que ha variado es la forma de cantar y las modas, no la laringe del artista. La laringe sigue siendo la misma, cuyo funcionamiento explicaban los grandes maestros italianos, como Franco Corelli. El pasaje hay que cubrirlo y protegerlo antes y ahora. Y yo lucho por ello cada día.
El pasado año fuiste nombrada académica de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. ¿Cómo vives esta nueva responsabilidad y qué lugar ocupa la reflexión cultural en esta etapa de tu carrera?
Cuando me lo propusieron, en junio de 2023, sentí una felicidad inmensa y sentí que era muy afortunada. Es una de las experiencias más bonitas y especiales que he vivido. Ser académica de una institución tan prestigiosa y legendaria como es la de San Fernando y, además, tomar el relevo de la gran Teresa Berganza, es un auténtico honor, pero, sin lugar a duda, también una gran responsabilidad. Para mí significa un reconocimiento a todos mis años de esfuerzo y de trabajo, y a conseguir una carrera internacional, de repertorio tan variado y, sobre todo, debo decirlo, larga. Hoy en día es difícil tener una carrera prolongada en el tiempo por lo cambiante que es el mundo y por todos los obstáculos que hay que gestionar.
Has sido una defensora incansable del repertorio vocal español e iberoamericano, tanto en concierto como en grabación. ¿Sientes que esta música ha recibido ya el reconocimiento que merece en los grandes escenarios internacionales?
Podría decir que cuando he interpretado el repertorio español fuera de nuestras fronteras la reacción del público siempre ha sido incontestable. Nuestro repertorio de canción de concierto —con autores como Falla, Montsalvatge, Granados, Toldrà, Turina, Albéniz, etc.— es inmenso, profundo y está a la altura indiscutible del Lied alemán o de la mélodie francesa.
Mi experiencia docente, tanto en la Universidad de las Artes de Berlín como en los cursos de Santiago de Compostela, me lo confirma. Allí me esfuerzo por presentarlo con el rigor y la fundamentación que merece, y el resultado es siempre el mismo: cantantes y músicos de todas las nacionalidades quedan maravillados por su belleza, su variedad de colores y su intensidad poética. Lo mismo ocurre con el repertorio de zarzuela, que despierta verdaderas pasiones.
Personalmente, estoy trayendo a la Universidad de Berlín repertorio español de todas las épocas. Sin embargo, y, de todos modos, aún queda mucho camino por recorrer, aunque hay un interés creciente y una admiración entre profesionales de todo el mundo.
Después de más de cuarenta años sobre los escenarios, con una discografía extensa y reconocimientos como el Premio Nacional de Música, ¿qué te sigue emocionando hoy, justo antes de salir a cantar un recital como este en la Zarzuela?
La ilusión y mi amor por la música, que son los mismos del primer día. Antes de salir al escenario, en silencio y entre bastidores, siento mucha emoción y mucho respeto. No son nervios, que también los hay, lógicamente, es agradecimiento. Después de todos estos años, el amor sigue siendo el motor del mundo.









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