
La soprano zaragozana Ruth Iniesta atraviesa un momento clave en su carrera tras protagonizar un bis histórico en el Teatro de la Zarzuela el pasado mes de abril. A punto de debutar en la Royal Opera House de Londres, consolida una proyección internacional construida paso a paso y sin perder el control de su instrumento.
Por Susana Castro
El próximo mes de julio debutas en la Royal Opera House como Musetta en La bohème. ¿Qué supone este debut en un teatro así en este momento de tu trayectoria?
Aunque nunca sabes cuándo va a haber un paso definitivo —porque en tu cabeza puedes pensar que lo es y luego no ocurre ningún cambio significativo—, en este momento siento que supone una subida de escalón.
Es un debut que tenía en agenda desde hace tiempo, que tuvimos que cambiar de fecha, y parecía que no llegaba nunca: siempre se alejaba en el horizonte.
Ahora que por fin llega, me hace una ilusión tremenda. He pasado muchas veces por delante de esa fachada pensando: ‘Lo que tiene que ser cantar aquí’.
Además, llega en este momento que podríamos describir como ‘dulce’ —aunque sea una frase muy típica—, pero me siento así. Estoy muy tranquila cantando, me entiendo mucho ahora con mi instrumento.
Va a ser un debut relativamente tranquilo dentro de todo lo que supone, porque es un personaje que me divierte mucho, que ya he hecho; es una producción que ya conozco. Voy con la respiración más tranquila.
Como decías, ya participaste en esta misma producción en el Teatro Real en 2021. ¿Cómo ha evolucionado tu Musetta desde entonces, tanto vocal como dramáticamente? ¿Qué has descubierto del personaje con los años?
Es una gran pregunta porque, desde aquella producción en el Real, no la he vuelto a cantar en el escenario de arriba abajo, aunque el aria sí la he cantado.
Pero sé cómo está mi voz: ha ganado redondez y, por tanto, también un poco de dramatismo. Creo que lo voy a notar mucho en el cuarteto. Las primeras veces que canté Musetta era mucho más ligera, y ese cuarteto se sufre. También lo voy a notar en el aria, que va a ser más carnosa.
Lo que sí ha hecho poso en mí es cómo veía la dirección de escena al personaje en esa producción. No era solamente la Musetta frívola: entraba en escena borracha porque no soportaba su vida en ese momento y su vía de escape era el alcohol. Eso le da un fondo amargo que aporta otro relieve. En su momento lo trabajé en ensayos, pero ahora ha hecho poso y lo veo muy claro en la partitura. Creo que eso puede relucir más aún.
Vienes de vivir un momento muy especial en el Teatro de la Zarzuela, con ese bis de la ‘Romanza de la Duquesa’ en Jugar con fuego. Aunque no es la primera vez que te ocurre, ¿cómo viviste esa conexión tan directa con el público en un escenario tan simbólico?
En un primer momento fue un choque. Todas las funciones habían ido muy bien, pero después de lo que pasó en el estreno me quedé triste por no hacer el bis que nos pedían. Sentí que le había fallado al público, y eso me da mucha pena. Fue un fallo de comunicación.
Y luego llega ese momento en la última función. Para mí ya era muy emocionante, porque era el cierre de la producción. Cuando me abracé a Alejandro [del Cerro] y empezó el aplauso, sentí un vuelco. Me giré, vi que el aplauso seguía y no tenía claro qué hacer. Miré al maestro Álvaro Albiach y seguimos adelante. Empezó la orquesta y casi me pongo a llorar. Me repetía: ‘Tienes que cantar’.
En líneas generales, la canté muy tranquila, con una sensación de disfrute. Creo que ha sido de las veces que mejor la he cantado.
La zarzuela forma parte de tu identidad artística desde el principio. ¿Qué lugar ocupa hoy en tu carrera y en tu relación con el público?
Me gusta verla como una columna. Está ahí: es algo a lo que recurro muchas veces y con lo que he conectado muchísimo con el público en España, pero también fuera.
Hicimos conciertos de zarzuela en Rusia, por ejemplo. Fuimos a Piatigorsk y Kislovodsk, en el Cáucaso. Ese concierto lo recuerdo muchísimo, con mucho cariño, porque el público estaba enfervorecido. ¡Después de cada romanza alguien me daba un ramo de flores!
Cuando empecé a cantar zarzuela, en mi casa algo se había escuchado —mi abuela la tarareaba—, pero no era algo habitual. Y, de pronto, cuando me puse a cantarla, fue como conectar con algo que siempre había estado ahí dentro.
Me gusta mucho volver a ella cada cierto tiempo. Me encantaría que fuese algo recurrente en mi carrera: seguir rescatando zarzuelas que no se hacen mucho, hacer grabaciones, pero también producciones. Me gustaría llevarla por bandera, porque hay mucha zarzuela maravillosa que no se hace y con la que el público se vuelve loco. A mí me encanta y lo disfruto muchísimo.
Has debutado en escenarios como la Opéra national de Paris, la Wiener Staatsoper o el Teatro Colón de Buenos Aires. Mirando ese recorrido, ¿hubo algún debut que marcara un antes y un después real en tu carrera?
Sí, hay varios. En zarzuela, el punto de inflexión fue mi Clarita en La del manojo de rosas. Crecí mucho como artista y tuvo una repercusión muy buena.
A nivel operístico, un debut al que me lancé con muchísimas dudas fue I puritani, en el Teatro Massimo de Palermo. Fue un jumping [sustitución de último minuto], algo que a mí me alucina, porque tengo una vena bastante kamikaze.
De primeras dije que no, porque tenía que aprenderme la versión integral en menos de una semana. No lo había cantado nunca, ni siquiera el aria. Incluso llegué a dar el nombre de otra compañera. Mi marido me dijo: ‘Estás loca, tú te lo aprendes rápido’. Fui, me lo aprendí en muy poco tiempo y coincidí con Celso Albelo, que me ayudó a mantener la cabeza fría.
Esto me abrió muchas puertas: la Arena de Verona, un concierto en Nueva York con Cecilia Gasdia…
En los últimos tiempos te has embarcado en el repertorio francés —Faust, Benvenuto Cellini—. ¿Qué te está exigiendo a nivel técnico y expresivo?
El idioma, ante todo. A pesar de que luego es muy agradecido de cantar, el francés me cuesta al principio. Hay cantantes que conectan con un idioma y con otro no, pero a mí me pasa que me enfrento a la partitura y digo: ‘No se me coloca nada’, por las vocales abiertas, cerradas, nasales…
Empiezo a volverme loca con el sonido. Necesito ese proceso de desorden para luego poder organizarlo y focalizar. Además, soy una persona que se empeña mucho en que se entienda bien el texto, y a veces eso puede ser contraproducente si no encuentras el equilibrio.
Pero, una vez lo resuelvo, noto que me ayuda mucho técnicamente, porque es como resolver un rompecabezas. Con este trabajo siento que crezco.
A nivel expresivo, la línea de muchos autores franceses es muy romántica, y eso me gusta mucho. Me encanta cantar Mozart, pero la música de Massenet o de Gounod me alucina. También puede ser porque es música más cercana a nuestros días y quizá conectamos más.
El bel canto ha sido una parte esencial de tu trayectoria. ¿Qué lugar ocupa en tu identidad como cantante?
Es una pregunta complicada. Ahora mismo en mi agenda no hay bel canto desde hace un tiempo, y puede parecer que me estoy alejando. Pero sigue siendo mi base.
Siempre recurro al bel canto para entender otras maneras de cantar. Siento que es como un salvavidas: si parto de ahí, voy con seguridad. Abro el abanico y puedo explorar otras cosas, algo que me encanta.
Desde fuera da la impresión de que estás construyendo la carrera con mucha conciencia, sin saltos bruscos. ¿Cómo gestionas la presión —externa o interna— de un mundo que va tan rápido?
Es complicado, porque es muy fácil dejarse arrastrar y hay que ser capaz de echar el ancla. Es muy fácil entrar en la prisa por cantar ciertos roles, ir a ciertos teatros… A mí me ha pasado muchas veces y me seguirá pasando.
Pero tengo una red de apoyo. Mi maestro de canto, Juan Lomba, me conoce muy bien y me da muchos consejos. Él hizo su carrera solista y sabe de qué va esto. Aunque el negocio haya cambiado, intento mantener esa base. Me fío muchísimo de su criterio.
También trabajo con un coach. Es un tema que a veces parece que se esconde, pero hace mucha falta, porque esta es una carrera muy estresante. La crítica externa y la interna pesan mucho.
Trato de centrarme en lo que me satisface, sabiendo en qué tengo que mejorar, pero también siendo consciente de lo que he hecho bien. Se me olvida mucho, y me costó aprenderlo: antes iba siempre al fallo, a lo que no había salido bien.
Conviene aprender a echar la vista atrás y decir: ‘Esto lo has hecho muy bien’. Tú sabes la noche que has cantado bien, la noche que has cantado regular y, aun así, incluso en una buena noche sabes que hay cosas que no han salido como querías.
El no tener prisa me lo da precisamente eso: mirar atrás. Recordar que empecé en los musicales, después con papeles pequeños en la zarzuela, y poco a poco.
También es parte de mi personalidad. Todo ese trabajo previo me da seguridad: no he saltado al abismo sin saber dónde estaba la red. Estoy muy feliz con cómo lo estoy haciendo y me gusta saber que tengo ese bagaje como punto de apoyo.
En esa línea, ¿has dicho ‘no’ a roles importantes por no ser el momento adecuado?
Sí. Il pirata, por ejemplo: me lo ofrecieron hace diez años y dije que no. También surgió la oportunidad de debutar Norma, al otro lado del charco hace cinco años, y no lo vi claro. Son roles que me parecen maravillosos, pero sentí que tenía que hacer muchas otras cosas antes. No sé si me equivoqué —no lo sabré nunca—, pero en ese momento lo vi claro.
También me han ofrecido Mimì (La bohème), que me tienta mucho, pero ahora mismo me siento más Musetta.
¿Hay algún rol que sientas que está ‘llamando a la puerta’, pero que aún prefieres esperar?
Sí, Mimì puede ser uno, pero prefiero esperar. Más bien hay algunos que estoy queriendo llamar yo, a ver si vienen [risas]: me encantaría llegar a las reinas de Donizetti, volver a esa parte del bel canto. Y otros roles de ópera francesa, como Juliette (Roméo et Juliette) o Manon, también me encantaría hacerlos.
Abrirás la próxima temporada en el Palau de les Arts Reina Sofía como Micaela en Carmen, de Bizet. ¿Qué te interesa de un personaje que, en apariencia, juega en segundo plano?
Más allá de que la música es preciosísima, me interesa reivindicar la fuerza de este personaje, poner toda la carne en el asador. No quedarme solo con la idea de que es una chica dulce, menos fuerte que Carmen. No: tiene una valentía enorme.
La fortaleza —en las mujeres y en las personas en general— tiene muchas caras, y Micaela también la tiene. Es muy decidida, pero responde a otro tipo de educación y a otras circunstancias.
Mirando a los próximos años, más allá de compromisos concretos, ¿hacia dónde te gustaría que evolucionaran tu voz y tu identidad artística?
Me gustaría seguir abarcando el repertorio de coloratura, porque me encanta ese mundo de los fuegos artificiales. No necesariamente papeles muy agudos: nunca me ha llamado la Reina de la Noche (La flauta mágica), pero sí me encantaría hacer Fiordiligi (Così fan tutte).
Ojalá seguir ganando cuerpo para poder afrontar otros roles más veristas o más dramáticos. Me encanta la comedia, pero soy profundamente dramática.
También me interesa jugar más con la versatilidad: establecerme en ciertos teatros con estos roles más conocidos, pero también abordar repertorios menos representados y enfrentarme a papeles menos comunes, pero potentes.
Si consigo esa estabilidad, creo que tendré la libertad de crear proyectos míos —ya tengo varios en mente—, más allá de la ópera. También me encantaría colaborar en una banda sonora de cine. Mi sueño es tener la suficiente fuerza artística que me permita levantar mis propios proyectos
A veces me planteo cómo seré a los 80 años, y me encantaría ser como esas grandes actrices de teatro de toda la vida, que siguen subiéndose al escenario. No lo haría de manera constante, porque me gustará estar tranquila, pero sí de vez en cuando, sabiendo que sigo conectada con el teatro. Sentir que he construido algo sólido, con un reconocimiento que me permita elegir qué hacer.










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