La carrera internacional de Sara Blanch está en una fase decisiva. La soprano catalana debutará próximamente en el Teatro alla Scala de Milán como Mélisande, regresará al Liceu como Susanna y se presentará por primera vez en la Royal Opera House de Londres, lo que consolida una trayectoria cocinada a fuego lento.
Por Susana Castro
Tu carrera se ha construido paso a paso, con mucha coherencia. Mirando atrás, ¿hubo algún momento en el que sentiste que el camino que estabas siguiendo tenía un sentido artístico claro, más allá de los logros profesionales?
Como dices, he ido construyendo la carrera paso a paso. En ningún momento he sentido que fuese un boom puntual, sino que todo ha ido cogiendo forma poco a poco. Para mí, el sentido es ese: ir viendo, tras cada proyecto que hago, cómo me he sentido y si me siento preparada para afrontar otras cosas, con mucho cuidado sobre cómo encajar cada pieza en su sitio. Todo lo que he aceptado ha sido porque me sentía en el momento justo de hacerlo, por preparación. Esto me ha dado tranquilidad a la hora de afrontar cada proyecto, porque cuando lo he hecho he sentido el momento de hacerlo: con los personajes, con la música. No me he centrado solo en hacer un determinado compositor o una época en concreto. Lo que me gusta de mi carrera es ir tocando distintas propuestas, aunque predomine más el bel canto, Rossini, o últimamente, Mozart. Siento que enriquece mi canto, mi conocimiento de la música y de cómo abordar técnicamente todo esto.
Viena, Salzburgo, París, Londres, Milán… Tu agenda parece la de una soprano con una larguísima trayectoria. ¿Cómo se vive, a nivel personal, llegar tan pronto a escenarios que para muchos cantantes son una meta final?
La verdad es que no lo había pensado [risas]. Cuando escucho todo esto y veo mi temporada de este año, o la del año pasado, con todos estos debuts en teatros tan importantes, me impone respeto, pero en el momento en que voy a hacerlo no lo pienso. Por ejemplo, en el debut en la Ópera de París que acabo de tener en enero, la idea de estar allí era muy grande, pero después esa idea hay que dejarla a un lado. Siento una cierta tranquilidad cuando piso el escenario, porque lo conozco: es como mi casa, mi hábitat natural, donde me siento más a gusto y todo cobra sentido, tiene coherencia. Da sentido a lo que hago, a quién soy, a por qué estoy allí. Si te dejas llevar por la idea externa o por la importancia, te desconectas de lo que es importante: la música.
Esta temporada debutas en tres teatros clave del panorama internacional. ¿En qué sientes que has tenido que crecer para sentirte preparada para ese salto?
Sobre todo en conocerme a mí misma. Baso toda mi evolución en eso. Hago mucho trabajo en conocerme como persona, en trabajar mis emociones, en la parte psicológica. Esto hace que, cuando subo al escenario, sea más auténtica, más yo, y queda pueda aportar esa verdad a la música. Al final, el hecho de conectarte con una forma sincera con tus emociones y tu forma de sentir, para mí es una base para poder ofrecer emociones reales al público. A partir de ahí nace otro instinto musical más fuerte, otra personalidad más fuerte, y eso te hace reflexionar más sobre la construcción del personaje: cómo lo estás sintiendo y por qué, hacia dónde va, de dónde viene. Si yo puedo vivir todo esto en mí, puedo entender mucho mejor cada personaje y conectar con una parte distinta de mí en función de cada uno.
Oscar, Marie, Mélisande, Susanna, Lucia, Fiorilla… Son personajes muy distintos vocal y dramáticamente. ¿Hay alguno en el que sientas que últimamente estás dando un paso nuevo como intérprete?
Por ejemplo, Forilla es un personaje que ya he hecho varias veces, la última en Verona, y me sentí mucho más tranquila. Cuando un personaje lo has hecho varias veces, puedes encontrar cosas nuevas en cada ocasión, incluso vocalmente, arriesgando más, aunque no sea de manera consciente. Te sale darle más, actuarlo de forma más segura. Cuando ya lo tienes muy estudiado técnicamente y compruebas que ha salido bien en distintas ocasiones, vas un poco más allá. Te da un punto de seguridad, y eso repercute en la frescura del personaje.
El bel canto ha sido tu territorio natural, pero con Debussy entras en un universo expresivo muy diferente. ¿Qué retos nuevos te plantea Pelléas et Mélisande y cómo crees que puede transformar tu manera de cantar y de estar en escena?
Es un papel que estoy trabajando todavía y realmente tendré más información cuando lo debute. Hay una parte de crecimiento muy importante que se produce durante la producción. Con el estudio llegas hasta cierto punto, pero cuando pones todo el trabajo sobre el escenario empiezas a entender muchas más cosas. Tengo mucha curiosidad por ver cómo será la producción del Teatro alla Scala y también por ver el trabajo musical que habrá detrás. Creo el canto va a estar muy fusionado con la parte actoral; van a funcionar como una única cosa. Es una ópera que no te permite expandir tu voz como cuando tienes un aria o un concertante. No hay que pensarla como canto, sino como una pieza teatral cantada. Tengo mucha curiosidad por cómo lo voy a resolver, hacia qué territorio me va a llevar.
Has trabajado con directores de escena muy diversos, desde lecturas más tradicionales hasta propuestas muy contemporáneas. ¿Qué tipo de dirección te resulta más estimulante?
Me gusta todo. En el caso de las producciones más modernas, me gustan siempre que respeten el libreto y vayan a favor de obra. Cuando están bien hechas y te ayudan, es de agradecer. Sí es cierto que he hecho algunas con las que no me he sentido tan cómoda. En el caso de las producciones más clásica, como Un ballo in maschera, que acabo de hacer en París, de Gilbert Deflo, me ha encantado porque tiene un saber estar más clásico. Hay movimiento, pero no exagerado; te deja cantar y deja que fluya el movimiento interno del canto. Eso me gusta mucho: prestar más atención al canto, que no significa que esté menos actuado, porque la intención está igual. A veces hay producciones modernas que te exigen mucho físicamente: hay mucho entrenamiento físico, mucha preparación de gimnasio, de conseguir que todo vaya junto y que la parte física no vaya en detrimento del canto. Cuando está bien todo, me gusta tanto lo clásico como lo moderno. Me divierto con todo.

Has coincidido en escena con grandes figuras del panorama operístico actual, como Juan Diego Flórez o Anna Netrebko. ¿Qué se aprende de ellos en el día a día de los ensayos y de las funciones?
Aprendo mucho del simple hecho de verlos y tenerlos al lado. Han sido un imaginario para mí por mucho tiempo; mientras estudiaba me parecían personas inaccesibles. Que llegue el momento de poder conocerlos y compartir escenario con ellos rompe una barrera. Por ejemplo, cuando conocí a Anna Netrebko en París, yo estaba un poco nerviosa antes de que llegara el momento, por la curiosidad y las ganas de conocerla y escucharla en los ensayos. Al principio la observas mucho y después te das cuenta de que es una persona normal. Se aprende mucho de ver cómo ensaya, cómo se mueve, cómo interactúa con los demás… ¡incluso cómo llega al teatro! Y también ver cómo se prepara antes de salir: la escuchas en el camerino y ves que tienes rutinas en común, lo que supone una confirmación de lo que tú estás haciendo. Son pequeñas cosas que te hacen crecer y ayudan. Estas personas dejan de ser una idea y se convierten en realidad, lo que es impactante y bonito a la vez.
Vienes de la danza y del trabajo corporal. ¿Crees que esa formación previa sigue influyendo en tu manera de estar en escena y de construir los personajes?
Sí, seguro, y es algo de lo que me siento orgullosa. A veces, cuando veo fotos, percibo una cierta línea en algunas posiciones que me hacen sentirme orgullosa [risas]. Fueron muchos años de trabajo y, cuando lo dejé, me sentí triste. Gracias a la danza unes la concentración de tu mente y de tu cuerpo: es un momento de preparación para ti, todo va unido. Cuando lo dejé, después de un tiempo, me faltaba. Me ha pesado mucho, y me sigue pesando en cierta manera, ya que a veces busco bailar de otra forma en el escenario, o bailo en casa, pero, claro, no es lo mismo. Aunque no esté bailando, a la hora de moverme por el escenario se mantiene una cierta manera de hacerlo, y cuando veo que todo ese trabajo da su fruto, al menos me reconforta.
A pesar del ritmo tan intenso de compromisos, hablas a menudo de estudio, de paciencia y de respeto por los tiempos. ¿Cómo se protege esa forma de trabajar en una carrera cada vez más expuesta y exigente?
Voy paso a paso. Si estoy en París, no pienso en Londres o Milán, en los siguientes compromisos. Trato de vivir el aquí y el ahora. Evidentemente, con una proyección: tengo en mente lo que tengo que hacer, sobre todo en lo que respecta al estudio. No pienso en la grandeza del proyecto, sino en la música, para la preparación previa. Cuando estoy en los últimos ensayos de la producción que esté haciendo, me olvido de los otros proyectos. Una vez que ya he estrenado, retomo los materiales del siguiente compromiso entre funciones, en los días libres, y me organizo para estudiar. Y también hago una lectura de lo que vendrá después para tenerlo todo sobre la mesa.
En junio regresas al Liceu como Susanna en Le nozze di Figaro. ¿Qué significa volver a casa después de una temporada tan internacional?
Lo primero, estar en mi casa literalmente; tengo muchas ganas [risas]. Con todo lo que conlleva, sobre todo tener la familia cerca, que es algo que pesa en esta profesión. Siempre intento organizar viajes con mi familia; por suerte, siempre que pueden vienen a verme, y eso alivia el hecho de estar lejos. Estar en Barcelona me va a dar tranquilidad desde ese punto de vista, que es mucho. Y vuelvo a un teatro en el que me conocen mucho, y yo a ellos. Hay muy buen ambiente; como dices, es estar en casa. Me apetece compartir con el público de allí, que siempre me preguntan cuándo vuelvo, y hacerlo con un rol que es para divertirse, muy teatral, para pasarlo bien. Pero hay que tener cuidado: Mozart siempre es peligroso. Parece que repite, que es casi igual, pero no lo es, y Susanna tiene mucho de esto. Hay que tenerlo muy claro y no confiarse. Quiero pasarlo bien con esta producción y tengo muchas ganas de ver cómo será escénicamente.
Has interpretado ya más de cuarenta roles, pero sigues hablando de aprendizaje constante. ¿Hay algún personaje que todavía te imponga respeto, o incluso vértigo?
No lo sé… Antes estaba más en esa situación de nervios, pero ahora mismo estoy en un punto más tranquilo; no siento esa presión igual, al menos con respecto a los roles que tengo ahora mismo en voz. Supongo que también es porque siento que estoy haciendo lo que tengo que hacer, como decía al principio. Si tuviera que cargar con algún rol que todavía mi voz no puede sostener, seguramente estaría mucho más nerviosa. Estoy aprendiendo que cuando te sientes capaz de hacer algo es cuando más tranquila vas a afrontar ese rol. Hace tres o cuatro años, cuando estaba debutando roles importantes en teatros grandes, sí estaba un poco más de los nervios, con dudas, pero ahora estoy en otro punto. La experiencia me da tranquilidad.
Si pudieras hablar con la Sara que empezaba a cantar en Darmós, ¿qué crees que le sorprendería más de la vida que llevas hoy?
Los viajes, llevar esta vida. Creo que, de alguna forma, eso lo frené al principio, incluso no cantando todo lo bien que debía [risas]. Me daba mucho respeto, incluso miedo, cuando veía a esos grandes cantantes que llevan esta vida de un lado para otro, cantando muchos roles al mismo tiempo. Pensaba: ‘¿Cómo pueden hacerlo?’. Y luego te llega a ti y te preguntas cómo puedes hacerlo. Hay que prepararse muy bien psicológicamente para afrontar todos estos cambios. Esto es lo que siempre veía más difícil y creo que es lo que más le costaba a la Sara del principio. No se hubiese imaginado que podría estar hoy viajando y cantando a este nivel.









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