
Xabier Anduaga, una de las voces más deslumbrantes de su generación, protagoniza junto a Nadine Sierra La traviata en el Teatro Real del 24 de junio al 23 de julio. El tenor donostiarra afronta este reto con la pasión, la entrega y la técnica que lo han convertido en referencia internacional.
Por Susana Castro
Todos los papeles que abordas son de gran exigencia técnica. ¿Cómo logras mantener una interpretación emocionalmente auténtica sin comprometer el control vocal?
Canto un repertorio que deja poco margen a la improvisación. La preparación técnica que requiere encarnar un rol implica entrenar la musculatura vocal para poder interpretarlo con solvencia en el momento presente, y ese proceso ocurre en casa. La dimensión actoral —las emociones, los matices, los colores— también exige preparación. Por supuesto, en el directo siempre surgen elementos inesperados, pero en general intento tener interiorizada la carga emocional, incluso sabiendo que pueden surgir imprevistos. Dejarse llevar completamente en escena sin comprometer el resultado es muy difícil. Por eso es fundamental que todo —tanto lo técnico como lo expresivo— esté bien trabajado de antemano.
Has dicho que’tu voz decide más que tú’. ¿Hay ocasiones en que hayas querido abordar un rol y tu voz no lo haya permitido, o incluso te haya guiado hacia otro camino?
Me ha pasado con el repertorio, más que con un rol en concreto, aunque haya sido un personaje el que me haya hecho darme cuenta. Canté Così fan tutte de Mozart en Sevilla y me encontré muy cómodo en su momento, pero he sentido que es un compositor que no me dejaba crecer a nivel vocal, y no me refiero a cantar más fuerte, sino a crecer como sí he podido hacerlo con Verdi, que me ha permitido ser más libre y no forzar el instrumento. Con Verdi siento que tengo libertad de espacio y puedo volar. Es un concepto un poco complicado de entender, pero creo que todo lo que cantamos tiene que estar sobre el aire y el concepto de’volar’ para mí es muy importante, que la voz siempre esté más lejos que cerca de tu cuerpo; poco esfuerzo y sentirte lo más libre posible. Mozart no me dejaba llegar a ello, mientras que Verdi me ha abierto un mundo diferente.
¿Te ha marcado alguna dirección musical o escénica que te haya hecho replantearte tu enfoque como cantante?
Fue muy al principio, pero el director de orquesta que más me ha marcado en mi vida, y probablemente para siempre porque me enseñó a estudiar, fue Alberto Zedda. Estuve con él en Madrid y en A Coruña en unas clases magistrales y después en Pésaro, en total fueron unos cuatro meses. Fue muy duro porque era una persona muy exigente, no hubiera llegado a ser quien fue de no ser así, pero me enseñó a valorar una partitura, un personaje, el texto, a buscar colores, a estudiar la coloratura a su manera… Ya no canto Rossini [compositor del que Zedda era especialista], pero todo eso me hizo crecer para poder cantar a día de hoy cualquier otro repertorio. Cojo cada papel como si fuera La Cenerentola o El barbero de Sevilla, al final todo es igual en ese sentido.
He tenido la suerte de trabajar con grandes maestros y directores y directoras de escena espectaculares, y siempre intento coger lo mejor de cada uno. Cuando eres joven es complicado porque todo el mundo te quiere asesorar —casi siempre sin pedirlo—. Y no se trata de que los consejos sean buenos o malos, sino de que no estás preparado para recibirlos, no sabes asumir según qué cosas. Es difícil decir que no a una recomendación, pero aún lo es más llegar a todo.
Hay personas que me han dado buenísimos consejos. Por ejemplo, he compartido muchas óperas con el director Giacomo Sagripanti —y espero que vengan muchas más— y me parece que es un poco como Zedda: estudiar la base, el texto, la música. Una de las cosas que siempre me dice es que la música está por encima de todo, y para mí es vital.
Has interpretado roles tan diferentes como Nemorino (L’elisir d’amore), Elvino (La sonnambula) o Alfredo (La traviata). ¿Qué elemento distintivo aportas a cada trabajo?
Son papeles muy diferentes entre sí: si cantas Bellini es una música muy etérea, muy transparente, estás totalmente desnudo y no puede haber ni un sonido feo porque se nota mucho; Donizetti te permite un poco más’ensuciar» alguna nota; y Verdi es muy diferente, ya que puedes sacar más voz y te permite esa libertad de la que hablábamos antes. A todos ellos me gusta aportarles flexibilidad. Para mí es esencial que la voz sea flexible. Puedo llegar a cantar los tres roles en el mismo día porque parto de la técnica y de cantar lo más libre posible. Si pasas seis meses cantando La traviata y luego quieres cantar La sonnambula igual tienes que pensártelo un poco, pero intento trabajarlo para tener la capacidad de simultanear los roles —de hecho, acabo de hacerlo entre el Liceu y Las Palmas—.
Es un repertorio muy extremo, hace falta un entrenamiento que te permita no empujar ni una sola nota para llegar al final de la función tranquilo y, en el caso de L’elisir d’amore, cantar’Una furtiva lagrima» [risas]. Los momentos más duros suelen venir cuando más cansado estás, la importancia de la técnica para llegar al final es fundamental.
A partir de finales de junio podremos verte como Alfredo de La traviata en el Teatro Real. Llevas varias producciones compartidas con Nadine Sierra (Violetta). ¿Cómo influye una relación artística estable en la construcción de un personaje?
Es importante tener una relación de amistad fuera del escenario porque al final se acaba notando. En un escenario tienes un nivel de presión tan alto que tener al lado una persona en la que confías cien por cien es crucial. En Nadine confío totalmente, pensamos igual a nivel musical y nos entendemos a la perfección.
Hace unas semanas estábamos ensayando el dueto de La sonnambula en el Liceu, con la orquesta. En un momento a capela nos miramos y, aunque ya lo habíamos ensayado musicalmente varias veces, decidiendo respirar en dos sitios al mismo tiempo, en esta ocasión hicimos las respiraciones al revés sin decir nada previamente. Este es el reflejo de la complicidad musical que tenemos, que nos ayuda a cantar mejor y a construir mejor a los personajes, ya que te atreves a hacer cosas que no harías con otra persona.
En La traviata del Real va a ser igual porque sé en qué momentos necesita que musicalmente le deje espacio, y al revés. El respeto es habitual en el escenario, pero cuando existe esta relación en lo musical y personal, es mucho más fácil trabajar. Estamos todo el día fuera de casa y cuando te subes al escenario con una persona que consideras tu amiga, todo fluye.
Se trata de una producción de Willy Decker para la Dutch National Opera que se estrenó en 2005, ¿has tenido oportunidad de ver esta producción antes?
Sí, la he visto, por supuesto. Si alguien no ha visto el vídeo de Rolando Villazón y Anna Netrebko, lo tienen que ver, aparte de ir a Madrid a vernos a nosotros [risas]. En su día me gustó, aunque no lo pensé más. Pero cuando la he vuelto a ver, me he dado cuenta de que a nivel escénico nos demuestra que menos es más. Como decía antes, la música está por encima de todo. Hay mucho movimiento, sí, pero la música es lo que importa.
Aunque yo haya visto la producción y admire mucho a Rolando Villazón, cuando llego a los ensayos quiero crear mi personaje, no espero a que me digan lo que tengo que hacer, reflexiono y me gusta construirlo. Y más en un teatro como este, que para mí es mi casa. Cantar Alfredo en el Teatro Real es un sueño. Ya son bastantes las cosas que he hecho en Madrid —y las que van a venir—; Traviata es una ópera que me gusta mucho y que siempre he querido cantar. Cuando empecé soñaba con cantarla en el MET, en Covent Garden y en el Real… Soñar es libre; sueño a lo grande y estudio a lo grande.
En octubre abrirás temporada con La sonnambula en la Metropolitan Opera, de nuevo junto a Nadine Sierra, y con dirección musical de Riccardo Frizza y artística de Rolando Villazón. Es tu regreso a Nueva York tras tu aclamado debut en 2023. ¿Cómo te enfrentas a este retorno?
Cuando hice el debut estaba asustado. Al llegar a Nueva York ya lo estaba, pero cuando te pones enfrente del MET, te prometo que impone. Y ya no digamos cuando sales al escenario… ¡parecen dos teatros! Se me ha pasado esa parte de miedo porque el debut está hecho, y voy más tranquilo, pero trataré de hacerlo lo mejor posible, por supuesto. Donde vuelves has de hacerlo mejor, porque si no lo haces mejor, lo haces peor.
Tengo muchas ganas de trabajar con Rolando, es uno de los mejores actores-tenores de la historia y poder escucharle va a ser una pasada. Repetir con Nadine, en su casa esta vez, va a ser genial, y volver a coincidir con el maestro Frizza, también. Él fue uno de los primeros que me dio la oportunidad de trabajar en el mundo de la ópera. En 2017 yo no tenía casi contratos, me hizo una audición para Il Castello di Kenilworth en el Festival de Bérgamo y me cogió; también volví al año siguiente. Es uno de los mejores directores del repertorio belcantista.
El resto del reparto también es genial y es el MET, que no es solo un nombre. Cuando vas allí sabes que vas a trabajar bien y que todo el equipo hará todo lo posible para que salga perfecto.
La ópera filmada y el streaming están más presentes que nunca. ¿Cambia tu forma de actuar cuando hay una cámara grabando?
Intento que mi actuación sea igual haya grabación o no. Canto para el teatro, y no voy a dejar de cantar como lo hago por pensar si se está emitiendo. De hecho, hay muchas veces en las que sé que hay streaming pero empiezo a cantar y se me olvida, a no ser que tenga un micrófono que me está tirando del pelo durante toda la función [risas].
Durante la pandemia de la COVID-19 hice una gala con Antonio Pappano y Lisette Oropesa en la Accademia de Santa Cecilia de Roma que se emitió en streaming. Fue una gala espectacular, con una música alucinante, pero el teatro estaba vacío. Recuerdo estar doce minutos como locos cantando el dueto de I Puritani, terminar por todo lo alto, y que no hubiera aplausos… Esta anécdota me hace recordar siempre que canto para el público que está en directo en la sala; si lo emiten o se graba, mejor.
Al hilo de esto, ¿cómo gestionas el silencio o la euforia que se siente desde el escenario?
Me gusta estar en el escenario cuando estoy cantado; cuando dejo de cantar, se me complica el tema, no sé gestionarlo del todo. Canto, escucho unos aplausos y me voy [risas]. Cuando se genera mucho más, sinceramente hay momentos en los que digo’¡uf!», e interpreto el papel de mi vida para seguir allí delante. Me gusta más el silencio que el jolgorio. Me gustan los silencios en medio de un aria, en los que se respira la tensión del público; me parece lo más bonito de esta profesión, cuando todo el mundo está respirando contigo es lo más.
¿Y qué hiciste cuando el pasado mes de marzo en Viena recibiste una ovación de 18 minutos…? [risas]
Lo bueno de los 18 minutos, o los que sean, es que no te das cuenta. Entre que sales, aplauden, entras, se van pasado… no eres consciente.
¿Qué opinas del creciente papel de las redes sociales en la carrera de un cantante lírico?
Generalmente, una vez que tomo confianza me gusta estar con la gente y pasármelo bien, pero abrirme al público en redes sociales me ha costado hasta que he logrado entender para qué sirven. Bajo mi punto de vista, es útil para que las personas del mundo de la ópera que te siguen, que viajan para verte cantar y demás, te sigan viendo en tu día a día; hay mucha gente a la que le gusta conocer tu estilo de vida.
Pero lo que más me gusta es que hay muchísima gente que no ha escuchado nunca ópera y de repente escucha un vídeo tuyo de un minuto y se pregunta quién eres, te empiezan a seguir y se compran una entrada para ir a verte al teatro. Si queremos llenar los teatros igual tenemos que enseñar un poco lo que hacemos, quiénes somos y que la gente joven, o no tan joven, te siga, captar público diferente. Es una herramienta importante para que la gente se acerque al mundo de la ópera.
Vives entre aviones y hoteles. ¿Tienes rituales o pequeños hábitos para sentirte’en casa’?
Siempre busco que el apartamento o el hotel esté cerca de la playa o de un parque para salir a pasear y que parezca que no estoy en una ciudad. Si hay playa me recuerda un poco a Donosti, salir a pasear por la Concha es lo que más me gusta del mundo. También me preocupo por que haya un mercado donde pueda comprar comida sana, y un gimnasio cerca. Antes pensaba en cosas más banales, pero ahora pienso en comodidad. Además, actualmente hay objetos que tengo que llevar sí o sí porque tengo un bebé; en vez de viajar con un par de zapatos más o una americana extra, lo hago con el esterilizador de biberones o con la batidora [risas].










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