Jesús Bal y Gay (Lugo, 1905-Torrelaguna, Madrid, 1993), crítico, musicólogo, ensayista, es sin lugar a dudas el compositor gallego más universal. Una fundación y un festival musical llevan su nombre en A Mariña lucense. Pero su obra sinfónica rara vez se interpreta en la actualidad. Murió en una residencia de ancianos, olvidado.
Por Alejandro Santini Dupeyrón
Legado como musicólogo
‘Quienes observamos la música gallega solo podemos hacerlo de una manera: mirando hacia el futuro, el presente y el pasado. […] Quizá sea este el mejor momento para hablar de la música del futuro. No hay escuela que demoler, ni prestigio que olvidar. Las ideas que se difunden hoy pueden dar plenos frutos. El renacimiento del alma de Galicia puede llegar sin dolor ni lucha’, ‘O momento actual da música galega’, Nós, núm. 29, 15-V-1926.
En 1926 Jesús Bal y Gay es conocido como crítico y articulista de El Pueblo Gallego de Vigo. Ha publicado en la revista Ronsel de Lugo, de la que fuera cofundador, el ensayo ‘Hacia el ballet gallego’, y comenzado la compilación, como ayudante de Eduardo Martínez Torner, de la música de tradición oral que dará forma a uno de sus proyectos más ambiciosos: el Cancionero gallego. La obra, por diversos motivos (el exilio entre ellos), no será editada hasta 1968, y publicada en dos volúmenes en 1973.
Pero en 1926, Bal vive por segunda vez en Madrid; de nuevo en la Residencia de Estudiantes. Permanece allí desde el anterior curso académico, reanudando sus estudios musicales, iniciados a los 14 años como alumno libre en el Real Conservatorio Superior. Por la música acaba de renunciar a la carrera de Medicina, principiada en la Universidad Central, en 1922, después de haber renunciado a un futuro como ingeniero.
En la capital entra en contacto con Rodolfo y Ernesto Halffter, Salvador Bacarisse, Fernando Remacha, Gustavo Pittaluga, Julián Bautista, Juan José Mantecón y Rosa García Ascot, conocidos luego como Grupo de los Ochos o Grupo de Madrid. Compositores jóvenes que, influenciados ideológicamente por Adolfo Salazar, musicólogo y también compositor, y seguidores a ultranza de la modernidad propiciada por Manuel de Falla, desarrollan una nueva estética que revoluciona el panorama musical madrileño previo a la Guerra Civil. García Ascot, pianista virtuosa y quizá única alumna de Falla, había acompañado al maestro a París en 1921 para estrenar junto a él la versión a cuatro manos del concierto Noche en los jardines de España. Bal contraerá matrimonio con ella en 1933.
Incorporado a la Sección de Música del Centro de Estudios Históricos de Música en 1928, el lucense centra sus investigaciones en el estudio del folklore musical. Hasta 1932 trabaja asistiendo a Martínez Torner en la compilación del Cancionero, ‘encargo directo del intelectual gallego Juan López Suárez, quien impulsó a Bal a abandonar sus estudios de medicina y dedicarse a la investigación etnomusicológica’.
Consciente de los problemas metodológicos inherentes a la disciplina, Bal toma ‘abiertamente la posición de que la fidelidad al original era de hecho esencial’. De los 753 números del Cancionero, ordenado en dieciocho subgrupos (Alalás, Berces, Cantilenas, Foliadas, Maios, Muiñeiras, Pandeiradas…), ‘el 59,89 % fueron recopilados directamente por Torner y Bal en 91 concejos gallegos’ (Rosalía Rodríguez Vázquez).
Antes del estallido de la guerra, también bajo la dirección de Martínez Torner, Bal publica ‘O folklore musical de Melide’en Terra de Melide, editado por el Seminario de Estudios Gallegos, y ‘Treinta canciones de Lope de Vega’, un homenaje al poeta publicado en la revista de la Residencia de Estudiantes, que prologa Ramón Menéndez Pidal y edita Juan Ramón Jiménez. La obra le merece en 1935 una invitación de la Universidad de Cambridge, donde imparte clases como lector durante tres años.
De simpatías republicas, Bal se exilia en México, adonde acude en 1938 invitado por el presidente Lázaro Cárdenas para fundar, junto a otros artistas e intelectuales, la Casa de España. La aciaga situación española le colma de angustia: ‘Estoy pasando por los dolores más acerbos, por mi patria, por mi familia’. Rosa, sorprendida por la guerra en París mientras estudia con Nadia Boulanger, se reunirá con él en 1939.
En Ciudad de México el lucense ejerce como investigador, crítico y gestor musical. Compone allí sus más importantes obras musicales. Publica Romances y villancicos españoles del siglo XVI y transcribe, para su ejecución musical moderna, el Cancionero de Upsala, el Tesoro de la Música de México y el Códice del Convento del Carmen. Designado por el compositor Carlos Chávez, dirige el Departamento de Investigaciones Musicales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Imparte clases y dicta conferencias en la Facultad de Filosofía y asume la dirección musical en la radio de la Universidad. En los ‘Conciertos de los Lunes’, ciclo creado por él, propicia el estreno y difusión de obras de compositores mexicanos, españoles exiliados y de la vanguardia internacional.
Legado como compositor
El catálogo musical del lucense no es extenso. Su estilo se adscribe al neoclasicismo próximo a Paul Hindemith. A diferencia de los compositores franceses, opta por el empleo de texturas politonales al tiempo que rechaza las ambigüedades tonales propuestas por Stravinski (compositor al que conoce en México y con quien entabla una estrecha relación de amistad). El neoclasicismo de Bal es, en definitiva, de corte conservador. De un rigorismo formal que llevará a Tomás Marco a calificarlo de ‘anquilosado’, y del que Bal sería, como miembro de la ‘generación perdida’ por la Guerra Civil española, ‘uno de los [compositores] más interesantes entre aquellos que se vieron abocados al exilio’.
De la producción musical del lucense anterior al exilio deben citarse las Seis pezas para canto e piano encol das verbas de Amado Carballo y la Suite para orquesta, publicadas ambas en 1930. A estas siguen, ya en México, la Serenata para cuerdas y las Cuatro piezas para canto y piano, que se estrenan en 1942. Los años cuarenta serán especialmente fecundos en la producción de Bal. Aparecen las Tres piezas para gran orquesta, el Divertimento para cuarteto de maderas, la Sonata para clarinete y piano y las Hojas de álbum. En colaboración con Carlos Chávez y Blas Galindo, compone el ballet Don Quijote, una joya en miniatura cuyo primer acto, de escasos seis minutos, corresponde a Bal. Siguen al ballet la Oda a don Quijote, para pequeño conjunto orquestal, la Fantasía para dos violas, que se estrena en un programa de los ‘Conciertos de los Lunes’ y el Epigrama a Carlos Chávez, para piano. La última composición del lucense, el Concerto grosso para flauta, oboe, clarinete, fagot y orquesta, estrenada en 1951, es un homenaje a Johann Sebastian Bach.
En 1965, invitado por el Ministerio de Información y Turismo, Bal regresa a España. Rosa y él establecen su residencia en Madrid. Al año siguiente es nombrado profesor de Composición de los Cursos Internacionales Música en Compostela. Pero se mantiene al margen de la actividad cultural y musical. Tampoco aprecia interés alguno por su música. El estreno de la Serenata para orquesta de cuerdas, interpretada por Rafael Frühbeck de Burgos con la Orquesta Nacional en Lugo el 18 de julio de 1973, constituye una salvedad.
Desde entonces la situación no ha variado. Obra camerística aparte (destaca la Sonata para clarinete y piano), la música de Bal apenas se interpreta. Y no se interpreta nada, puede decirse, fuera de Galicia. La primera grabación de la obra sinfónica íntegra (seis piezas —76 minutos—, incluyendo la orquestación de un Concierto de Brandemburgo) es de fecha relativamente reciente. La debemos, de nuevo, a la inquieta labor de investigación y dirección de José Luis Temes al frente de la Orquesta Sinfónica de Córdoba (Verso, 2012).


Deja una respuesta